3. El año en que los dioses viajaron en limusina
Capítulo 3
El año en que los dioses viajaron en limusina
"Ningún imperio se derrumba sin antes creerse eterno."
La década amaneció con el brillo pegajoso del dólar y la insolencia del oro recién parido, ese oro que huele a gasolina y a pacto con el diablo. Era junio de 1981 —lo recuerdo porque hasta los gallos del barrio cantaban con acento extranjero y las montañas se habían vuelto verdes de billetes—, cuando Pablo decidió cruzar otra vez ese océano invisible del dinero sucio, esa frontera líquida donde los números se lavan hasta perder la memoria. Miami lo esperaba como a un hijo pródigo con pasaporte falso, sonrisa de turista y maletas que pesaban más por dentro que por fuera.
El viaje comenzó con una promesa de oro y terminó en un milagro de fuga que los periódicos nunca publicaron. Dicen que la policía gringa lo tuvo acorralado en una autopista —luces rojas como ojos de bestia, helicópteros que batían el aire con alas de metal, perros que ladraban en inglés—, pero él se escabulló como humo de gasolina, como dinero que cambia de mano sin dejar rastro. Volvió a Medellín con un silencio nuevo en los ojos, ese silencio de los hombres que han visto el infierno y regresaron con su dirección exacta, y un puñado de historias que solo contaba cuando se sentía invulnerable, cuando el aguardiente y la noche lo convencían de que era inmortal.
Victoria, mientras tanto, peleaba con la báscula y con el destino, esas dos enemigas implacables de las mujeres que esperan. Engordaba de ansiedad y soledad, comía dulces como quien mastica excusas, como quien intenta llenar un vacío con forma de hombre ausente. Pablo, arrepentido con esa culpa pasajera de los hombres ricos, magnánimo como solo pueden serlo los que tienen demasiado dinero y demasiado poco tiempo, la llevó a Estados Unidos con toda la familia —esposa, hijos, suegros, cuñados— en una procesión tropical que olía a perfume francés y miedo disimulado.
Recorrieron Disney con la solemnidad de una peregrinación religiosa: en cada atracción, los guardias les abrían paso como si fueran una delegación diplomática de un país inventado, el país del polvo blanco y los sueños químicos. Los niños montaban en las tazas locas mientras los adultos calculaban ganancias en sus cabezas. Luego vino Las Vegas, esa catedral del azar donde Marina —hermana de suerte implacable y manos bendecidas por algún santo clandestino— dobló la fortuna familiar con un giro de ruleta y una carcajada que aún resuena en los casinos del desierto, una risa que sonaba a monedas cayendo y a destino burlado.
Cinco limusinas negras como ataúdes de lujo los condujeron por zoológicos donde compraban animales exóticos que no sabían que estaban condenados, por hoteles donde el mármol del piso valía más que las casas del barrio, por tiendas donde adquirían diamantes, relojes suizos y juguetes de oro macizo para niños que no necesitaban nada. Los empleados —blancos, rubios, perfumados— los trataban con esa cortesía nerviosa que se reserva para las monarquías inventadas: los reyes del polvo blanco, los emperadores del vicio ajeno. En el fondo, nadie sabía de dónde salía tanto dinero, pero todos querían olerlo, tocarlo, dejar que ese perfume de billetes nuevos los impregnara aunque fuera por un instante.
Ese mismo año —el año en que Colombia comenzó a pudrirse sin saberlo—, Marina Escobar viajó a Suiza con una maleta que pesaba más por dentro que por fuera, más por lo que significaba que por lo que contenía. En los bancos de Zúrich, entre bóvedas que guardaban los secretos de todos los tiranos del mundo, la recibieron como a una princesa chibcha rediviva, como a una reina precolombina que hubiera cruzado el océano del tiempo. Los ejecutivos —hombres grises de trajes grises en edificios grises— le ofrecieron champaña del año en que Hitler invadió Polonia, le cedieron la suite donde había dormido el Sha de Irán antes de su caída, y se inclinaron ante ella con esa reverencia hipócrita que los banqueros reservan para el dinero sucio cuando viene en cantidades obscenas.
