8. LA CATEDRAL — CRÓNICA DE UNA PRISIÓN IMPOSIBLE
CAPÍTULO 8
LA CATEDRAL — CRÓNICA DE UNA PRISIÓN IMPOSIBLE
Era el tiempo en que los narcotraficantes compraban países enteros con el dinero de un solo cargamento, cuando Colombia sangraba por setenta y ocho heridas de fuego —carros bombas que estallaban como flores metálicas en las esquinas— y los muertos se contaban de a ciento noventa y tres, como si fueran ovejas extraviadas en un rebaño infinito, que Pablo Escobar —santo patrono de los sicarios, benefactor de barriadas miserables, asesino con alma de niño caprichoso— decidió construirse su propia cárcel en las colinas de Envigado, una prisión que no era prisión sino palacio disfrazado de penitenciaría, fortaleza con barrotes de utilería donde él sería el único preso y también el único carcelero.
Dicen los que estuvieron allí, los que subieron por esos caminos empinados donde el aire huele a eucalipto y a dinero podrido, que en enero de mil novecientos noventa y uno Pablo hizo que el municipio comprara los terrenos con fondos públicos —como si la ley fuera una prostituta más a su servicio— mientras él mismo, con sus billetes manchados de sangre y cocaína, financiaba la construcción de La Catedral, nombre de burla sagrada para un templo dedicado al culto de la impunidad. Trabajaron día y noche, albañiles y arquitectos, guardias y jardineros, levantando muros que no detendrían a nadie, instalando rejas que no encerrarían nada excepto la farsa monumental de un país que negociaba con sus propios demonios.
Fue en febrero de ese mismo año cuando estalló la bomba en la plaza de toros de La Macarena en Medellín —ciudad que olía permanentemente a pólvora y a miedo, ciudad de viudas prematuras y huérfanos por docenas. Aquella explosión fue apenas una más en la sinfonía del terror: setenta y ocho carros bombas en total, cada uno un grito de metal retorcido. Cuatrocientos cincuenta heridos llevarían las cicatrices como medallas involuntarias. Tres mil millones de pesos en pérdidas que nadie contabilizó jamás con exactitud.
¿Cómo se mide en dinero el precio de los sueños destruidos, de las familias desintegradas, de los niños que aprendieron a dormir bajo las camas esperando el siguiente estallido?
El diecinueve de junio de mil novecientos noventa y uno —fecha que los historiadores subrayarían con tinta roja en los libros que nadie leería— una Asamblea Constituyente reformó la Constitución Colombiana y prohibió la extradición de nacionales. Victoria jurídica arrancada a punta de bombas y masacres. Ese mismo día Pablo Escobar se entregó a las autoridades como un emperador que acepta el exilio en su propio palacio, fue internado en La Catedral, prisión que él mismo había diseñado con la meticulosidad de un arquitecto demente: canchas de fútbol donde enterraría veinte millones de dólares como quien siembra papas, habitaciones con jacuzzis y televisores, bares clandestinos donde se bebía whisky de contrabando mientras afuera el país se desangraba en su nombre.
La farsa de los santos
Durante todo ese año de mil novecientos noventa y uno y hasta mediados de mil novecientos noventa y dos, Pablo vivió en La Catedral como un rey en su castillo de juguete. Lo visitaba todo el mundo —políticos, abogados, periodistas, putas de lujo, sicarios arrepentidos— subían por esa carretera serpenteante como peregrinos que acuden a un santuario profano.
Jugaba partidos de fútbol con integrantes de la Selección Colombia —hombres que pateaban un balón con los pies que deberían haber pateado su conciencia. El césped olía a gloria deportiva y a muerte. Las porterías estaban orientadas hacia el valle, hacia Medellín que se extendía abajo como una maqueta de sus propias ambiciones. Los guardias aplaudían cada gol, los sicarios apostaban billetes de cien dólares, las mujeres servían aguardiente en copas de cristal robadas de algún hotel de lujo. Era el paraíso de los condenados, el infierno de los justos que miraban desde lejos sin atreverse a intervenir.
Una noche —cuentan los que cavaron, los que sudaron bajo la luna— él y sus hombres enterraron veinte millones de dólares en la cancha de fútbol. Cavaron hoyos como quien entierra cadáveres, guardando su fortuna en las entrañas de la tierra. Ni siquiera los bancos del mundo eran suficientemente seguros para contener su codicia. Los billetes iban envueltos en plástico grueso, en bolsas negras que parecían sudarios, y mientras los enterraban alguien hizo un chiste sobre plantar árboles de dinero, y todos rieron con esa risa nerviosa de los que saben que están cometiendo un sacrilegio pero no pueden detenerse.
Había también fiestas que duraban tres días, músicos de vallenato que tocaban hasta sangrar por los dedos, cajas de champán que llegaban en helicópteros privados, modelos de Bogotá y Cali que bailaban en bikini junto a la piscina mientras los guardias del Estado —esos guardianes comprados con el precio de su propia dignidad— miraban hacia otro lado, hacia las montañas que lo sabían todo y no decían nada, hacia el cielo que era testigo mudo de la degradación nacional.
