19. «Popeye»: Crónica de un sicario en el reino del frío

 

Capítulo 19

«Popeye»: Crónica de un sicario en el reino del frío

Fue en los años del delirio blanco —cuando Medellín perfumaba de pólvora y billetes recién impresos, cuando las piernas de ciertas mujeres parecían salirles de la nuca y los unicornios se fabricaban a punta de cirugía equina— que John Jairo Vásquez Velásquez recibió la orden más atroz que un hombre puede recibir de su patrón: matar a la mujer que amaba con toda su alma.

Ahora, siete años después de aquella tarde en que citó a Wendy Chavarriaga Gil para entregarla —como quien entrega un paquete postal, como quien devuelve una mercancía defectuosa— a cinco sicarios que harían el trabajo que él no pudo hacer, Popeye vive solo en treinta metros cuadrados donde el frío se mide en grados bajo cero y donde las cobijas no son simples cobijas sino murallas contra el hielo, contra el pasado, contra los fantasmas que en una celda de dos por dos metros no tienen dónde esconderse.

Dicen los guardias de Cómbita —esa fortaleza de cemento crudo en Boyacá donde el cielo de los patios se cubre con rejas como si hasta las nubes necesitaran estar presas— que Popeye es el único habitante del Pabellón de Recepciones no por falta de criminales de gran calado que merezcan ese lugar, sino porque las autoridades penitenciarias temen que alguien termine lo que tantos intentaron: matarlo. El Estado lo protege. Lo protege porque es testigo. Lo protege porque colabora. Lo protege porque sabe demasiado sobre cómo se construyó la historia trágica de este país: la muerte de Luis Carlos Galán en 1989, la del periodista Guillermo Cano en 1986, la voladura del avión de Avianca que llevaba 107 almas inocentes en 1989, el asesinato del agente de la DEA Barry Seal en 1986. Todos esos muertos —y los otros doscientos noventa que él confiesa haber ordenado o ejecutado personalmente— son ahora su única moneda de cambio, su salvoconducto, su razón para seguir respirando en este lugar donde el aliento se congela.

Cuando llegamos a su celda —después de pasar por cinco puestos de seguridad con escáneres que detectan hasta las intenciones, después de sentarnos en un trono que parece silla eléctrica, después de despojarnos de joyas, relojes, correas, plata («aunque aquí no hay ladrones», bromean los guardias con esa ironía carcelaria que es prima hermana de la desesperanza)— lo encontramos viendo Ángeles y Demonios con Tom Hanks en un televisor de veinte pulgadas que es su única ventana a un mundo que ya no le pertenece.

Las películas de acción lo aburren. «Yo hice más que eso», dice con un orgullo de matón que parece reliquia de otra era, y tiene razón: ningún actor de Hollywood ha vaciado un cargador en la puerta de una discoteca porque los porteros no lo dejaron entrar, ningún guionista ha imaginado a un hombre regalándole cobijas a su peor enemigo en una cárcel de máxima seguridad, ningún director ha filmado la escena en que un sicario fabrica un unicornio para la hija de su jefe pegándole un cuerno en la frente a una yegua.

La celda está limpia con esa pulcritud obsesiva de quien ha perdido el control sobre todo excepto sobre el orden de sus veinte platos plásticos, sus veintiséis vasos (¿por qué veintiséis? ¿para qué veintiséis si siempre come solo?), su juego de cubiertos, su cafetera artesanal donde calienta la comida que el penal le proporciona y que revisa con pánico de envenenado porque en la cárcel —lo sabe bien— nunca puede decirse cuánto pesa uno para que no le preparen el veneno en la dosis exacta. Para evitar los chiflones que bajan de las montañas boyacenses, tapona con una cobija las rejas y con otra la rendija debajo de la puerta que se abre siempre a las seis de la mañana y se cierra a las seis de la tarde, esa puerta que marca el ritmo de los días como un metrónomo de acero. La cama la tiende con tres cobijas de lana virgen —gruesas y duras, grises y cafés, bien dobladas una sobre la otra— como si el calor pudiera protegerlo de algo más que del frío.

Se viste por capas: tres camisetas y un buzo, nunca chaquetas, nunca ropa de marca. Tenis y jeans. Un par de chanclas y una pantaloneta para hacer ejercicio. Lava la ropa y la seca en una cuerda en el patio mientras camina en círculos durante horas, dando vueltas y vueltas como esos animales de zoológico que Pablo Escobar coleccionaba en la Hacienda Nápoles y que, igual que Popeye, terminaron enjaulados por culpa de haber pertenecido al hombre que se creyó Dios.

Lo único que posee de verdad —aparte de un colchón de cinco centímetros de espesor que es más delgado que su expediente judicial— es un rosario que cuelga de una de las paredes, una Biblia, la última revista Aló, algunos libros religiosos y doce diplomas que guarda en una carpeta plástica con el orgullo de quien coleccionaba cadáveres y ahora colecciona certificados de educación sexual y estudios bíblicos que le dan las trabajadoras sociales. «Hoy soy otra persona», dice, y tal vez sea cierto, tal vez un hombre pueda cambiar, aunque los trescientos muertos que dejó regados por Colombia no puedan opinar al respecto.


