21. La Alianza de los Perseguidos

 

Capítulo 21

La Alianza de los Perseguidos

Era el tiempo en que los muertos no terminaban de morirse en Medellín, cuando las viudas aún no acababan de contar a sus difuntos y los sicarios cobraban por adelantado el precio de cadáveres que todavía respiraban, que Fidel Castaño —aquel hombre de ojos de hielo y manos manchadas hasta los codos— supo que había llegado la hora de hacer del enemigo un aliado y del aliado un verdugo. Porque así funciona el negocio de la venganza en estas tierras donde la traición tiene más hijos que la lealtad, donde los pactos se sellan con sangre ajena y las alianzas duran lo que tarda un hombre en caer desde un tejado con tres balazos en el pecho.

Dicen los que sobrevivieron a aquellos días —y son pocos, tan pocos que cabrían en un confesionario— que Los Pepes nacieron una madrugada de septiembre de 1992, cuando el sol salió negro sobre las montañas de Antioquia y las calles amanecieron regadas de panfletos que anunciaban lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir: que Pablo Emilio Escobar Gaviria, el hombre que había hecho temblar a presidentes y arrodillarse a jueces, había firmado su propia sentencia de muerte el día que ordenó matar a Gerardo Moncada —apodado Kiko— y a Fernando Galeano —conocido como El Negro— dentro de los muros perfumados de La Catedral, aquella cárcel de lujo que era más palacio que presidio, más burdel que celda, donde el capo seguía manejando su imperio de coca y plomo como si las rejas fueran decorado de teatro y los guardias extras de una película sobre su propia grandeza.

Pero la historia de esa matanza comenzó antes, mucho antes, en una casa del barrio San Pío de Itagüí, donde un señor de edad cuidaba veintitrés millones de dólares que no eran suyos. El viejo vivía con una sobrina joven —una muchacha de ojos grandes y sueños pequeños que no sabía que el amor la convertiría en Judas— y su trabajo consistía en algo tan absurdo como poético: sacar los billetes de vez en cuando a asolearse, extenderlos como ropa recién lavada bajo el sol de Antioquia para evitar que la humedad los pudriera. Porque así es el narcotráfico en Colombia: el dinero se pudre mientras la gente se muere de hambre, y hay que ponerlo a secar como si fuera maíz o café.

La sobrina, sin que el viejo se diera cuenta, comenzó a sacar algunos billetes. No muchos al principio —apenas lo suficiente para comprarse un vestido nuevo, unos zapatos, un perfume que oliera a futuro—. Y fue así como su novio, un sicario de Pablo que tenía cara de niño y manos de verdugo, comenzó a preguntarse de dónde sacaba ella esos dólares que en el barrio San Pío brillaban más que las estrellas. La muchacha, enamorada y estúpida como solo se puede ser a los veinte años, le contó la verdad: que su tío cuidaba una caleta, que había millones guardados, que los billetes se ponían a secar al sol como si fueran sábanas.

El sicario escuchó con esa atención de serpiente que tienen los hombres que viven de la muerte, y al día siguiente fue a llevarle el cuento a Pablo. Y Pablo —que ya no tenía barcos ni aviones, que veía cómo su imperio se desmoronaba mientras él jugaba fútbol en La Catedral con presos que fingían ser sus amigos— mandó a robar la caleta. Ordenó que El Chopo, uno de sus hombres de mayor confianza, se encargara del asunto. Y El Chopo robó los veintitrés millones como quien roba mangos de un árbol ajeno, sin importarle que ese dinero pertenecía a Galeano y Moncada, sin calcular que cada dólar robado era una bala que tarde o temprano regresaría a buscar a su dueño.

Porque el dinero en el narcotráfico no es solo dinero: es pacto, es respeto, es la diferencia entre socio y enemigo. Y cuando Kiko Moncada y El Negro Galeano se enteraron del robo, supieron que Pablo los había marcado. Pero aún creían —pobres diablos— que podían subir a La Catedral a reclamar lo suyo, confiados todavía en que la palabra entre capos significaba algo, creyentes en ese código de honor que ya estaba tan muerto como los cadáveres que se apilaban en las morgues de Antioquia.

Subieron a demandar la entrega de sus veintitrés millones. Debieron imaginarse que era mala idea, pero la codicia ciega tanto como el amor y más que el miedo. Pablo los recibió con esa sonrisa suya que era mitad abrazo y mitad cuchillo. Los acusó de estar robando al Cártel, de no aportar lo suficiente para mantener la guerra que en especial sostenía contra el Cártel de Cali, de ser traidores disfrazados de socios. Y antes de que Kiko o El Negro pudieran siquiera defenderse, fueron encañonados por los mismos hombres con los que habían trabajado durante años.

