7. Los años del polvo y la sangre
Capítulo 7
Los años del polvo y la sangre
Era el tiempo en que Colombia entera ardía con la furia de mil soles negros. Los edificios estallaban como piñatas malditas derramando cuerpos en lugar de dulces. Y Marina —aquella mujer que había probado el poder como quien muerde una fruta envenenada— habitaba ahora una caleta en la calle 70, convertida en rata de su propio laberinto, respirando el aire viciado de los escondidos mientras afuera el país se desangraba en una orgía de pólvora y traiciones que ni los más ancianos cronistas de desgracias lograban contabilizar sin que les temblaran las manos.
Dicen los que saben —esos testigos invisibles que pueblan todas las esquinas de la memoria— que Marina se había separado de Francisco en mil novecientos ochenta y ocho, el año en que las certezas comenzaron a evaporarse como charcos bajo el sol implacable del altiplano, y que desde entonces vivía en un limbo donde el pasado y el presente se confundían como amantes borrachos, incapaces de distinguir dónde terminaba la carne y empezaba el espectro. La separación había sido silenciosa, como debe ser toda muerte que se respete: sin aspavientos ni melodramas, apenas un desprendimiento inevitable, la caída de una hoja que el árbol ya no puede sostener. Pero en ese país donde hasta los silencios retumbaban como cañonazos, nada quedaba verdaderamente en secreto, y los murmullos recorrían las calles como pájaros carroñeros buscando restos de dignidad que devorar.
Francisco, por su parte, se había evaporado en la niebla de los días como fantasma que cumple su condena y se retira sin aspavientos. Dicen que se lo vio por última vez en una esquina de Bogotá, comprando cigarrillos y mirando el cielo con esa expresión de los que ya han entendido que no hay cielo posible, que apenas hay techo de nubes bajas y promesas incumplidas. Marina nunca preguntó por él. Algunas ausencias son tan definitivas que no admiten curiosidad ni nostalgia: solo ese vacío que pesa más que cualquier presencia.
El dieciocho de agosto de mil novecientos ochenta y nueve —fecha que quedaría grabada en la corteza del tiempo como se graban las cicatrices en el cuerpo de un sobreviviente— Luis Carlos Galán cayó acribillado en Soacha, ese pueblo que era la antesala del infierno o quizás su patio trasero, y con él cayó también la última ilusión de que la política podría salvarse de la podredumbre que la habitaba como gusano en fruta madura. Cuentan que el candidato a la presidencia murió con los ojos abiertos, mirando hacia un cielo que jamás le respondería sus preguntas, y que su sangre —roja, común, idéntica a la de cualquier mortal— manchó el pavimento dibujando mapas de países que nunca existirían. Marina, desde su refugio, supo del asesinato por la radio, ese aparato que en tiempos de guerra se convierte en oráculo y verdugo simultáneamente, y sintió en el pecho esa presión que sienten quienes reconocen que el abismo ya no tiene fondo, que se puede seguir cayendo eternamente sin jamás tocar tierra. Los pájaros carroñeros de la memoria descendieron entonces sobre ella, picoteando no carne sino certezas, devorando las últimas migajas de esperanza que aún guardaba en los bolsillos del alma.
Llegó diciembre de aquel año maldito, mes en que el frío de Bogotá se vuelve profético y las montañas guardan silencio como si supieran lo que viene. Entonces ocurrió lo que los periódicos llamarían "atentado terrorista" pero que en verdad era el grito desesperado de un imperio criminal que se sabía asediado: un autobús cargado con dos toneladas de explosivos —dos toneladas, el peso exacto de cuarenta ataúdes llenos— estalló frente a la sede del DAS, ese edificio donde se guardaban los secretos más oscuros de la patria. La explosión fue tal que sacudió no solo los cimientos del edificio sino las entrañas mismas de la ciudad. El Servicio de Inteligencia Colombiana quedó reducido a escombros, montañas de concreto y cristales que brillaban bajo el sol como diamantes ensangrentados, y entre los restos yacían un centenar de muertos —tal vez más, tal vez menos, porque en ese país los muertos se multiplicaban como panes en el milagro inverso de la violencia— cuyos nombres serían leídos en voz alta durante semanas, como letanía, como conjuro inútil para traerlos de vuelta.
