5. El Reino del Miedo

 

Capítulo 5

El Reino del Miedo (1985–1986)

«Hay muertes que no matan cuerpos, sino las últimas luces del alma de un país.»


Noviembre de 1985 fue el mes en que Colombia se miró al espejo y vio a una extraña con sus propios rasgos. En el aire de Bogotá flotaba un presagio denso como incienso rancio, una calma que olía simultáneamente a pólvora, a queroseno y a ese perfume químico del miedo cuando ya no puede disimularse. Nadie lo sabía todavía —aunque todos lo presentían en el esqueleto—, pero el país estaba a punto de perder la inocencia que llevaba décadas fingiendo poseer.

A las once de la mañana del 6 de noviembre, cuando las secretarias del centro preparaban su tinto y los abogados repasaban sus alegatos con tedio burocrático, un comando del M-19, financiado desde las sombras por el oro blanco de Pablo Escobar, irrumpió en el Palacio de Justicia como quien entra a cobrar una deuda que nadie recuerda haber contraído. Decían buscar al Presidente para juzgarlo por traiciones que enumeraban con liturgia revolucionaria, pero en realidad habían sido empujados —como títeres cuyos hilos huelen a selva húmeda— por billetes que olían a fusiles, a polvo de coca y a esa ambición sin nombre que brota en las regiones donde el Estado es apenas un rumor lejano.

Durante cuarenta y ocho horas que parecieron doscientos años, el fuego fue dueño absoluto de la palabra. Los magistrados rezaron en voz baja —algunos en latín que ya no recordaban bien—, escribieron sus últimas sentencias en servilletas de papel con tinta temblorosa, y el humo ascendió por los ventanales coloniales como un evangelio negro, como incienso de una misa al revés, sin redención ni liturgia que valiera.

Cuando las llamas se apagaron al fin y los bomberos pudieron entrar entre escombros calientes, el Palacio era una ruina humeante que parecía haber envejecido mil años en dos días. De los noventa y cuatro rehenes —magistrados, empleados, visitantes atrapados por el azar cruel—, más de la mitad habían muerto, desaparecido o quedado convertidos en espectros que jamás volverían a hablar con voz firme. Las actas judiciales, esos papeles donde se guardaba la memoria jurídica del país, se convirtieron en ceniza que voló sobre Bogotá como nieve sucia. Las columnas que habían sostenido el peso simbólico de la ley parecían ahora lápidas sin nombre, monumentos al vacío.

Pablo, desde una finca escondida en las montañas de Antioquia, miraba las noticias transmitidas en un televisor pequeño de marca japonesa, con la imagen borrosa y el sonido metálico. Bebía whisky de contrabando en vaso de cristal. «Ya está hecho», murmuró hacia ninguna parte, sin alegría ni remordimiento, con esa voz de hombre que sabe que el monstruo que él mismo engendró ya no obedece órdenes, que el miedo había adquirido vida propia y no volvería a dormir nunca, ni siquiera cuando él muriera.

El fuego del Palacio lo consagró definitivamente ante los suyos. De político caído en desgracia —expulsado del Congreso con escándalo y vergüenza pública—, se transformó en mito viviente, en leyenda caminante del poder absoluto sin contrapesos. Los niños de Medellín aprendieron su nombre antes que el del presidente de turno, y las madres del barrio —esas mujeres de manos ásperas y fe ciega— rezaban rosarios nocturnos pidiendo su protección, como si el pecado, a fuerza de repetirse durante generaciones, pudiera volverse milagro o al menos costumbre aceptable.

Mientras tanto, Marina Escobar vivía un infierno de naturaleza distinta pero igualmente voraz. Acorralada por policías que olían su miedo a distancia, acusada de complicidad en crímenes que apenas comprendía, perseguida por jueces que firmaban órdenes de captura con mano temblorosa y mirada hacia los costados, encontró refugio improbable entre los hombres armados del Patrón. Una noche de aguacero —porque siempre llueve en las noches decisivas—, para salvarse de una captura que significaba muerte disfrazada de prisión, fingió amar a uno de ellos. Lo besó sin fe, lo abrazó sin alma, actuó deseo con talento de actriz desesperada. En ese simulacro de pasión entendió lo que muchas mujeres de esa familia comprendían tarde o temprano: que en el clan Escobar la supervivencia se había vuelto un arte oscuro, una danza donde cada paso en falso costaba la vida.