Lo que pasó después es historia que se cuenta en susurros, porque hay muertes que ensucian hasta al que las narra: los torturaron con una creatividad que hubiera hecho sonrojar al mismísimo diablo, los asesinaron cuando ya no quedaba nada humano en sus cuerpos, y luego los descuartizaron como si fueran reses en un matadero. Todo por veintitrés millones de dólares que una sobrina enamorada dejó escapar entre sus dedos como agua, sin saber que cada billete robado era una gota de sangre que terminaría inundando Medellín.

Pero Pablo no había terminado. En los días siguientes, mientras el gobierno colombiano intentaba desesperadamente trasladarlo a otra cárcel al enterarse de los asesinatos, Escobar y la mayoría de los miembros del Cártel recluidos en La Catedral se fugaron como fantasmas. Desaparecieron en la noche del 22 de julio de 1992, dejando atrás celdas con jacuzzis vacíos, camas king size sin dueño, y el rastro de sangre de Kiko y El Negro que nunca se borraría completamente de esos pisos de mármol italiano.

Lo que Pablo no calculó es que los muertos tienen hermanos. Que Kiko tenía un hermano llamado William Moncada que también fue cazado y ejecutado en los días siguientes. Que Fernando Galeano tenía un hermano menor, Mario, al que obligaron a llamar a su familia exigiendo veinte millones de dólares por su rescate. Obligaron a Walter Estrada, el conductor de Fernando que había tenido la mala suerte de ser testigo, a guiar a los sicarios hasta la casa de Mario. Lo forzaron a llamar por beeper a Luis Fernando Giraldo —apodado Bocadillo—, a citar a su propio hermano Elkin Estrada, a los hermanos Álvarez Lopera. Uno por uno fueron cayendo en la trampa, como moscas en miel envenenada. Todos secuestrados. Todos muertos después.

Los cuerpos de Kiko y William Moncada, de Fernando Galeano, nunca aparecieron completos. Se los tragó Medellín como se traga tantos cadáveres: en fosas clandestinas, en hornos crematorios, en ríos que no hacen preguntas. Pero Mario Galeano sí apareció: el 11 de julio, tirado en el municipio de El Retiro como perro en una cuneta. Elkin Estrada Gallego, Fernando Garay y Juan Henry Vargas Gallego aparecieron el 12 de julio, los tres metidos en el baúl de un carro abandonado en Sabaneta, con las manos atadas a la espalda y balazos en la nuca. Los otros dieciocho secuestrados —todos miembros del Cártel, todos amigos o empleados de los Galeano y los Moncada— se esfumaron como humo.

Y la sobrina del viejo de San Pío, esa muchacha que robó unos cuantos dólares para comprarse vestidos nuevos, también desapareció. Algunos dicen que la mataron. Otros que huyó a Venezuela con su sicario novio. Otros juran que todavía vive en algún pueblo perdido de Antioquia, vieja antes de tiempo, despertándose cada noche con la certeza de que sus manos están manchadas con la sangre de cincuenta muertos. Porque así funciona la culpa en estas tierras: no te mata de golpe sino que te va comiendo por dentro, como la humedad que pudre los billetes cuando no se ponen a secar al sol.

Y fue entonces, en esa hora oscura cuando hasta las mariposas negras comenzaron a revolotear sobre Medellín como presagio de lo que vendría, que lo imposible se volvió cotidiano: los hermanos CastañoFidel el estratega, Carlos el operador— se sentaron a la misma mesa que los hermanos Rodríguez Orejuela de Cali, aquellos caballeros del narcotráfico que perfumaban sus crímenes con agua de colonia importada y manejaban sus imperios desde oficinas con alfombras persas. El Cártel de Cali y los paramilitares de Córdoba sellando una alianza que olía a azufre y a oportunidad, mientras Don Berna —ese pequeño gran monstruo que masticaba chicle mientras ordenaba descuartizamientos— coordinaba la logística del exterminio con la eficiencia de un contador público.

Las viudas de los Galeano y los Moncada pusieron el dinero que sus maridos habían guardado en caletas —el dinero que quedaba, porque veintitrés millones ya se los había tragado la avaricia de Pablo—. Los hermanos Castaño pusieron los fusiles y la red paramilitar. El Cártel de Cali puso la infraestructura y los contactos. Don Berna puso la lista de nombres, direcciones, rutinas, debilidades. Y entre todos levantaron un monstruo con un nombre que era al mismo tiempo lamento y declaración de guerra.

Los Pepes. Perseguidos por Pablo Escobar.

