23. El Reino de los Hipopótamos y el Humo

 

Capitulo 23
El Reino de los Hipopótamos y el Humo

Fue en aquellos años cuando la cocaína perfumaba el aire de Medellín como el incienso en las iglesias, y los billetes caían del cielo igual que las hojas de octubre, que un hombre llamado Pablo Emilio Escobar Gaviria —a quien los campesinos llamaban El Patrón y los niños San Pablo de los Pobres— construyó su imperio sobre una montaña de polvo blanco que valía más que todas las cosechas de café de la historia patria, mientras los gringos del norte se drogaban con el veneno que él les vendía y los políticos de Bogotá fingían no ver las avionetas que surcaban la noche como murciélagos cargados de muerte.

Dicen los que lo conocieron —y todavía viven para contarlo, que no son muchos— que Escobar nunca bebió aguardiente ni ron, porque desconfiaba de todo aquello que le hiciera perder el control de su lengua, aunque cada madrugada, cuando el reloj marcaba las tres en punto con una precisión que espantaba a sus guardaespaldas, encendía un cigarrillo de marihuana que fumaba con la solemnidad de un sacerdote consumiendo la hostia, y que por una cábala que nadie comprendía pero todos respetaban, jamás traficó con esa hierba sagrada que él consideraba medicina de dioses pobres y no mercancía de narcotraficantes.

Los Mitos que Nacen de la Sangre

El periodista Germán Castro Caycedo —cronista de las violencias colombianas, contador de historias que nadie más se atrevía a contar— se reunió ocho veces con el capo en lugares que cambiaban cada vez: una finca en Puerto Triunfo, un apartamento en El Poblado, una casa de seguridad cuyas ventanas daban a un precipicio donde los traidores desaparecían sin dejar huella. Nunca grabó las conversaciones porque Escobar odiaba las máquinas que guardan voces, y el periodista tuvo que confiar en su memoria, esa memoria que es siempre medio recuerdo y medio invención, para rescatar del olvido las palabras de un hombre que construyó su leyenda con plomo y coca, con caridad y masacres, con hipopótamos y sangre.

De esos encuentros surgieron verdades que desmontaban mitos, porque la realidad del narcotráfico era más absurda que cualquier fábula:

Nunca existió la oferta de pagar la deuda externa. Los periódicos lo publicaron como si fuera cierto, los noticieros lo repitieron hasta el cansancio, el país entero lo creyó, pero fue tan solo un rumor magnificado hasta convertirse en leyenda. Lo que sí ocurrió —y esto quedó registrado en memorandos oficiales que todavía duermen en algún archivo polvoriento del Palacio de Nariño— fue que los capos del Cartel de Medellín propusieron al presidente Belisario Betancur y a la maldita DEA entregar sus laboratorios, sus pistas clandestinas, sus rutas secretas, sus contactos en Miami y Los Ángeles, a cambio de que no los extraditaran a las cárceles gringas donde los narcos colombianos morían de frío y nostalgia. Querían retirarse como empresarios que cierran un negocio, no como criminales perseguidos hasta el fin del mundo.

Gabriel García Márquez jamás se sentó frente a frente con Pablo Escobar. Aunque se dijo que El Maestro —así lo llamaba el capo con una reverencia que reservaba solo para su madre y para el autor de Cien Años de Soledad— había viajado secretamente a Medellín para negociar la paz después del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, la verdad es que los acercamientos se hicieron siempre a través de mensajeros que iban y venían entre Cartagena y las montañas antioqueñas como palomas mensajeras cargadas de propuestas imposibles. Escobar respetaba a García Márquez con la misma devoción con que los campesinos respetan a los santos, y nunca se habría atrevido a citarlo en persona, porque sabía que un escritor de esa talla no podía mancharse las manos estrechando la suya, que estaba sucia de cocaína y pólvora.