Marina sentía, desde su escondite en la calle 70, las reverberaciones de cada explosión como si fueran temblores telúricos que sacudían no la tierra sino el alma colectiva de una nación que ya no sabía si estaba viva o simplemente aplazaba el momento de reconocerse muerta. La caleta olía a humedad y miedo —ese olor particular de salitre y orina vieja que tienen los lugares donde la luz natural no entra hace meses—, y el silencio tenía textura de moho, sabor a óxido en la boca, tacto de mortaja sobre la piel. Allí, entre paredes que transpiraban salitre y desesperanza, Marina vivía una existencia de topo, de criatura nocturna, saliendo solo cuando era imprescindible, moviéndose por la ciudad como sombra que teme encontrarse con su propio cuerpo. Sus manos temblaban al contar los días marcados en la pared, y ese temblor era idéntico al de los cronistas que intentaban contabilizar los muertos: el mismo estremecimiento de quien sabe que las cifras son obscenas, que cada número esconde un nombre, cada nombre una historia, cada historia un universo clausurado.
El nueve de diciembre de ese mismo año —porque los acontecimientos se amontonaban unos sobre otros sin dejar respiro, como si el tiempo quisiera agotar todas las tragedias antes del fin del siglo— Fabio Ochoa decidió entregarse a las autoridades colombianas. La noticia corrió por el submundo criminal como reguero de pólvora húmeda, provocando no explosiones sino humos tóxicos, rumores envenenados. ¿Acaso no era esta la primera grieta visible en la muralla aparentemente inexpugnable del Cartel de Medellín? ¿No era acaso la señal de que hasta los más poderosos comenzaban a olfatear el aroma de su propia mortalidad? Fabio, con su rostro de niño viejo y sus manos que habían firmado sentencias de muerte como quien firma cheques, caminó hacia su rendición con la dignidad del torero que sabe que el toro terminará por cornearlo pero al menos elegirá la plaza donde sangrar.
Llegó el tres de julio de mil novecientos noventa, y con él llegó el calor profético de Medellín, ese calor que anuncia sangre, que espesa el aire hasta volverlo irrespirable. Lo que ocurrió aquella madrugada recibiría después el nombre pomposo de Operación Apocalipsis, pero quienes lo vivieron lo llamaron simplemente: el día en que el diablo cobró sus cuentas. Henry Pérez, aquel hombre que había sido brazo armado y sombra leal, cometió el pecado imperdonable en el universo del crimen: traicionó a Pablo Escobar. La traición, en ese mundo regido por códigos más antiguos que las leyes escritas, era el único pecado que no admitía absolución ni perdón ni clemencia. Pablo logró escapar por los pelos —así cuentan quienes estuvieron cerca, que huyó como animal acorralado, con la muerte pisándole los talones—, pero Mario Henao no tuvo la misma fortuna: cayó acribillado, su cuerpo cosido a balazos como si los asesinos quisieran asegurarse de matarlo varias veces, de aniquilar no solo su carne sino también su fantasma.
Un mes después, como si el destino llevara cuentas exactas y cobrara deudas con puntualidad bancaria, Henry Pérez fue hallado muerto. Nadie preguntó cómo ni por qué —en ese país las preguntas eran lujos peligrosos—, pero todos comprendieron que la mano de Pablo era larga como el brazo de la venganza divina, y que podía alcanzar a sus traidores aunque estos se escondieran en los confines del mundo. Con esas muertes, Pablo perdió el apoyo paramilitar, esa red de sicarios y soldados irregulares que había sido su escudo y su espada. Quedó solo, o casi solo, acompañado únicamente por la paranoia y algunos leales que no sabían si su lealtad era virtud o condena. Los pájaros carroñeros ya no buscaban solo carne: ahora devoraban también las alianzas, los pactos, las lealtades que se pudrían más rápido que los cadáveres bajo el sol del trópico.
Marina seguía encerrada en la caleta de la calle 70, contando los días como prisionera que marca rayas en la pared de su celda. Las noticias le llegaban filtradas, distorsionadas, magnificadas por el rumor, y ella intentaba reconstruir la realidad como quien arma un rompecabezas con la mitad de las piezas perdidas. A veces pensaba en Francisco, en esa vida que pudo ser y no fue, en los caminos que no tomó y que quizás la habrían llevado a otro destino. Pero tales pensamientos eran inútiles como rezos en idioma muerto: el pasado no se podía cambiar, solo habitar como se habita una casa en ruinas, caminando con cuidado entre los escombros de lo que fue.