El nombre era una ironía digna de Medellín, donde hasta las siglas son puñaladas retóricas. Porque todos en Colombia eran perseguidos por Pablo: los jueces que no se dejaban comprar, los periodistas que no se callaban, los políticos que no se arrodillaban, las familias que tuvieron la mala suerte de vivir cerca de uno de sus enemigos. Cincuenta personas secuestradas, torturadas y asesinadas en un solo mes por orden del capo prófugo. Cincuenta familias llorando a sus muertos mientras Escobar seguía dando órdenes desde su escondite como si fuera Dios castigando herejes. Treinta millones de colombianos con la sombra de Escobar respirándoles en la nuca. Pero ahora los perseguidos tenían nombre, apellido, fusiles y una lista de objetivos que crecía cada madrugada.

"El único extraditable que hay aquí es Pablo Escobar porque los otros él los mandó a asesinar", dijo un informante que había sido hombre de confianza de los Galeano. Y esa frase —dicha con la frialdad de quien ha visto demasiados cadáveres para seguir sorprendiéndose— resumía toda la situación: Pablo había convertido a sus amigos en sus víctimas, y las víctimas se habían convertido en sus verdugos.

La operación era quirúrgica en su brutalidad: Los Pepes no iban tras Pablo —ese era trabajo de los gringos de la DEA y del Bloque de Búsqueda— sino tras todo lo que él amaba. Quemaron sus fincas como si fueran leña para el infierno. Mataron a sus abogados, a sus contadores, a sus testaferros, a las amantes de sus lugartenientes, a los primos de sus sicarios, a cualquiera que hubiera estrechado la mano del capo o dormido bajo su techo. Destruyeron edificios enteros donde Escobar tenía apartamentos. Volaron en pedazos sus negocios legítimos e ilegítimos sin distinción.

Y uno por uno, como se van cayendo las fichas de un dominó macabro, fueron cayendo también los hombres de Pablo. Durante los siguientes dieciséis meses, el Bloque de Búsqueda —ese cuerpo especializado de la policía que cazaba narcos con la misma dedicación con que otros cazan mariposas— fue capturando o dando muerte a El Chopo, aquel que había robado los veintitrés millones por orden de Escobar y que terminó pagando con su vida el precio de la obediencia ciega. Cayó también HH, El Angelito, El Mugre, Tyson, El Palomo —todos esos apodos que suenan a personajes de caricatura pero que en realidad eran asesinos con rostros de niños y almas de demonios.

Cada día amanecía con un muerto nuevo colgado de un puente o tirado en una cuneta con un cartel que decía: "Por trabajar para Pablo". Y sobre cada cadáver, como firma del destino, una mariposa negra posada en la frente del difunto.

Y mientras Medellín se convertía en un cementerio con semáforos, mientras las madres dejaban de enviar a sus hijos a la escuela por miedo a que explotara un carro bomba en el camino, Pablo Escobar —escondido como rata en los tejados de El Poblado, cambiando de caleta cada tres noches, sin poder dormir más de dos horas seguidas— comenzó a entender lo que significa el aislamiento absoluto. Los que habían sido sus amigos y trabajadores en el Cártel de Medellín se habían convertido en sus perseguidores. Sus hombres desertaban o morían. Sus rutas de escape se cerraban. Su dinero —ese que antes compraba lealtades como quien compra pan— no alcanzaba para comprar ni siquiera silencio. El terror que él había sembrado durante una década ahora crecía en su propio jardín, y las flores eran cadáveres que llevaban su nombre como epitafio.

Porque también estaban los gringos, claro.

Llegaron con sus helicópteros negros que zumbaban sobre la ciudad como avispas metálicas, con sus radios que interceptaban llamadas y sus satélites que fotografiaban hasta las hormigas en el patio trasero de una casa. La DEA, la CIA, la Fuerza Delta —todos esos hombres rubios con lentes oscuros que no hablaban español pero entendían perfectamente el lenguaje de la muerte— rastreaban a Pablo con tecnología que parecía brujería. Pero eran Los Pepes quienes conocían cada callejón de Medellín, cada escondite, cada cómplice. Eran ellos quienes hablaban el idioma de la traición con fluidez nativa, quienes sabían que en esta guerra no había civiles inocentes sino testigos potenciales que convenía silenciar. Los gringos ponían los ojos en el cielo. Los Pepes ponían las orejas en la tierra. Y entre el cielo y la tierra, Pablo Escobar se fue quedando sin aire para respirar.

El Cártel de Cali pagaba las balas. Los Castaño las disparaban. Don Berna administraba el inventario de muertos. Las viudas rezaban el rosario cada noche pidiendo que cada bala encontrara su blanco. Y el gobierno colombiano miraba para otro lado con el alivio de quien ve que otros hacen el trabajo sucio que la ley no permite.

