24 "Pinina" La voz que no debía recordarse
CAPÍTULO 24
"Pinina" La voz que no debía recordarse
Fue en aquella mañana de junio cuando el país entero respiraba fútbol y esperanza —eran las 10:07, hora en que Colombia enfrentaba a Yugoslavia en tierras italianas y los gritos de gol parecían conjuros contra la muerte—, que John Jairo Arias Tascón supo, sin saberlo todavía, que su imperio de sangre había comenzado a desmoronarse como se desmoronan los edificios que él mismo había volado: desde adentro, con la precisión de quien conoce dónde duele más.
Le decían Pinina por aquella voz que recordaba a una niña de telenovela argentina, una voz chillona y frágil que contrastaba obscenamente con el catálogo de atrocidades que firmaba cada semana. Era una ironía que a Pablo Escobar le resultaba graciosa: que el hombre encargado de orquestar magnicidios tuviera voz de Andrea del Boca, que el arquitecto de la muerte masiva hablara como si pidiera permiso para ir al baño. Por eso casi nunca hablaba Pinina, y ese silencio —ese mutismo voluntario que los demás interpretaban como discreción o astucia— le construyó una reputación de hombre inescrutable, de monje guerrero, de fantasma con pistola.
Pero antes de ser fantasma había sido niño, y antes de ser niño había sido estadística: uno más de esos millones que América Latina fabrica con la precisión de una industria, pobres que nacen pobres para morir pobres, solo que algunos —los más temerarios o los más desesperados, que es lo mismo— deciden cambiar la pobreza por el plomo, la miseria por el miedo que inspiran, el hambre por el hambre de poder.
El día en que el reproductor cambió de dueño
Cuentan que todo comenzó con un reproductor de casetes sustraído de un automóvil estacionado cerca del Cementerio de San Pedro, en Medellín. No cualquier automóvil, claro está, porque en las crónicas de Colombia nada es casual y todo significa: era el vehículo de Pablo Escobar Gaviria, y el muchacho que tuvo la audacia o la inconsciencia de robarlo tenía apenas quince años y ya conocía todos los dialectos de la violencia urbana. Había sido raponero a los doce, pandillero a los catorce, sicario a los quince. Una carrera meteórica hacia ninguna parte, o hacia todas partes, dependiendo de cómo se mire.
Lo extraordinario —o lo perfectamente lógico en la geometría torcida del narcotráfico— es que Escobar no mandó a matarlo sino a buscarlo. Le pareció, dicen, que alguien capaz de robar con semejante descaro merecía algo mejor que una bala: merecía un empleo. Así se recluta en los infiernos: no con contratos sino con admiración por la osadía, no con entrevistas sino con demostraciones de sangre fría.
Y Pinina tenía sangre fría, oh sí que la tenía. Medía apenas metro sesenta y cuatro, una estatura que en otras latitudes hubiera pasado inadvertida pero que en el mundo de los sicarios lo marcaba como alguien que debía compensar con crueldad lo que le faltaba en centímetros. Era delgado, de contextura frágil, con esa apariencia de muchacho bueno que hace que las madres bajen la guardia y que los enemigos cometan el error fatal de subestimarlo. Porque detrás de esa cara aniñada y esa voz de soprano había una inteligencia fría como bisturí, una capacidad de planificación que el mismo Popeye —otro monstruo, otro producto de la misma fábrica de pobres— reconocería años después: «De no haber muerto, Pinina se hubiera convertido en el segundo Pablo Escobar».
El reclutador de la muerte
Lo que hizo de Arias Tascón una pieza indispensable en la maquinaria del Cartel de Medellín no fueron solo sus habilidades como ejecutor —que las tenía, vaya que las tenía— sino su talento como reclutador. Conocía las comunas como quien conoce las venas de su propio brazo, sabía dónde encontrar a los muchachos hambrientos de futuro o desesperados por presente, esos adolescentes a quienes la ciudad les había negado todo salvo la posibilidad de matar o morir, que en Medellín de los años ochenta era casi lo mismo.