El quince de julio de aquel mismo año, mientras Marina respiraba el aire estancado de su refugio, Pablo Escobar se encontraba escondido en algún lugar de la selva, enfermo de paludismo, ardiendo en fiebres que lo hacían delirar. Dicen —porque siempre hay alguien que dice, que cuenta, que sabe aunque no estuviera presente— que en sus delirios llamaba a su madre, a Hermilda, esa mujer que lo había parido y que jamás podría comprender la magnitud de la criatura que había traído al mundo. Pablo, el hombre que había hecho temblar a presidentes y que había convertido la extradición en palabra maldita, yacía en un catre improvisado, empapado en sudor, reducido a niño enfermo que clama por el regazo materno. Sus manos temblaban de fiebre, y ese temblor era el mismo de los cronistas, el mismo de Marina contando días en su celda: el estremecimiento universal de los condenados. La selva lo rodeaba indiferente, con esa indiferencia que solo la naturaleza puede desplegar ante los dramas humanos, y los mosquitos —esos pequeños vampiros que no distinguen entre capos y mendigos— seguían picándolo con la misma parsimonia con que pican a cualquier mortal.
Septiembre de mil novecientos noventa trajo consigo la muerte de Gustavo Gaviria, el primo hermano, el hermano de alma, el único ser humano en quien Pablo confiaba con esa confianza ciega que solo se tiene en la infancia o en la demencia. Gustavo cayó en un operativo policial, su cuerpo acribillado por las balas de la ley o de la venganza o de ambas —porque en ese país la diferencia entre justicia y venganza se había vuelto tan borrosa como la línea entre la vigilia y la pesadilla—, y con él murió también la última parte humana de Pablo Escobar. A partir de ese momento, el capo se convertiría en pura máquina de guerra, en bestia herida que ataca sin discriminar, en fuerza destructiva que ya no busca victoria sino apenas venganza, apenas sangre, apenas el placer amargo de llevar consigo al abismo el mayor número posible de almas. Los pájaros carroñeros descendieron sobre Medellín en bandadas, pero ya no devoraban carne ni certezas: ahora devoraban el futuro mismo, cada posibilidad de redención, cada atisbo de que aquello pudiera terminar de alguna manera que no fuera apocalíptica.
Marina, desde su encierro, sintió la noticia como quien siente un temblor subterráneo: algo fundamental había cambiado en el orden de las cosas, algún equilibrio precario se había roto definitivamente. Las calles de Medellín —esa ciudad hermosa y maldita, esa ciudad que olía simultáneamente a orquídeas y a pólvora— se llenaron de rumores: que Pablo había llorado durante tres días seguidos, que había jurado venganza contra medio mundo, que su locura había alcanzado cotas que antes parecían imposibles. La guerra, que ya era cruenta, se volvería demencial.
El veintiséis de enero de mil novecientos noventa y uno, el presidente de Colombia —ese hombre que ocupaba el cargo más peligroso del continente, que cada noche se acostaba sin saber si vería el amanecer— expidió un decreto que cambiaba las reglas del juego: quienes se entregaran y confesaran sus delitos no serían extraditados. La extradición, ese fantasma que había perseguido a los narcos como la muerte persigue a todos los mortales, quedaba conjurada mediante la alquimia jurídica de un simple decreto. Sus manos temblaron al firmar el documento —ese mismo temblor de cronistas y prisioneros y enfermos—, porque sabía que estaba firmando no la paz sino apenas una tregua, no la victoria sino el reconocimiento de la derrota. Era, en el fondo, un pacto diabólico: el Estado reconocía su impotencia para vencer al narcotráfico mediante la fuerza, y ofrecía clemencia a cambio de paz. O al menos a cambio de una pausa en el derramamiento de sangre, una tregua en el apocalipsis cotidiano.
Ese mismo mes, como si el destino quisiera recordar que los decretos no detienen las balas, cayó asesinado el Mexicano, aquel sicario legendario cuyo apodo era más conocido que su nombre verdadero, aquel hombre que había matado con la eficiencia del profesional y la frialdad del autómata. Su muerte fue apenas un párrafo en los periódicos, una nota al pie en la crónica interminable de violencia que era la historia de Colombia en aquellos años. Porque para entonces los muertos ya no sorprendían a nadie: se habían vuelto cotidianos como el pan, como la lluvia, como el saludo matutino.
Los sicarios morían como moscas en aquellos meses, pero las moscas al menos tienen la decencia de morir en silencio. Los sicarios, en cambio, morían a gritos, morían dejando rastros de sangre que los perros lamían en las madrugadas, morían con los ojos abiertos mirando un cielo que se había vuelto opaco, sin estrellas, apenas un telón gris donde Dios, si alguna vez habitó allí, había decidido mudarse a territorios menos ensangrentados.
