22. Crónica del hombre que convirtió la química en profecía
Capitulo 22
Crónica del hombre que convirtió la química en profecía
Fue en aquella madrugada de marzo, cuando las rosas del cementerio de Cali amanecieron negras y los perros dejaron de ladrar en todo el Valle, que Don Chepe —así le decían al que fuera ingeniero químico con maestría y diploma enmarcado en caoba, pero también alquimista de polvos que prometían paraísos y entregaban infiernos— dejó de respirar en una carretera llamada La Cola del Zorro, donde durante años los cadáveres habían caído como frutos podridos de un árbol maldito.
Cuentan los viejos del barrio que José Santacruz Londoño nació en 1943 con una marca de fuego en la frente que sólo su madre podía ver, señal inequívoca de que ese niño estaba destinado a transformar el mundo mediante ecuaciones que ningún profesor podría haber previsto. Creció junto a los hermanos Rodríguez Orejuela —Gilberto y Miguel—, tres muchachos que jugaban canicas en las calles empedradas de Cali mientras el río Cauca arrastraba en sus aguas turbias los secretos de viejas guerras civiles que nunca terminaban de acabarse.
Cuando todavía era un joven que resolvía integrales y memorizaba la tabla periódica con la devoción de quien aprende oraciones, Chepe ya sabía que los elementos —carbono, hidrógeno, nitrógeno— podían combinarse no sólo para curar sino también para condenar. En los laboratorios de la universidad aprendió a sintetizar compuestos mientras afuera, en las montañas que rodeaban la ciudad como viejas matronas vigilantes, los campesinos cultivaban una planta de hojas verdes que los indígenas masticaban desde tiempos inmemoriales para soportar el hambre y la altura.
Fue a mediados de los años setenta, cuando el país entero parecía estar despertando de una siesta colonial que había durado siglos, que los tres amigos de infancia fundaron lo que todos llamarían el cartel, aunque ellos preferían pensarse como empresarios visionarios, pioneros de una industria que movía más dólares que todas las cosechas de café de la historia patria sumadas. Santacruz se convirtió en el maestro de ceremonias de los procesos químicos: mientras otros se ocupaban de rutas y sobornos, él diseñaba las recetas que convertían la pasta base en polvo inmaculado, blanco como la nieve que jamás caía en Colombia pero que ellos exportaban al mundo entero.
Los años ochenta lo encontraron cruzando fronteras con documentos falsos, metamorfoseado en Víctor Crespo, un fantasma que vivía en Nueva York —aquella ciudad donde los rascacielos tocaban el cielo y nadie preguntaba de dónde venía el dinero que hacía girar la gran rueda de la ambición— y que desde allí coordinaba una red de laboratorios clandestinos donde la química se casaba con el crimen en ceremonias silenciosas oficiadas a medianoche. Era, como quien dice, un ingeniero exportado, un cerebro colombiano al servicio del sueño americano invertido: en lugar de construir puentes o curar enfermedades, fabricaba el olvido embotellado en gramos.
Pero toda sinfonía tiene su desafinación, toda ecuación su variable impredecible. En junio de 1995, después de que una explosión en uno de sus laboratorios iluminara la noche como un relámpago tardío, un periodista llamado Manuel de Dios —hombre obstinado que creía que las palabras podían derrotar imperios— publicó la verdadera identidad de Víctor Crespo. Esa revelación costó la vida del periodista, asesinado por órdenes que nadie pudo probar pero todos sospecharon, y obligó a Santacruz y su esposa Amparo a huir de regreso a Colombia, donde el aire olía a café y a miedo mezclados.
Ya en la tierra que lo vio nacer, Chepe y su socio Hélmer Herrera —a quien apodaban Pacho, hombre de mirada fría y manos que jamás temblaban— se lanzaron a una guerra contra el cartel del Norte del Valle, enemigos que disputaban el control del puerto de Buenaventura, aquel pueblo costero donde el océano Pacífico lamía los muelles y los contenedores guardaban secretos que las autoridades aduaneras fingían no ver.
Llegó septiembre de 1995 y con él la captura: Santacruz cenaba tranquilo en un restaurante cuando el Bloque de Búsqueda —ese ejército de policías que se había convertido en leyenda después de tumbar a Pablo Escobar— lo rodeó como cazadores que acorralan a un jaguar viejo. Lo llevaron a La Picota, cárcel de muros grises donde los presos poderosos vivían con televisores y teléfonos mientras afuera el país se preguntaba si la justicia era ciega o simplemente tuerta.