Fue él quien organizó las escuelas de sicarios en las afueras de la ciudad, esos campos de entrenamiento donde niños que todavía no se afeitaban aprendían a desmontar armas, a disparar en movimiento, a no sentir nada cuando el cuerpo del otro caía. Porque eso era lo primero que había que matar en un sicario: la capacidad de sentir. Y Pinina era maestro en ese arte de la anestesia moral, en esa pedagogía del horror que transformaba muchachos en máquinas.
Ascendió rápido en la jerarquía —tan rápido como se asciende en las organizaciones donde la muerte es el único mecanismo de promoción— hasta convertirse en el quinto hombre más importante del cartel, el jefe de escoltas de Escobar, el cerebro detrás de operaciones que dejaban cifras que ya no eran cifras sino apocalipsis: doscientos sesenta y dos civiles muertos, ciento veintinueve policías asesinados solo en Medellín, miles de damnificados en todo el país. Números que de tanto repetirse perdían significado, que de tanto pesar dejaban de pesar, que se convertían en paisaje.
La lista de los que dejaron de respirar
Porque Pinina no mataba personas: mataba funciones, cargos, símbolos. Mataba ministros de Justicia como quien tacha nombres en una lista de mercado: Rodrigo Lara Bonilla, caído en 1984, primer mártir de una guerra que apenas comenzaba. Mataba directores de periódico porque las palabras también sangran: Guillermo Cano Isaza, del diario El Espectador, asesinado por el delito de escribir verdades. Mataba coroneles, gobernadores, procuradores: Jaime Ramírez Gómez, Antonio Roldán Betancur, Carlos Mauro Hoyos, Valdemar Franklin.
Volaba edificios enteros como quien revienta piñatas: el Departamento Administrativo de Seguridad, cincuenta y dos almas pulverizadas en nombre de qué, de quién. Volaba aviones en pleno vuelo —el vuelo 203 de Avianca, ciento diez pasajeros convertidos en ceniza porque un candidato presidencial, César Gaviria Trujillo, debía morir pero no murió, viajó en otro vuelo, y los ciento diez inocentes pagaron por esa ausencia con una muerte que no les correspondía—. Mataba candidatos presidenciales de verdad, como Luis Carlos Galán, ese hombre que había osado imaginar un país sin carteles, sin miedo, sin Pinina.
Y entre atentado y atentado, entre magnicidio y magnicidio, Arias Tascón regresaba a su apartamento en El Poblado, besaba a su hija de seis meses, hacía el amor con su esposa, era hincha del Independiente Medellín como su patrón, reía con amigos, era —dicen quienes lo conocieron— serio y alegre a la vez, cariñoso con su familia, un hombre que quería a los suyos con la misma intensidad con que asesinaba a los otros. Porque esa es la obscenidad del mal: que no se presenta con cuernos y cola sino con rostro humano, con afectos humanos, con esa capacidad de compartimentar que permite abrazar a un bebé por la mañana y ordenar una masacre por la tarde.
El día en que Colombia miraba hacia otra parte
Aquel jueves 14 de junio de 1990, mientras el país entero se aferraba a los televisores con la esperanza de que once hombres corriendo detrás de un balón les devolvieran algo parecido a la dignidad, mientras Colombia entera contenía el aliento ante cada jugada del partido contra Yugoslavia, mientras la ilusión —esa cosa frágil y terca— todavía parecía posible, Pinina estaba en su apartamento del barrio El Poblado sin saber que su empleada doméstica —casada con un miembro del bloque de búsqueda, tentada por cien millones de pesos de recompensa, transformada en Judas por necesidad o codicia o venganza o las tres cosas— ya había entregado su dirección.
La policía llegó como llega siempre: rodeando el edificio, cerrando salidas, tejiendo la red. Y cuando Pinina vio las patrullas supo lo que todos los que viven huyendo saben en algún momento: que el juego había terminado, que las cartas estaban marcadas, que la única salida era saltar o disparar o ambas cosas.
Saltó por la ventana del tercer piso —una caída de casi diez metros, una caída que en otra vida hubiera sido suicidio pero que en la suya era apenas un intento más de supervivencia— y se estrelló contra el suelo con un cráneo fracturado, un tobillo roto, el brazo derecho inservible. Pero la adrenalina —esa droga que el cuerpo fabrica cuando sabe que es esto o la muerte— lo mantuvo en movimiento. Arrastrándose, cojeando, sangrando por la cabeza, llegó hasta su vehículo solo para encontrar que el estacionamiento era un nido de uniformes.