El principio del fin
Pero toda farsa tiene su límite, todo imperio su momento de putrefacción interna.
En julio de mil novecientos noventa y dos —mes de lluvias torrenciales que lavaban la sangre de las calles sin limpiar jamás las conciencias— Pablo asesinó al Negro Galeano y a Kiko Moncada, sus socios de toda la vida, hermanos de armas y negocios que habían compartido con él las fortunas imposibles del narcotráfico. Los mató en La Catedral misma, dentro de esa prisión que no era prisión. Los torturó con la minuciosidad de un artesano que trabaja su última obra maestra.
Dicen que Galeano murió llorando, no por miedo a la muerte sino por la traición, porque Pablo había sido su padrino de bodas, el padrino de bautizo de sus hijos, el hombre que le había enseñado el negocio cuando era apenas un muchacho con zapatos rotos y sueños de grandeza. Dicen que Moncada escupió sangre y maldiciones, que juró que sus fantasmas perseguirían a Pablo hasta el último de sus días, y que Pablo se rió de esa maldición como quien se ríe de un chiste malo, sin saber que los muertos tienen memoria más larga que los vivos, que los fantasmas son pacientes y vengativos, que las maldiciones se cumplen siempre, aunque tarden años en madurar como frutas podridas en un árbol maldito.
Cuando el gobierno —ese gobierno cobarde que había negociado con el diablo y ahora temía por su alma— decidió trasladarlo a una cárcel verdadera, Pablo simplemente se fugó. Salió caminando por la puerta principal como quien sale a comprar cigarrillos a la tienda de la esquina. Empezó su último año de libertad fugitiva, su descenso final hacia la muerte que lo esperaba paciente en una azotea de Medellín.
Nacimientos en medio del apocalipsis
En agosto de ese año de mil novecientos noventa y dos, mientras Pablo se escondía en caletas cada vez más miserables, mientras su imperio se desmoronaba ladrillo por ladrillo, Marina —mujer cuyo nombre resonaría después en los testimonios como un eco fantasmal— quedó embarazada de Jimmy.
Niño que crecería en su vientre al mismo ritmo que crecía la violencia en las calles. Feto que flotaba en líquido amniótico mientras afuera los sicarios flotaban en su propia sangre. Criatura inocente gestándose en medio del apocalipsis. ¿Acaso no es esa la historia de todos los niños colombianos de aquellos años? ¿Crecer en úteros que escuchaban balaceras como canciones de cuna, alimentarse de leche materna contaminada con el miedo que las madres respiraban como aire?
Marina caminaba por las calles con las manos sobre su vientre abultado, protegiéndolo de las balas que no habían sido disparadas todavía pero que ya existían en algún cargador, en algún arsenal, esperando su momento de nacer como su hijo esperaba nacer. Compraba verduras en el mercado y los vendedores la miraban con esa mezcla de compasión y curiosidad morbosa que se reserva para las viudas anticipadas, para las madres de niños que tal vez no lleguen a cumplir cinco años, para las mujeres que aman a hombres que viven en el lado equivocado de la ley y de la vida.
La cacería final
Durante todo ese período de mil novecientos noventa y dos a mil novecientos noventa y tres, se conformaron Los Pepes —Perseguidos por Pablo Escobar, nombre que era programa y sentencia— un ejército privado financiado por los narcos de Medellín, antiguos aliados convertidos en verdugos.
Había una alianza impía, un pacto de sangre entre Los Pepes, el Cartel de Calí, la DEA, la CIA y el Bloque de Búsqueda, todos unidos en el único propósito de atrapar al monstruo que ellos mismos habían ayudado a crear. Era como ver a los doctores Frankenstein del mundo uniéndose para cazar a su criatura, olvidando convenientemente que ellos habían cosido cada miembro del cadáver, que ellos habían aplicado la electricidad que lo animó, que ellos habían cobrado buenos sueldos y comisiones generosas mientras el monstruo crecía y se hacía invencible.
La lista de los caídos se alargaba cada semana, cada día, cada hora: sicarios que amanecían colgados de los puentes con letreros que advertían a los demás, lugartenientes que morían en tiroteos donde las balas llegaban desde todos los ángulos posibles, contadores que se entregaban con maletines llenos de libros de contabilidad que nadie leería nunca porque los números estaban escritos en el código secreto de la impunidad.
Uno a uno, como fichas de dominó cayendo en cámara lenta, todos los hombres de Pablo fueron eliminados: unos se entregaron con las manos en alto y las conciencias destrozadas, otros huyeron hacia paraísos fiscales que se convirtieron en sus propias prisiones —Panamá, Brasil, Venezuela— países que los recibieron con los brazos abiertos y las cárceles preparadas, otros fueron muertos en operativos que parecían ejecuciones, en emboscadas que olían a traición, en tiroteos que duraban segundos pero resonaban en la eternidad.