Pero Don Chepe no era hombre de resignaciones. El once de enero de 1996, en una de esas noches en que Bogotá amanece envuelta en niebla como si la ciudad misma quisiera esconder sus vergüenzas, se fugó de prisión en una operación que olía a complicidad y a billetes contados en habitaciones oscuras. Los hermanos Vélez —Armando y Jairo, testaferros leales como perros adiestrados— habían organizado cada detalle de la evasión con la precisión de quienes saben que un error significa la muerte.
Durante siete semanas Santacruz fue un rumor, una sombra que se desplazaba por el país mientras el general Rosso José Serrano —director de la Policía y hombre de mandíbula cuadrada que hablaba poco y ordenaba mucho— movilizaba a cientos de agentes en una cacería que se volvía obsesión nacional. Las autoridades creían tenerlo ubicado en Bogotá, pero el zorro viejo había elegido esconderse en Medellín, territorio enemigo, ciudad que años atrás lo había declarado archienemigo cuando Pablo Escobar aún respiraba y convertía las calles paisas en ríos de sangre.
Fue una ironía amarga, de esas que la historia colombiana colecciona como postales macabras: Santacruz buscó refugio en la guarida del león muerto, quizás pensando que nadie lo buscaría donde menos lo esperaban, o quizás porque había sellado alguna alianza oscura con los herederos del cartel de Medellín. Cuentan que incluso hubo conversaciones con las Autodefensas Unidas de Colombia —esos ejércitos privados que se hacían llamar patriotas mientras degollaban campesinos—, grupos paramilitares de derecha que olfateaban el dinero del narcotráfico como buitres que detectan carroña a kilómetros de distancia.
Los hermanos Castaño, comandantes de esas autodefensas que se vestían de militar sin serlo, esperaban contribuciones millonarias de Chepe para su causa, pero el capo fugitivo no cumplió las expectativas o quizás intentó negociar desde una posición de poder que ya no tenía. En la jerarquía del crimen, como en la de la guerra, quien pierde el respeto pierde la vida.
La noche del cinco de marzo de 1996, en un rincón de Medellín conocido como La Cola del Zorro —curva de la muerte donde tantos cadáveres habían sido arrojados durante los años del terror que la tierra misma parecía haber aprendido a tragar cuerpos sin hacer preguntas—, José Santacruz Londoño fue interceptado. La versión oficial habló de enfrentamiento, de tiros cruzados, de un capo que intentó huir y disparó su pistola Pietro Beretta en siete ocasiones antes de caer acribillado por las balas de la Policía.
Pero las dudas brotaron como hongos después de la lluvia: ¿por qué un hombre que supuestamente huía recibió los disparos de frente?, ¿cómo explicar el golpe en la ceja que su cadáver exhibía como un estigma?, ¿era cierto que el proveedor de su arma seguía lleno de balas, contradiciendo la historia del tiroteo? Su abogado, Guillermo Villa Alzate —ex procurador que había cambiado la toga del Estado por la defensa de capos—, gritó a los cuatro vientos que aquello no había sido captura sino ejecución, crimen de Estado disfrazado de operativo heroico.
En Bogotá, mientras el país amanecía con la noticia, el presidente Ernesto Samper —hombre que cargaba sobre los hombros el escándalo de los narcocasetes y la descertificación de Estados Unidos, que lo señalaba como presidente financiado por el narcotráfico— recibió la llamada del general Serrano a las once y media de la noche. Se cuenta que estaba en pijama, entre las cobijas de la casa presidencial, cuando supo que habían dado de baja al tercer hombre del cartel. Una hora después, Serrano y sus generales llegaron a la casa privada y brindaron con whisky importado por el triunfo, mientras afuera las sirenas de las patrullas seguían aullando en la noche bogotana como perros que presienten desgracias.
Fue Nicolás Escobar Urquijo —sobrino del mismísimo Pablo Escobar, hijo de Roberto Escobar, heredero de un apellido que en Colombia sonaba a pólvora y a billetes manchados de sangre— quien reclamó el cadáver de Santacruz en Medellín y lo llevó en un vuelo charter a Cali. Esta alianza entre enemigos históricos confirmó lo que muchos sospechaban: que en el mundo del narcotráfico las lealtades son líquidas, que los pactos se hacen y se deshacen con la velocidad de la muerte, y que tal vez habían sido precisamente los viejos enemigos quienes delataron a Chepe para cobrarse antiguas afrentas.
El velorio se realizó en la funeraria La Ermita, en el sur de Cali, mientras decenas de curiosos esperaban afuera como si se tratara del funeral de un santo popular. Paradójicamente, ese lugar había sido décadas atrás la residencia de la familia del estudiante suizo Werner José Estreassler, supuestamente secuestrado por un grupo ligado al mismo cartel de Cali. Era como si la ciudad entera fuera un palimpsesto donde las historias se escribían unas sobre otras, donde las casas guardaban memorias de crímenes que se repetían en espiral, donde cada generación enterraba a sus muertos sobre las tumbas de los muertos anteriores.