¿Acaso no es irónico que Pablo Escobar, el hombre que se había presentado como el Robin Hood paisa, el benefactor de los pobres, el constructor de canchas de fútbol en los barrios olvidados, terminara perseguido por las mismas fuerzas oscuras que él había desatado? ¿Acaso no es poético que quien había torturado y descuartizado a sus propios socios por veintitrés millones de dólares muriera aterrorizado, corriendo descalzo por los techos de Medellín como un gato acorralado, sin un centavo en los bolsillos? La rueda había dado la vuelta completa. El cazador se convirtió en presa. Y Los Pepes —esa hidra de mil cabezas y un solo propósito— fueron los sabuesos que lo acorralaron hasta el final.

El 2 de diciembre de 1993, un martes gris como todos los martes de Medellín, cuando Pablo Emilio Escobar Gaviria cayó acribillado en el tejado de una casa de clase media mientras intentaba escapar por enésima vez, Los Pepes se disolvieron como se disuelve la niebla cuando sale el sol. Habían cumplido su propósito. La bestia estaba muerta. El monstruo yacía boca abajo con los ojos abiertos mirando el cielo que nunca volvería a ver. Y cuentan que cuando el cuerpo aún estaba tibio, una nube de mariposas negras descendió sobre el tejado como un manto fúnebre, cubriéndolo entero hasta que los fotógrafos las espantaron con sus flashes.

Don Berna heredó las rutas y los clientes del Cártel de Medellín. El Cártel de Cali quedó como único rey del narcotráfico colombiano, aunque ese trono duraría apenas dos años más antes de que ellos también cayeran. Los hermanos Castaño regresaron a sus montañas de Córdoba a seguir construyendo su propio imperio paramilitar que terminaría desangrando al país durante dos décadas más. Y las familias de Kiko Moncada, William Moncada, Fernando Galeano, Mario Galeano y los otros cuarenta y seis muertos de aquel julio sangriento, pudieron finalmente llorar a sus difuntos en paz, sabiendo que la venganza es un plato que se sirve con pólvora y se come entre cadáveres.

Cuentan los viejos de Medellín —esos que todavía recuerdan cuando la ciudad no olía a muerte— que la noche en que mataron a Pablo Escobar, las campanas de todas las iglesias repicaron solas, sin que nadie las tocara. Que los perros aullaron hasta el amanecer. Que durante tres días completos no se vio una sola mariposa negra en toda Antioquia, como si todas hubieran muerto de golpe cumplida su profecía. Pero eso son cuentas de viejos, supersticiones de gente que necesita creer que hasta la naturaleza celebra cuando muere el mal.

La verdad es más simple y más terrible: Pablo Escobar no cayó por la justicia ni por la ley. Cayó porque traicionó a los suyos. Porque mandó a robar veintitrés millones de dólares que una muchacha enamorada guardaba en secreto. Porque mató a cincuenta personas que no amenazaban su poder. Porque torturó y descuartizó a Kiko y al Negro cuando ellos solo querían recuperar lo que era suyo. Porque en el negocio del narcotráfico la codicia tiene límites pero la venganza no. Porque montó un imperio sobre cadáveres y resultó que los muertos tienen familia, y las familias tienen memoria, y la memoria en Colombia es una herida que nunca cicatriza sino que supura odio generación tras generación.

Los Pepes fueron la prueba de que en esta tierra de sangre y esmeraldas, de café y cocaína, de vírgenes y sicarios, no existe el crimen perfecto sino solo el crimen que todavía no se ha vengado. Demostraron que cuando los perseguidos se cansan de huir y deciden convertirse en perseguidores, entonces Dios mismo se cubre los ojos porque sabe que lo que viene después no tiene nombre en ningún idioma humano, solo tiene cuerpo, balas y una lista de nombres que se va tachando uno por uno hasta que no queda nadie vivo para contar la historia completa.

Pero alguien siempre sobrevive. Alguien siempre recuerda.

Y esa memoria es la que mantiene vivo el mito de Los Pepes, ese ejército de sombras que existió apenas catorce meses pero que cambió para siempre el mapa del inframundo colombiano, demostrando que en la guerra del narcotráfico no hay victoria definitiva sino solo pausas entre masacres, treguas que duran lo que tarda en recargarse un fusil.

Porque el próximo muerto siempre está esperando su turno sin saberlo, caminando por las calles de Medellín como si el destino no lo hubiera marcado ya con esa cruz invisible que todos llevamos en la frente desde el día en que decidimos que en este país la plata vale más que la vida, el poder más que el alma, y las mariposas negras son solo insectos y no mensajeras del infierno que vienen a cobrar las deudas que los vivos contraen con los muertos cada vez que aprietan un gatillo, o roban unos dólares de una caleta, o se enamoran del hombre equivocado, o simplemente viven en el lugar equivocado en el momento equivocado, en esta tierra maldita y hermosa donde hasta la venganza tiene memoria y los fantasmas no descansan hasta que el último culpable haya pagado su cuenta con el diablo.

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