El complejo cocalero de Tranquilandia —aquella ciudad de laboratorios oculta en la selva del Caquetá, donde se procesaban toneladas de coca mientras los monos aulladores y los guacamayos miraban desde los árboles— produjo en apenas ocho meses más utilidades que la compañía Coltejer en sus primeros veintidós años de tejer telas. Los asesores económicos del cartel, contadores meticulosos que llevaban libros de doble contabilidad con la precisión de jesuitas administrando el reino de Dios, hicieron los cálculos y quedaron atónitos: el negocio de la coca era más rentable que todas las industrias legales de Colombia juntas, y eso que Coltejer había sido durante décadas el orgullo manufacturero de Antioquia, el símbolo del progreso paisa, la prueba de que los paisas sí sabían hacer plata sin necesidad de traficar.

Las Reliquias del Imperio

En la entrada de Hacienda Nápoles —ese paraíso tropical donde los hipopótamos se reproducían como conejos y las jirafas pastaban junto a las vacas— había una avioneta Piper que Escobar exhibía como si fuera una escultura de Botero. Los visitantes creían que era la primera aeronave del capo, el avión fundacional de su imperio, pero los pilotos que trabajaron para él sabían la verdad: aquella avioneta era un reemplazo, una farsa, una mentira piadosa. La verdadera primera avioneta bimotor se había hundido en el mar Caribe con setenta y cinco kilos de cocaína que se disolvieron en el agua salada como si fueran azúcar, y Escobar, furioso por la pérdida pero pragmático como siempre, compró otra idéntica y le inscribió la misma matrícula, porque para él la verdad era menos importante que la coherencia del mito.

Lo mismo ocurrió con el Ford negro de mil novecientos treinta y ocho que descansaba en el garaje de Nápoles acribillado a balazos, y del cual se decía que había pertenecido a Al Capone, el gánster de Chicago que Escobar admiraba con fervor de devoto. Pero aquel automóvil no era el de Capone —que había desaparecido décadas atrás en algún depósito de chatarra norteamericano— sino un Ford similar que el capo compró y él mismo tiroteo con una ametralladora para que pareciera auténtico, porque Pablo Escobar entendía mejor que nadie que las leyendas se construyen con mentiras bien contadas, y que un falso Ford de Capone era más valioso que cualquier automóvil verdadero sin historia.

Cuando importó los animales que poblarían su arca de Noé tropical, Escobar cometió un error de principiante: compró un solo hipopótamo macho y se olvidó de la hembra. Una semana después, al darse cuenta de la falta, tuvo que hacer una segunda compra vergonzosa del mamífero faltante para que la pareja pudiera reproducirse y llenar los lagos artificiales de Nápoles con crías de hipopótamos que todavía hoy, treinta años después de la muerte del capo, siguen multiplicándose en los ríos de Puerto Triunfo, espantando a los pescadores y asombrando a los biólogos que no saben cómo deshacerse de ellos.

También es verdad —y esto lo vio con sus propios ojos un veterinario que trabajó en el zoológico de Medellín— que cuando las autoridades le decomisaron cuatro cebras africanas que había traído de contrabando, Escobar mandó capturar cuatro burros, los pintó con rayas negras y blancas, y los intercambió por las cebras confiscadas que terminaron pastando en el zoológico oficial mientras los burros disfrazados engañaban a los visitantes de Nápoles, porque el capo tenía un sentido del humor tan negro como su negocio.

Las Casas de la Memoria

Cuentan las comadres de Envigado —esas señoras que se sientan en las puertas a ver pasar la vida y comentar las desgracias ajenas— que Escobar compró el edificio Mónaco y la torre de Coltejer para cumplir una promesa que de niño le había hecho a su madre, Hermilda Gaviria, mujer devota y ambiciosa que soñaba con ver a su hijo convertido en hombre importante. Pero eso nunca se pudo confirmar, y quizá era solo otro mito, otra leyenda urbana de las muchas que rodearon al capo como moscas alrededor de un cadáver.

Lo que sí es cierto —porque hay testigos vivos y documentos que lo prueban— es que Escobar compró la casa de Envigado donde había vivido su infancia pobre, cuando todavía no era El Patrón sino un muchacho flaco que robaba lápidas de cementerios para revenderlas a precio de ganga. La casa la regaló a una anciana con una sola condición: que la mantuviera exactamente igual, sin cambiar ni un clavo ni una baldosa, como un museo de la pobreza que él había dejado atrás pero no quería olvidar.