Noviembre de 1986 —un año exacto después, como si el calendario tuviera memoria y sed de simetría— trajo otro ajuste de cuentas. El coronel Ramírez, el militar de mirada dura que había dirigido con eficiencia prusiana la toma de Tranquilandia, fue emboscado al amanecer en una carretera solitaria del Magdalena Medio, esas tierras donde nadie pregunta y todos saben. Los testigos —campesinos que aprendieron a ver sin mirar— contaron que los asesinos bajaron de un Chevrolet negro sin placas, dispararon sin pronunciar palabra alguna, sin insultos ni explicaciones, y dejaron sobre el pecho ensangrentado del coronel una rosa blanca que el rocío de la mañana volvió rosada. Un mensaje del Patrón, escrito en el lenguaje sin palabras que todos en Colombia estaban aprendiendo a leer: los muertos también pagan deudas, y las cuentas se saldan siempre, aunque tarden años en llegar.

Y cuando el país todavía no se reponía del espanto —porque ya ni siquiera había tiempo para procesar los horrores—, diciembre trajo su última ofrenda, su regalo envenenado de fin de año.


El 17 de diciembre de 1986, a las siete y cinco de la noche exactas —hora en que Bogotá se vuelve más peligrosa porque la oscuridad aún no es completa y la gente baja la guardia—, Guillermo Cano Isaza, director vitalicio del diario El Espectador, salió de su oficina tras una jornada larga de edición y debates. Era un hombre sereno de gestos medidos, de palabras justas y escasas, que había dedicado cada minuto de su vida adulta a la verdad, esa señora difícil que pocos quieren invitar a cenar. Mientras se acomodaba en su automóvil Renault 18 blanco —ese modelo que entonces manejaban los profesionales de clase media—, dos sicarios se le acercaron en una motocicleta Yamaha. Uno de ellos, el de atrás, levantó el brazo con movimiento mecánico, apuntó sin vacilar ni pestañear y disparó seis veces: tres al pecho, dos al cuello, una a la cabeza.

El periodista cayó hacia un costado del asiento, con el maletín de cuero gastado aún sobre las piernas. Dentro llevaba los borradores del editorial que pensaba publicar al día siguiente: una denuncia más contra la mafia que crecía como cáncer, una advertencia profética que jamás vería tinta de imprenta. Sus lentes quedaron torcidos sobre el rostro, como si hasta ellos hubieran perdido el enfoque.

El eco de las balas rebotó entre las fachadas coloniales del barrio San Diego, y por un instante brevísimo la ciudad entera guardó silencio —los perros dejaron de ladrar, los radios callaron, hasta el tráfico pareció detenerse—, como si el país contuviera el aliento colectivo antes del grito. Los empleados de El Espectador corrieron hacia la calle con el pánico de quien ya sabía; alguien gritó su nombre con desesperación inútil, pero el maestro ya no respondía. Tenía los ojos abiertos mirando hacia un punto indefinido del cielo nocturno, como si en el último segundo hubiera visto algo que el resto no podía ver.

El coche seguía encendido —nadie había pensado en apagar el motor—, y el ronroneo del Renault, con ese sonido triste de máquina que sobrevive a su dueño, parecía rezar un responso mecánico por él.

Esa noche interminable, la redacción del periódico se llenó de reporteros que lloraban en silencio porque el periodismo había aprendido que el llanto también tiene que ser discreto. Las máquinas de escribir callaban por primera vez en décadas. Nadie quería apagar las rotativas: «Que sigan girando —dijo un viejo tipógrafo de manos manchadas de tinta que nunca salía—, que sigan gritando su nombre hasta que Dios se asome a ver qué pasa.»