Allí, entre bóvedas de acero y relojes discretos que marcaban el tiempo de la corrupción mundial, los dólares se lavaron hasta quedar tan blancos como la nieve de los Alpes, tan puros como las mentiras que los banqueros se contaban a sí mismos para dormir tranquilos. El dinero entraba manchado de sangre y salía perfumado de legalidad, convertido en inversiones y bonos, en números limpios que ya no recordaban las manos muertas que los habían tocado.
A su regreso —triunfal, luminosa, con esa arrogancia de quien acaba de burlar a todos los gobiernos del hemisferio—, Pablo la contrató como decoradora de su nuevo apartamento de soltero, ese templo del adulterio donde pensaba instalar sus diosas menores. En un mes exacto, Marina dilapidó cinco millones de dólares en mármol italiano arrancado de las canteras de Carrara, en cortinas venecianas tejidas por monjas ciegas, en espejos venecianos que devolvían un rostro que ya no era del todo humano, que mostraba algo perturbador en los ojos: la certeza de la impunidad, ese veneno dulce que transforma a los hombres en monstruos elegantes.
Pero el esplendor tenía fecha de caducidad, como la tienen todas las cosas hermosas y malditas.
En noviembre de 1981 —mes de santos y de difuntos, mes propicio para las tragedias—, el secuestro de Martha Nieves Ochoa encendió el primer relámpago de la guerra privada que se convertiría en pública, que se convertiría en nacional, que terminaría por devorarnos a todos. Los capos, convocados como patriarcas del Antiguo Testamento, como jefes tribales que aún creen en la venganza como forma de justicia, formaron el MAS —Muerte a Secuestradores—, un ejército de sombras con uniforme invisible y corazones de piedra.
Durante meses que se volvieron años en la memoria de los torturados, cazaron, interrogaron, desaparecieron. Arrancaron uñas y confesiones, quemaron pieles y esperanzas. Mataron a ciento veinte hombres —algunos culpables, otros inocentes, todos iguales ante la bala— hasta rescatar a la mujer que había sido más valiosa viva que todos ellos muertos. Desde entonces, el país aprendió a pronunciar una palabra nueva que se le trababa en la lengua como un hueso: paramilitar. Esa palabra que sonaría en los noticieros durante décadas, que se volvería sinónimo de horror cotidiano, de masacres con firma y de miedo institucionalizado.
A partir de ese punto de no retorno, de esa línea invisible que cruzamos sin darnos cuenta, el crimen dejó de esconderse en las sombras. Se institucionalizó con bendiciones de curas borrachos, con himnos compuestos por poetas venales, con discursos pronunciados por abogados que habían vendido su alma por menos de lo que valía. El mal dejó de ser clandestino para volverse burocrático, para tener oficinas y uniformes, para pagar impuestos y contratar contadores.
En marzo del 82 —primavera en el norte, otoño en el alma—, Pablo y Gustavo viajaron al Festival de Río, esa bacanal tropical donde el carnaval dura todo el año para quien tiene dólares. Regresaron con un cargamento insólito que ninguna aduana registró: diez garotas de sonrisa tropical y caderas que se movían como olas, diez muchachas que no sabían que estaban siendo importadas como ganado fino. Las instalaron en la Hacienda Nápoles —ese paraíso inventado en medio de la nada— para celebrar una fiesta que duró tres días y tres noches, setenta y dos horas de música y cocaína, de sexo y olvido, de sentirse dioses menores en un Olimpo de pacotilla.
Pero a mitad del tercer amanecer, cuando el sol salía tímido sobre las montañas de Antioquia, aparecieron las esposas —Victoria y las otras, esas mujeres traicionadas que habían aprendido a oler el adulterio a kilómetros de distancia. Hubo un silencio breve, uno de esos silencios que pesan más que las palabras, una mirada asesina que prometía venganzas domésticas, y enseguida un gesto de improvisación divina que solo se le ocurre a los hombres acostumbrados a resolver problemas con dinero: los socios subieron a las garotas en un avión privado que dio vueltas y vueltas sobre la finca, círculos en el cielo como un rosario mecánico, hasta que las señoras se retiraron convencidas de que el pecado ya había despegado rumbo al infierno o al Brasil, que a esas alturas eran lo mismo.