Había un patrón en las muertes, una coreografía macabra: primero caían los sicarios de menor rango, los muchachos de barrio que apenas sabían leer pero sabían disparar una nueve milímetros con los ojos cerrados, luego los mandos medios, los que coordinaban las rutas y los envíos, los que llevaban la contabilidad del horror en cuadernos escolares, y finalmente los cercanos, los del círculo íntimo, los que conocían los secretos que Pablo guardaba como tesoros más valiosos que sus millones enterrados.
El aviso final
Y en enero de mil novecientos noventa y tres —mes de comienzos que fue también mes de fin— estalló una bomba en la casa de Marina.
Explosión que destrozó paredes y ventanas, que hizo temblar los cimientos de ese hogar donde crecía Jimmy en el vientre de su madre. Bomba que fue advertencia y profecía, señal inequívoca de que nadie estaba a salvo, ni siquiera los inocentes, ni siquiera los que aún no habían nacido. La onda expansiva hizo añicos los vidrios de tres manzanas a la redonda, arrancó las puertas de sus bisagras como quien arranca dientes, levantó el techo dos metros en el aire antes de dejarlo caer hecho pedazos sobre los muebles que Marina había comprado con tanto cuidado, con tanto amor, pensando ingenuamente que un hogar podía proteger contra el vendaval de violencia que se avecinaba.
Marina sobrevivió porque estaba en la parte trasera de la casa cuando la bomba explotó, porque el destino o Dios o el azar —esa trinidad incomprensible que gobierna las vidas de los colombianos— decidió que ella debía vivir para contar la historia, para cargar con la memoria, para criar a Jimmy en un mundo donde las explosiones serían apenas un recuerdo traumático entre tantos otros.
Los vecinos la encontraron sentada entre los escombros, con las manos todavía sobre su vientre, con los ojos abiertos pero sin ver nada, en ese estado de shock que los médicos llaman trauma pero que los poetas llaman encuentro con el abismo, ese momento en que una persona mira directamente al rostro de la muerte y la muerte parpadea primero, se retira, dice "todavía no es tu hora", y la deja vivir con la carga de saber que volverá, que siempre vuelve, que es apenas cuestión de tiempo.
En Colombia, en ese Colombia de los años noventa, la violencia era democrática y no discriminaba entre culpables e inocentes, entre verdugos y víctimas, entre vivos y muertos que se negaban a terminar de morirse.
Epílogo de las ruinas
Dicen los viejos, los que sobrevivieron a aquellos años de plomo y pólvora, los que llevan en el cuerpo las cicatrices y en la memoria los fantasmas, que La Catedral sigue allí, en las colinas de Envigado, convertida ahora en ruina turística, en museo del horror donde los visitantes se toman fotografías sonrientes en las mismas habitaciones donde se planearon masacres, donde se torturaron traidores, donde se enterraron millones que nunca fueron encontrados.
Van los domingos, familias enteras con niños que comen helados y corren por los pasillos donde antes corrió la sangre, parejas de enamorados que se besan junto a la piscina donde Pablo nadaba rodeado de guardaespaldas armados hasta los dientes, grupos de turistas extranjeros que escuchan las explicaciones del guía con esa fascinación morbosa que despierta el mal cuando ha sido domesticado por el tiempo, cuando ha sido convertido en anécdota, en folklore, en entretenimiento macabro para las masas que necesitan creer que el horror siempre les sucede a otros, en otros tiempos, en otros lugares.
Algunas noches, cuando el viento sopla desde el valle, se puede escuchar todavía el eco de los balones pateados en aquella cancha maldita, el murmullo de las conversaciones imposibles, el grito ahogado de los asesinados que no descansan en paz. Los guardias nocturnos —esos hombres mal pagados que cuidan las ruinas de un país que sigue en ruinas— juran que han visto sombras que caminan por los corredores, que han escuchado risas que no provienen de ninguna garganta viva, que han sentido presencias que los observan desde las esquinas oscuras donde la luz de las linternas no alcanza a llegar.
Tal vez sean solo leyendas, cuentos que se inventan los vigilantes para hacer menos aburridas las noches largas. O tal vez no. Tal vez los muertos de La Catedral siguen allí, atrapados en ese limbo de cemento y hierro, condenados a repetir eternamente sus últimas horas, sus últimos gritos, sus últimas súplicas que nadie escuchó cuando todavía importaba escucharlas.
La paz nunca existió en ese lugar, ni entonces ni ahora, ni tal vez nunca en este país que aprendió a construir cárceles para sus santos y santuarios para sus criminales, sin saber ya distinguir entre unos y otros, sin poder ya recordar cuándo empezó todo esto, cuándo cruzamos la línea invisible que separa la civilización de la barbarie, cuándo decidimos que era más fácil negociar con el diablo que enfrentarlo, cuándo aceptamos que los asesinos podían construirse sus propias prisiones y nosotros les llamaríamos justicia a esa obscenidad monumental.
Y los veinte millones siguen ahí, enterrados bajo el césped que ahora pisan los turistas, esperando a que alguien los desentierre, o tal vez pudriéndose lentamente como todo lo que tocó Pablo Escobar, convirtiéndose en abono para una tierra que ha bebido tanta sangre que ya no distingue entre el agua y la muerte, entre la lluvia y las lágrimas, entre los billetes y los huesos.
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