Al amanecer del 18 de diciembre, El Espectador salió a las calles con su titular más doloroso, impreso en letras del tamaño de la vergüenza nacional:

ASESINADO GUILLERMO CANO

Y debajo, en letras más pequeñas pero no menos punzantes, un epitafio que el propio Cano había dejado escrito alguna vez en una columna olvidada, como si hubiera sabido que algún día lo necesitaría:

«La verdad no muere: la matan todos los días, pero siempre resucita con otro nombre.»

El país entero lo leyó con un nudo en la garganta del tamaño de una patria. Algunos comprendieron que algo irreparable se había roto; otros callaron porque ya no había palabras que alcanzaran para nombrar el horror. Pablo, desde su escondite de lujo rústico, apenas comentó mientras desayunaba huevos revueltos y arepa:

—Ese viejo escribió demasiado.

La frase cayó como piedra en pozo seco, en el silencio denso de sus hombres. Nadie se atrevió a mirarlo a los ojos, ni siquiera para confirmar que había hablado. Algunos siguieron masticando; otros dejaron los cubiertos con cuidado, como si el ruido pudiera despertar algo peor.


El país sin amanecer

Después de esas muertes —que fueron muchas más que tres, porque cada muerto mata un pedazo de los que quedan vivos—, Colombia quedó sin palabras propias, hablando apenas con frases prestadas y eufemismos de noticieros. El amanecer siguió saliendo con puntualidad astronómica, sí, pero ya no alumbraba igual: era una luz opaca, sucia, que no alcanzaba a espantar del todo las sombras. Los gallos cantaban con miedo en la garganta, las ventanas se cerraban más temprano aunque hiciera calor, y las campanas de las iglesias doblaban por costumbre más que por fe, porque hasta los campaneros habían dejado de creer que alguien escuchaba.

Los hombres hablaban en susurros incluso en sus propias casas, las mujeres rezaban con los ojos abiertos para vigilar la puerta, y los niños aprendían pronto —demasiado pronto— que la justicia era un fantasma con uniforme que llegaba siempre tarde o nunca, y que la palabra ley se pronunciaba con ironía o con miedo, nunca con esperanza.

Pablo Escobar reinaba sin corona de oro pero con poder más absoluto que cualquier monarca constitucional. Su voz era ley no escrita, su dinero una justicia alternativa más eficiente que los tribunales, su venganza una religión con más fieles que las iglesias. Cada bala que se disparaba en Colombia llevaba su firma invisible; cada cadáver en cuneta, morgue o fosa clandestina era una deuda pagada en la contabilidad meticulosa de su imperio.

Se decía —y en Colombia lo que se dice tiene tanto peso como lo que se documenta— que por las noches caminaba solo por los jardines inmensos de la Hacienda Nápoles, hablando con los hipopótamos, jirafas y elefantes como si fueran ministros de un gabinete zoológico, consejeros mudos de su reino sin constitución. En una mano llevaba una pistola niquelada con cachas de nácar; en la otra, según juraban algunos, una hostia consagrada que había robado de alguna iglesia o comprado a algún sacerdote sin escrúpulos.

—Dios me puso en este mundo para equilibrar las cuentas —susurraba al viento nocturno que traía olor a estiércol de animales exóticos y perfume de gardenias—, y al que no las paga en vida, se las cobro con el alma en la muerte.

Y el país, exhausto de tanto espanto, de tanto muerto sin justicia y tanto criminal sin castigo, entendió con resignación de enfermo terminal que ya no había salida posible, que el laberinto no tenía centro ni puertas. La esperanza se había ido a dormir con los muertos —si es que los muertos duermen— y el miedo, ese nuevo dios sin templos pero con millones de devotos, ese dios que Colombia adoraba sin quererlo, no conocía el descanso, no aceptaba ofrendas que lo aplacaran, no concedía perdón ni tregua.

El reino del miedo había llegado para quedarse.

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