Lo mismo hizo con la motocicleta Lambretta gris y roja en la que él y su primo Gustavo Gaviria —ese socio fiel que moriría años después acribillado por la policía— comenzaron su carrera delictiva transportando cigarrillos de contrabando y marihuana en los baúles. La moto permaneció como una reliquia sagrada en los sótanos del edificio Mónaco, protegida con el mismo celo con que los museos guardan las armaduras de los conquistadores, hasta que el gobierno la confiscó junto con todos los bienes del narco y la llevó a un depósito donde se oxida lentamente, acompañada de yates, helicópteros, cuadros de Picasso y Dalí, autos blindados y joyas que nunca más brillarán en el cuello de ninguna reina de belleza.

El Refugio de los Proscritos

En algún momento de los años ochenta, cuando la guerra entre carteles convertía a Colombia en un cementerio al aire libre y los sicarios mataban por encargo con la frialdad de contadores sumando facturas, Escobar escondió en Hacienda Nápoles a Carlos Lehder Rivas, ese gringo-alemán rubio de ojos azules que fundó el Cartel de Medellín junto a Pablo y que terminó vestido como un guerrillero de película, con fusil AK-47, cuchillo de monte, binoculares militares, pañoleta roja en la cabeza y viviendo en una choza de paja con una india que lo cuidaba como si fuera un niño enfermo.

Castro Caycedo lo vio así en uno de sus últimos encuentros: un Lehder pobre, paranoico, enloquecido por la persecución, que dormía con las botas puestas y despertaba cada hora creyendo que los helicópteros de la DEA venían a capturarlo. Y así fue, porque meses después lo atraparon, lo extraditaron, y hoy sigue pudriendo en una cárcel gringa donde ya nadie se acuerda de que alguna vez fue el rey de las islas Norman's Cay, donde aterrizaban aviones cargados de coca como si fueran turistas llegando de vacaciones.

Los Rituales del Insomnio

Durante las ocho veces que se reunieron —en fincas, apartamentos, casas de seguridad, siempre en lugares distintos porque Escobar no dormía dos noches seguidas en el mismo sitio—, el periodista nunca lo vio tomando aguardiente, ni whisky, ni ron, ni siquiera una cerveza común y corriente. Su bebida favorita era una cerveza importada sin alcohol que tomaba con la solemnidad de quien cumple un voto religioso. Pero cada madrugada, cuando el reloj de pared marcaba las tres en punto —esa hora maldita en que los fantasmas salen a pasear y los insomnes miran el techo esperando que amanezca—, Pablo Escobar Gaviria encendía un cigarrillo de marihuana que fumaba lentamente, saboreando cada calada como si fuera la última, y que por una superstición que nunca explicó a nadie, jamás traficó ni vendió, porque consideraba que esa hierba era sagrada y no podía mezclarse con el negocio sucio de la cocaína.

Las Extravaganancias del Rey

El imperio de Escobar estaba hecho de contradicciones, de lujos obscenos y generosidades inesperadas, de crueldad refinada y ternura brutal:

Una noche de diciembre, huyendo de la policía por las montañas de Antioquia con su hija Manuela temblando de frío, quemó dos millones de dólares en efectivo para hacer una fogata que la mantuviera caliente hasta el amanecer, porque para él la vida de su niña valía más que todos los billetes del mundo, y el dinero solo servía para algo si podía usarse para proteger a los que amaba.

En los garajes de sus propiedades guardaba colecciones de automóviles de lujo —Ferrari, Porsche, Mercedes Benz, Rolls-Royce— que nunca manejaba porque no sabía conducir bien, y motocicletas de carreras que mandaba exhibir como si fueran esculturas, porque para Escobar la riqueza no era para disfrutarse sino para exhibirse, para demostrar a los ricos de Bogotá que él, el hijo de un campesino y una maestra de escuela, tenía más plata que todos ellos juntos.

Su zoológico privado de Nápoles —ese delirio tropical de animales africanos pastando bajo el sol colombiano— incluía hipopótamos que se bañaban en lagos artificiales, jirafas que comían las hojas de los árboles de mango, elefantes que barritan asustando a los campesinos vecinos, canguros que saltaban entre las vacas, y flamencos rosados que volaban sobre los estanques como nubes de algodón de azúcar.