Subió al primer piso como pudo, dejando un rastro de sangre que los policías seguían como perros de caza. Le dieron la voz de alto. Él respondió disparando porque los hombres como Pinina no saben rendirse, no entienden el concepto, llevan la guerra tatuada en los huesos. Y entonces se desató el tiroteo, ese diálogo de plomo que es la última conversación posible entre el Estado y sus monstruos.
Murió como había vivido: con una pistola en la mano y sin decir palabra. Tenía veintinueve años. Probablemente —según estimaciones de inteligencia que nunca son exactas pero que en este caso eran conservadoras— era el hombre que más asesinatos había ordenado en la historia reciente de Colombia. Una distinción macabra, un récord que nadie debería ambicionar pero que en la lógica del narcotráfico era motivo de orgullo.
La respuesta en forma de trueno
Doce horas después —el tiempo justo para que la noticia se regara por las comunas, para que los lugartenientes de Escobar decidieran cómo vengar al caído, para que la rabia se organizara en dinamita— una camioneta Chevrolet Luv con ochenta kilos de explosivos estalló en el mismo barrio El Poblado, en el exacto momento en que una patrulla se disponía a inspeccionarla.
Cuatro muertos, noventa heridos, mil millones de pesos en daños materiales. La respuesta fue matemática, fue bíblica: ojo por ojo, bomba por muerte, terror por terror. Y Escobar ordenó además que se intensificara la cacería de uniformados, que cada policía en Medellín sintiera que su vida no valía un peso, que caminar con placa era caminar con diana.
La guerra continuó. Continuaría hasta que Pablo mismo cayera, treinta meses después, en un tejado de Medellín, acribillado como había acribillado a tantos. Pero esa es otra historia, otro capítulo en la interminable saga de un país que aprendió a convivir con la muerte como quien convive con la lluvia.
Epílogo de una voz que calló
El general Miguel Maza Márquez, director del DAS, declaró que la muerte de Pinina tenía tanta importancia como si hubieran capturado al mismo Escobar. Estaba exagerando, claro, porque Pinina era solo una pieza —importante, sí, pero pieza al fin— en un tablero de ajedrez donde las piezas se reponían con la facilidad con que se reponen los muertos en América Latina: siempre hay otro pobre esperando su turno, siempre hay otro muchacho dispuesto a cambiar futuro por presente, vida larga por vida intensa, vejez por gloria prematura.
Lo que nadie dijo en las declaraciones oficiales, lo que no apareció en los periódicos ni en los partes de victoria, es que Pinina —ese hombre de voz chillona que por eso casi nunca hablaba, ese muchacho de metro sesenta y cuatro que compensaba estatura con atrocidad, ese padre cariñoso que besaba a su hija antes de ordenar masacres— era también un síntoma, un producto, una consecuencia.
Que Colombia lo había fabricado con la misma eficiencia con que fabrica café o flores o cocaína. Que lo había criado en barrios donde el futuro era un concepto abstracto y la muerte una certeza concreta. Que le había ofrecido como únicas opciones la miseria perpetua o el sicariato remunerado. Y que cuando finalmente lo mató —porque el Estado siempre termina matando a sus propios monstruos— ya estaban creciendo otros cien Pininas en otras cien comunas, aprendiendo a disparar, aprendiendo a no sentir, aprendiendo que la vida es breve pero el miedo que se inspira puede durar décadas.
Y dicen los viejos de Medellín, los que sobrevivieron a aquellos años de plomo y todavía recuerdan, que a veces en las noches de junio —cuando el aire huele a pólvora antigua y a sueños rotos— se puede escuchar una voz chillona, una voz de niña, que pregunta por qué, por qué, por qué. Pero nadie responde porque no hay respuesta, porque en Colombia las preguntas se quedan flotando en el aire como el humo después de la explosión, espesas y tóxicas, sin encontrar nunca su destino.
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