Marina seguía en la caleta, contando los muertos como quien cuenta ovejas para dormir, sintiendo que el mundo exterior se convertía en escenario de una tragedia griega de la cual ella era testigo invisible, espectadora forzada. A veces se preguntaba cuándo terminaría todo aquello, cuándo la sangre dejaría de manar, cuándo Colombia despertaría de esa pesadilla colectiva. Pero en el fondo sabía —con esa sabiduría amarga que tienen los que han visto demasiado— que no habría despertar, que la pesadilla era la realidad, y que el país seguiría sangrando hasta que la última gota de sangre se evaporara bajo el sol inclemente, o hasta que todos los protagonistas de aquella guerra absurda terminaran muertos o convertidos en estatuas de sal, mirando hacia atrás como la mujer de Lot, incapaces de apartar los ojos del horror que ellos mismos habían parido.
Porque Colombia entera era ya una estatua de sal que miraba hacia atrás, hacia las piñatas malditas que seguían estallando, derramando cuerpos que nunca serían dulces, que nunca conocerían otra cosa que el sabor metálico de la pólvora y la certeza de que los muertos, en este país, no terminan nunca de morirse. Y los pájaros carroñeros seguían volando en círculos sobre la nación, eternos, pacientes, sabiendo que el festín no había hecho más que empezar, que habría carne suficiente para alimentar a todas las generaciones de pájaros por venir, hasta que el último colombiano cerrara los ojos y comprendiera, finalmente, que vivir en este país había sido siempre una forma elegante de agonizar.
LA NOCHE EN QUE MATARON EL FUTURO
Era un viernes de agosto tan caluroso que las estatuas de los santos en las iglesias de Soacha habían comenzado a sudar lágrimas de cera, cuando el aire mismo parecía haberse detenido a mitad de camino entre los pulmones y el cielo, y las madres que preparaban la cena para sus hijos sentían en la boca de sus estómagos ese presagio que ninguna cartomante necesita explicar porque es anterior al lenguaje, anterior incluso al miedo, y fue entonces, mientras Luis Carlos Galán subía a la tarima de madera improvisada en la plaza principal con esa sonrisa que todavía creía en la palabra como antídoto contra las balas, que el destino de Colombia —que ya estaba escrito desde hacía meses en cuadernos de sicarios analfabetos y firmado con billetes que olían a sangre y cocaína— comenzó a cumplirse con la precisión implacable de las tragedias griegas.
Dicen los que estuvieron ahí, y los que no estuvieron pero juraría que sí porque el horror tiene esa capacidad de volverse memoria colectiva, que Galán alcanzó a pronunciar exactamente diecisiete palabras de su discurso, diecisiete palabras que hablaban de un país posible, de una Colombia donde los niños no crecerían contando cadáveres como quien cuenta estrellas, y que en la decimoctava palabra —que habría sido "justicia" o "dignidad" o alguna de esas palabras hermosas que envejecen mal en países como el nuestro— se detuvo porque tres sicarios, ninguno mayor de veintitrés años, ninguno capaz de escribir su propio nombre sin faltas de ortografía pero todos entrenados en el arte de disparar a la cabeza desde distancias imposibles, abrieron fuego con esa indiferencia profesional que es más aterradora que el odio, porque el odio al menos reconoce humanidad en la víctima, mientras que ellos lo miraron como quien mira un bulto que debe ser entregado, un trabajo que debe completarse antes del amanecer para cobrar los tres millones de pesos que les habían prometido, suficiente dinero como para comprarles zapatos nuevos a sus hermanos y cerveza para celebrar con sus novias que todavía no sabían que estaban enamoradas de asesinos.
Fueron once los disparos que sonaron, aunque algunos testigos juraron que fueron quince y otros que fueron siete, porque en momentos así el tiempo se fragmenta como un espejo cayendo al suelo y cada pedazo refleja una realidad distinta, pero lo que nadie discute es que el candidato cayó con los ojos abiertos mirando el cielo de agosto que se había vuelto repentinamente negro, como si el universo entero hubiera decidido guardar luto antes de que los noticieros anunciaran la tragedia, y junto a él cayó su corbata azul —ese azul optimista de quien todavía cree en las urnas—, su maletín de cuero con los discursos que ya no pronunciaría, y aquella fotografía de sus hijos que llevaba siempre en el bolsillo interior del saco y que los forenses encontrarían después manchada con su sangre tipo O positivo, la misma sangre que en ese momento corría por las tablas de la tarima formando riachuelos que los perros callejeros lamérian después, sin saber que estaban bebiendo el futuro desangrado de una nación.