Para contrabandear la cocaína usaba métodos que iban de lo ingenioso a lo demencial: neumáticos de avión rellenos de polvo blanco, estatuas religiosas huecas, ataúdes con doble fondo, latas de atún, tambores de aceite, condones tragados por mulas humanas que vomitaban la droga al llegar a Miami, y submarinos artesanales que se hundían en el Caribe sin dejar rastro.

A pesar de su vida criminal —de las bombas, los secuestros, los asesinatos, la guerra que declaró contra el Estado colombiano—, muchos en Medellín y en los barrios pobres de Colombia todavía lo recuerdan con una mezcla extraña de miedo y admiración, porque Escobar construyó canchas de fútbol, repartió comida en Navidad, pagó operaciones médicas, edificó casas para los desplazados, y se comportaba como un Robin Hood tropical que robaba a los gringos drogadictos para darles a los pobres colombianos que no tenían ni para comer.

Las Palabras del Rey

Pablo Escobar fue un hombre de pocas palabras pero contundentes, y las frases que pronunció se convirtieron en sentencias que todavía se repiten en las cantinas de Medellín y en los barrios donde su fantasma sigue vivo:

«A mí me tienen que matar de bala y no de miedo... de treinta balazos en el semáforo, como tiene que morir un mafioso» —dijo una vez, profetizando su propio final, porque sabía que no moriría viejo en una cama de hospital sino joven y acribillado en algún tejado de Medellín, tal como ocurrió el dos de diciembre de mil novecientos noventa y tres, cuando la policía lo cazó como a un perro rabioso.

«No tiene sentido seguir haciendo más ricos a los ricos» —repetía cada vez que alguien le preguntaba por qué repartía su dinero entre los pobres, aunque la verdad era que lo hacía por cálculo político y no por bondad, porque sabía que los pobres agradecidos son mejores guardaespaldas que cualquier ejército.

«La mente es como un paracaídas, no sirve de nada si no se abre» —reflexionó en una de sus conversaciones con Castro Caycedo, demostrando que detrás del narcotraficante había un hombre inteligente, astuto, filósofo a su manera.

«El azúcar mata, la sal mata, las motocicletas matan como un berraco, los automóviles matan, los aviones matan, el whisky mata, el cigarrillo mata, la marihuana mata, la cocaína mata... hay que legalizarla y se acaba un problema muy grande» —argumentaba cuando lo acusaban de ser responsable de la muerte de miles de drogadictos, porque para él la culpa no era de quien vendía sino de quien compraba y de los gobiernos hipócritas que prohibían las drogas mientras sus ciudadanos se drogaban hasta morir.

«No existe una empresa en Colombia que le saque más dólares a Estados Unidos que nosotros, los narcotraficantes» —presumía con orgullo patriótico perverso, porque en su mente retorcida él era un héroe que vengaba siglos de humillación gringa robándoles su plata a cambio de un polvo blanco que ellos inhalaban voluntariamente.

«Los americanos pueden hacer los muros que quieran, pero allá les llegará la cocaína» —profetizó décadas antes de que Trump construyera su muro fronterizo, porque Escobar sabía que mientras hubiera demanda en el norte y oferta en el sur, ninguna barrera detendría el tráfico.

«Te observan, te critican, te envidian y al final te imitan» —filosofaba sobre sus enemigos, que primero lo condenaron y después copiaron sus métodos.

«Para qué Bogotá, si Medellín lo tiene todo» —decía con el orgullo regionalista de los paisas que desprecian a los cachacos capitalinos, aunque al final fue en Medellín donde murió perseguido como una rata.

«Los narcos mexicanos no tienen bandera, sólo matan y matan y matan y no saben para dónde van» —criticaba a sus competidores del norte, aunque los mexicanos terminaron siendo más exitosos y más sanguinarios que él.

«Todo lo peligroso se convierte en plata» —resumía su filosofía empresarial, porque entendió antes que nadie que el riesgo es proporcional a la ganancia.

«Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos» —aconsejaba siguiendo la vieja sabiduría mafiosa, aunque al final fueron sus amigos los que lo traicionaron.