—Esto también es poder —dijo Gustavo, sirviéndose otro trago de whisky escocés mientras veía despegar el avión.
—No, hermano —respondió Pablo, encendiendo uno de sus puros cubanos—. Esto es costumbre. El poder es cuando ni siquiera tienes que esconderlo.
Poco después, bajo la influencia magnética de su tío Hernando —viejo militante de izquierda que había trocado la revolución por la reforma, las armas por las urnas, el sueño por la desilusión—, Pablo Escobar decidió convertirse en político, porque en Colombia todo criminal ambicioso termina queriendo ser congresista. Fue elegido Representante a la Cámara por el Movimiento Renovación Liberal, ese nombre bonito que no significaba nada pero sonaba a esperanza.
El país, ingenuo como virgen en burdel, deslumbrado por las casas regaladas y los estadios inaugurados, vio en él al filántropo del pueblo: el muchacho de las montañas que había logrado triunfar a pesar de todo, el que regalaba casas y balones con la mano izquierda mientras con la derecha firmaba sentencias de muerte, el que soñaba con pavimentar la historia sin darse cuenta de que la estaba incendiando.
Viajó a España, donde estrechó la mano de Felipe González —quien años después diría que no lo recordaba—; luego a Estados Unidos, donde se tomó la famosa foto junto a su hijo Juan Pablo, ambos sonriendo frente a la reja blanca de la Casa Blanca, frente al símbolo máximo del poder que terminaría por destruirlo. Nadie sospechaba entonces que detrás de esa sonrisa de turista feliz se escondía el hombre más buscado del continente, el que terminaría por desangrar un país entero.
En medio del delirio político, entre discursos y apretones de mano, otra historia se torció como se tuercen todas las historias donde hay hombres poderosos y mujeres jóvenes. Wendy —una de sus amantes, una más en la lista interminable de cuerpos comprados o seducidos— quedó embarazada. Pablo lo negó con la crueldad serena de quien cree que el poder lo absuelve de la paternidad, de quien piensa que sus hijos solo son legítimos cuando nacen del vientre correcto.
Ordenó a sus hombres resolver el problema con esa frase terrible que se usa para todo: desde matar un testigo hasta abrir una cuenta bancaria. La joven fue secuestrada —por los mismos hombres que la habían protegido cuando era la favorita— y entre súplicas que nadie escuchó y miedo que nadie alivió, le practicaron un aborto en una clínica clandestina que olía a desinfectante y a crimen. "Yo no tengo hijos sino con mi mujer", había dicho él, convencido. Aquella frase lo perseguiría en sueños durante años, se le aparecería en las noches de insomnio como un fantasma pequeño que nunca llegó a nacer.
Ese mismo año —1982, año de mundiales de fútbol y de masacres olvidadas—, los capos fundaron el Primer Foro contra la Extradición. Bajo el lema que se volvería grito de guerra, epitafio anticipado y profecía autocumplida: "Preferimos una tumba en Colombia que una celda en Estados Unidos", comenzaron a vestir de patriotismo su miedo primordial, a disfrazar de amor patrio lo que era simple terror a la justicia gringa.
Se inauguró así la nueva fe del cartel: la religión del antiextraditable, el culto a la soberanía con olor a gasolina quemada y pólvora fresca. Imprimieron volantes, pagaron abogados constitucionalistas, compraron columnistas de periódico. Convirtieron el miedo en ideología y la cobardía en bandera.
Y mientras el país aplaudía los discursos progresistas del joven congresista de Medellín —ese muchacho de sonrisa fácil que prometía casas para todos—, en los sótanos de su Hacienda Nápoles ya se construía el altar del narcotráfico moderno, ese templo donde se oficiaría la misa negra que terminaría por consagrar a Colombia como el país de todas las violencias.
—El dinero —decía él a quien quisiera escucharlo, con esa certeza de los iluminados o los locos— no se gana, se conquista. Y toda conquista necesita bandera, himno y mártires.
Lo que no dijo entonces, lo que quizás no sabía todavía, es que él mismo terminaría siendo las tres cosas.
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