La multitud no gritó de inmediato —esa es la parte que los periodistas nunca entienden cuando escriben sobre masacres y asesinatos—, porque el horror verdadero necesita unos segundos para asentarse en la garganta, para viajar desde los ojos hasta el cerebro y luego regresar convertido en alarido, de manera que durante casi medio minuto completo hubo un silencio tan profundo que se podían escuchar los casquillos de bala rodando por el piso de cemento, y en ese silencio alguien —nadie recuerda quién— dijo en voz apenas audible "lo mataron", y esas dos palabras fueron la chispa que encendió el caos, el pánico, el llanto colectivo de miles de personas que corrían sin saber hacia dónde porque ¿a dónde se corre cuando han matado la esperanza?, ¿en qué dirección se huye cuando lo que te persigue no son las balas sino la certeza de que en este país los buenos mueren siempre y los malos se multiplican como una plaga bíblica?
Los sicarios escaparon en una motocicleta que nunca apareció, manejada por un cuarto hombre cuyo nombre jamás se supo y cuyo rostro se borró de todas las memorias como si hubiera sido un fantasma, aunque algunos vecinos contarían después que lo habían visto merodeando por la plaza desde tres días antes, comprando empanadas en el puesto de doña Rubiela y preguntando cosas inocentes sobre los horarios de la manifestación, pero nadie pensó entonces que ese muchacho flaco con cara de santo y modales de seminarista estaba midiendo distancias, calculando ángulos de tiro, memorizando rutas de escape, porque así funciona el mal en Colombia, disfrazado de cortesía, sonriendo mientras afila el cuchillo, preguntando la hora mientras prepara el gatillo.
En Medellín, a doscientos cincuenta kilómetros de distancia, Pablo Escobar recibió la noticia por teléfono mientras cenaba sancocho con su familia —porque los monstruos también cenan sancocho, también tienen hijos que les piden ayuda con las tareas, también ven telenovelas después de ordenar ejecuciones—, y aunque nunca se probó que él diera la orden directa, aunque sus abogados pasarían años jurando su inocencia con esa pasión que solo el dinero puede comprar, todo el país supo sin necesidad de juicios ni evidencias forenses que aquellas balas habían sido pagadas con su dinero, bendecidas con su anuencia, disparadas en su nombre, porque ¿quién más en Colombia tenía el poder de matar el futuro en una plaza pública, de silenciar a un candidato presidencial como quien apaga una vela, de convertir un viernes de esperanza en un funeral nacional?
Esa noche, mientras los noticieros repetían hasta el cansancio las mismas imágenes del cuerpo cubierto con una bandera colombiana, mientras los políticos declaraban indignación y prometían justicia con esa vehemencia que siempre llega demasiado tarde, mientras las emisoras de radio tocaban música fúnebre y los curas celebraban misas improvisadas en iglesias que se llenaron hasta desbordar, Galán —o lo que quedaba de él— fue trasladado a Bogotá en una ambulancia que tardó tres horas en llegar porque el tráfico estaba detenido por manifestaciones espontáneas de gente que lloraba sin conocerlo, que lo lloraba menos por él y más por ellos mismos, por el país que nunca sería, por los hijos que crecerían normalizando la violencia como quien normaliza la lluvia.
Y aunque lo enterraron cuatro días después en un cementerio de la capital, con honores de Estado y lágrimas presidenciales y discursos que hablaban de mártires y sacrificios, la verdad es que Luis Carlos Galán nunca terminó de morir del todo, porque los muertos importantes en Colombia tienen esa costumbre de quedarse flotando entre los vivos como reproches ambulantes, como preguntas sin respuesta que persiguen a los asesinos hasta en los sueños, y dicen —aunque esto no está en ningún periódico— que los sicarios que jalaron el gatillo aquella noche nunca volvieron a dormir completo, que uno se volvió loco tres años después hablando con fantasmas en una celda de La Picota, que otro apareció muerto en una cuneta con los ojos abiertos mirando fijamente algo que nadie más podía ver, y que el tercero se entregó a la policía confesando todo entre sollozos, rogando que lo perdonaran no los jueces sino el fantasma que lo visitaba todas las noches vestido con corbata azul preguntándole por qué, por qué, por qué.
Todavía hoy, treinta y seis años después, cuando alguien menciona la palabra Soacha, hay una generación entera que no piensa en la geografía sino en aquel viernes maldito, y las madres de ese municipio tienen la costumbre de persignarse tres veces cuando pasan por la plaza donde sucedió, aunque ahora haya un monumento que nadie mira y flores de plástico que nadie cambia, porque los monumentos no resucitan muertos ni consuelan viudas, solo le permiten al país fingir que recuerda mientras se apura en olvidar, mientras sigue eligiendo políticos que prometen lo mismo que prometía Galán con las mismas palabras que él usaba, sin darse cuenta —o tal vez dándose cuenta pero sin importarles— que esas palabras ya están malditas, que ya tienen precio de sangre, que en Colombia las buenas intenciones se pagan con ataúdes.
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