«El tiempo es su tiempo socio, usted verá cómo lo malgasta» —advertía a quienes le pedían plazos, porque para Escobar el tiempo era el único recurso que no se podía comprar con dinero.

«La vida hay que vivirla irresponsablemente, pero con responsabilidad» —paradoja que definía su existencia: vivió al límite pero siempre calculando cada movimiento.

«Las drogas han matado más gente que las FARC» —comparación macabra pero cierta, porque la coca mató a más colombianos que todas las guerrillas juntas.

«Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y cómo las hago yo» —alardeaba de su originalidad criminal, porque inventó métodos de tráfico que todavía se usan hoy.

«Del gran homicidio que me arrepiento en la vida es de las mujeres que matamos y del doctor Luis Carlos Galán» —confesó en uno de sus momentos de lucidez moral, aunque nunca hizo nada para reparar esos crímenes.

«Donald Trump es un perro miserable, es un maldito lleno de dinero, lleno de odio» —profetizó sobre el magnate neoyorquino que años después sería presidente, porque Escobar reconocía en Trump a otro criminal con corbata.

«Si le vas a hacer una cirugía a tu mujer para verla más bella, primero hazte una cirugía en el corazón para tratarla mejor» —aconsejaba con una ternura inesperada, porque a pesar de ser un asesino, amaba a su esposa María Victoria con devoción de adolescente enamorado.

«Al perro que tiene dinero, se le dice, Señor Perro» —ironizaba sobre cómo el dinero compra respeto incluso para los miserables.

«Medellín es una ciudad muy bonita, pero construida sobre un cementerio, esto está lleno de muertos, fue una orgía de sangre» —lamentaba al final de su vida, reconociendo que él fue uno de los principales arquitectos de esa masacre colectiva.

El Final que se Anunció desde el Principio

Pablo Emilio Escobar Gaviria murió como había predicho: acribillado a balazos en un tejado de Medellín, perseguido por la policía, los paramilitares, la DEA, el Cartel de Cali, y todos los fantasmas de sus víctimas que lo esperaban al otro lado. Murió el dos de diciembre de mil novecientos noventa y tres, a los cuarenta y cuatro años, con el cuerpo lleno de plomo y la leyenda asegurada para siempre.

Sus hipopótamos siguen reproduciéndose en los ríos de Puerto Triunfo, multiplicándose como una maldición tropical que nadie sabe cómo detener. La Hacienda Nápoles es hoy un parque temático donde los turistas se toman fotos junto a la avioneta falsa y el Ford trucado. Los barrios que construyó llevan su nombre como si fuera un santo. Los pobres que lo amaron siguen encendiendo velas en su tumba. Los ricos que lo odiaron respiran aliviados pero en secreto lo admiran.

Y Colombia, ese país construido sobre un cementerio de muertos por la coca, sigue sin saber si Pablo Escobar fue un héroe, un villano, o simplemente un espejo deforme donde la nación se mira y ve reflejada su propia locura.

Porque al final, como escribiría García Márquez si alguna vez hubiera escrito la novela que nunca escribió sobre el capo, Escobar fue apenas un hombre que quiso ser Dios y terminó siendo demonio, que construyó su paraíso con los ladrillos del infierno, que amó y mató con la misma facilidad, y que dejó como herencia un país lleno de hipopótamos huérfanos, leyendas contradictorias, y una pregunta que nadie se atreve a responder: ¿Qué habríamos hecho nosotros en su lugar, si hubiéramos nacido pobres en Envigado y hubiéramos descubierto que la cocaína valía más que el oro y que la vida humana no valía nada?

Los viejos de Medellín cuentan que algunas noches, cuando sopla el viento desde las montañas, todavía se puede oler el humo de aquel cigarrillo de marihuana que Escobar fumaba religiosamente a las tres de la madrugada, y que en los lagos de Nápoles los hipopótamos braman como si estuvieran llorando la muerte de su amo, ese rey loco que los trajo desde África para que adornaran su reino de coca y sangre, y que murió sin saber que sus animales lo sobrevivirían por siglos, multiplicándose en ríos que nunca fueron suyos, en un país que nunca logró olvidarlo.

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