Su viuda Amparo y sus hijas declararon que aquello había sido una ejecución, no un enfrentamiento, y exigieron una segunda necropsia que la Fiscalía negó con la misma rapidez con que se olvidan en Colombia las promesas de justicia. Las fotografías del cadáver mostraban un cuerpo con orificios de bala en la espalda y el frente, un rostro golpeado, evidencias contradictorias que alimentaron teorías conspirativas durante años.
Dicen los que saben de estas cosas —esos viejos que se sientan en las esquinas de Cali a recordar cuando la ciudad era apenas un pueblo grande y el narcotráfico todavía no había convertido el Valle en un cementerio perfumado de rosas y cocaína— que la muerte de Santacruz no fue sino el final anunciado de un hombre que quiso ser ingeniero pero terminó siendo alquimista, que soñó con construir y acabó destruyendo, que pudo usar su maestría en química para salvar vidas y la empleó para arruinarlas.
Durante sus siete semanas de fuga, las autoridades confirmaron que Chepe había asesinado o mandado asesinar a veintisiete personas que alguna vez trabajaron para él y que ahora podían atestiguar en su contra. Era la lógica del crimen: borrar testigos como quien borra ecuaciones en una pizarra, eliminar cabos sueltos con la eficiencia de un científico que limpia su laboratorio. También se supo que había contactado al grupo subversivo Batamán Cayón para ofrecerles trescientos millones de pesos a cambio de que exigieran, en sus acuerdos de desmovilización, la caída de la justicia sin rostro, ese sistema de jueces anónimos que había sido creado para juzgar a los capos sin que sus familias fueran asesinadas.
Más grave aún: las investigaciones revelaron que Santacruz había ordenado a bandas de sicarios planear los asesinatos del general Serrano y del fiscal Alfonso Valdivieso, hombres que encabezaban la lucha contra el cartel. Era la guerra total, el último recurso del animal acorralado que muerde porque ya no tiene nada que perder.
En los días posteriores a su muerte, mientras Cali enterraba a su hijo pródigo y Medellín se preguntaba qué alianzas oscuras habían permitido que el enemigo viviera y muriera en su territorio, el país entero reflexionaba sobre un fenómeno que parecía no tener fin: el narcotráfico como espejo deformado del capitalismo, la química convertida en maldición, los cerebros brillantes puestos al servicio de emporios criminales.
Don Chepe, el hombre que estudió para crear y acabó destruyendo, el ingeniero que dominaba fórmulas pero no pudo calcular la ecuación de su propia muerte, fue enterrado un jueves por la tarde mientras las campanas de las iglesias de Cali repicaban como si lloraran por todos los muertos que ese polvo blanco había dejado en las calles de Nueva York, Los Ángeles, Miami y cien ciudades más.
Las rosas del cementerio, que habían amanecido negras el día de su muerte, volvieron a ser rojas al día siguiente, pero los viejos del barrio juraban que algo había cambiado para siempre, que el aire olía diferente, que los perros aullaban con un tono distinto. Porque en Colombia —tierra de realidades que superan cualquier ficción, país donde la historia se escribe con sangre y se lee como fábula— la muerte de un capo nunca es simplemente la muerte de un hombre: es el cierre de un capítulo en un libro que nunca termina de escribirse, un paréntesis en una guerra que se reinventa con cada generación, una pausa en la música de violencia que acompaña a esta nación desde que el primer conquistador puso pie en estas tierras y descubrió que el oro no estaba sólo en las montañas sino también en los polvos que crecían en las laderas.
Y mientras el país seguía girando sobre su eje de contradicciones, mientras nuevos capos ocupaban los tronos vacíos y nuevos ingenieros químicos decidían si usarían sus conocimientos para curar o para condenar, el fantasma de José Santacruz Londoño vagaba por las calles de Cali, por los laboratorios clandestinos de Nueva York, por la carretera maldita de Medellín donde había caído como caen todos los que creen que pueden burlar a la muerte negociando con ella, sin entender que la muerte es la única socia comercial que jamás respeta contratos ni acepta sobornos.
Dicen que en las noches de marzo, cuando la luna llena ilumina La Cola del Zorro, puede verse la sombra de un hombre con bata de laboratorio que camina hacia ninguna parte, condenado a repetir eternamente el último experimento que no pudo completar: la fórmula imposible de convertir el crimen en redención, el polvo blanco en polvo de estrellas, la muerte en algo que no fuera simplemente el fin brutal de una ecuación mal resuelta.
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