Pero volvamos al principio, a aquella tarde en que El Patrón —así le decían a Pablo Escobar sus empleados, porque en el reino del narcotráfico los eufemismos sirven para disfrazar el horror de normalidad— le ordenó que se «bajara» a Wendy Chavarriaga Gil, la mujer que él amaba profundamente, esa modelo espectacular, del otro mundo, con glamur de revista y piernas infinitas que sabía hablar, sabía sentarse, sabía comer, sabía todo excepto guardarse los secretos que la condenaron.

Wendy había sido una de las tantas amantes de Escobar. Había quedado embarazada de él por la plata —¿por qué otra razón, si no?— pero El Patrón no quiso saber nada de ese vástago inconveniente y le mandó dos muchachos y un médico para que le sacaran al niño como quien extrae una muela, como quien poda una rama que creció donde no debía. Ella se fue de los predios del capo y para vengarse —porque en esta historia todos se vengan de todos y la venganza circula como el dinero o como las balas— se convirtió en informante del Bloque de Búsqueda que en ese momento perseguía a la organización.

Popeye sólo sabía la mitad de la historia y estaba enamorado. «La amaba profundamente», suspira ahora en su celda helada, y tal vez por eso no fue capaz de matarla con sus propias manos, tal vez por eso le puso una cita y mandó a cinco sicarios para que acabaran con ella, para que hicieran lo que él no podía hacer. Amor de asesino: amar tanto que delegas el crimen para no mancharte las manos, como si la culpa se diluyera al repartirse entre seis.

Doña María Victoria Henao —«doña Tata», la esposa santa de Escobar— era tan buen ser humano que cuando supo que Popeye había matado a Wendy dejó de hablarle como por quince días, y cuando lo veía le decía con ese reproche que es más pesado que cualquier condena: «Ayyy… Pope». Ése fue su castigo: el «ayyy» de una mujer buena casada con el diablo.


El Pabellón de Recepciones de Cómbita tiene veinte celdas de dos por dos metros donde generalmente pasan sus días y noches algunos narcotraficantes a la espera de que el gobierno autorice su extradición a los Estados Unidos, ese país que los juzga por inundar sus calles de coca pero que nunca se pregunta quién compra toda esa mercancía. Hoy «Recepción» está vacío —o más bien, lleno de un solo hombre— no porque falten criminales de gran calado, sino porque Popeye necesita estar solo para evitar que alguien cumpla la sentencia que la justicia oficial nunca le dio: la muerte.

Aquí, en estas veinte celdas que son como un catálogo del infierno colombiano, han pasado los más respetados narcotraficantes del país. Popeye los recuerda con la precisión de un archivista y la nostalgia de quien enumera viejos compañeros de escuela:

En las celdas trece y catorce estuvieron sus enemigos, los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali, ese Miguel que tenía una casa con cancha de tenis en la que el Cartel de Medellín trató de matarlo sin éxito. Un día que lo visitaban sus hijas en la cárcel, Miguel le dijo a Popeye: «Vení, mompa, mirá: éstas son las niñas que ibas a matar». Y se rieron. O tal vez no se rieron. Tal vez sólo se miraron con esa complicidad de criminales que saben que en este país los muertos se cuentan por miles pero los vivos apenas caben en veinte celdas.

En la celda quince estuvo Víctor Patiño Fómeque. En la seis, los jefes de las Farc, Simón Trinidad y Rodrigo Granda —ese Granda que es, según Popeye, «el peor ser humano que he conocido, una porquería, un desgraciado que se creía el jefe de Cómbita». En la dieciocho, Don Berna, Diego Fernando Jaramillo, que fue su peor enemigo en las calles de Medellín pero que cuando llegó a la cárcel recibió de Popeye una cobija y un saco, porque aquí adentro el frío iguala a todos, porque el código carcelario es más fuerte que el odio. También estuvo Don Diego, «un excelente ser humano» (¿puede un narcotraficante ser un excelente ser humano? En el universo moral de Popeye, sí). En la diecinueve, Carlos Mario Jiménez, Macaco, y en la veinte, Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño.

Con todos se las llevó bien. Con todos compartió el frío y las cobijas y el aburrimiento infinito de contar los días. Ciento veinte extraditables y dos mil quinientos presos de alta peligrosidad han pasado por Cómbita, guerrilleros y paramilitares, asesinos y secuestradores, pero ninguno vive tan solo como Popeye, ninguno tiene un pabellón entero para él solo, ninguno conoce tan bien el sonido del silencio.


Para Popeye hay sutilezas y códigos de ética que parecen chistes macabros pero que él defiende con la seriedad de quien recita un credo: «Jamás asesinamos a alguien que estuviera con un niño», afirma, como si eso redimiera algo, como si hubiera una versión piadosa de la masacre. «Respetábamos a las mujeres de nuestros compañeros y ante todo teníamos lealtad. El narcotraficante y el asesino son muy buenos padres de familia. Como viven rodeados de tanto odio, cuando llegan a la casa tienen mucho respeto por la mujer y por los niños».

Es cierto: Pablo Escobar adoraba a Manuela, su muñequita, su hija menor. Hizo construir el zoológico de la Hacienda Nápoles para ella, la llevaba a todas las caletas donde se escondía de la justicia, y una vez que la niña quería un unicornio, consiguió una yegua y le mandó pegar un cuerno en la frente. Así era El Patrón: un hombre capaz de fabricarle unicornios a su hija y de mandar a volar un avión con ciento siete pasajeros inocentes. Un hombre capaz de amar y de ordenar trescientas muertes antes del desayuno.


Popeye nació en 1962 en Yarumal, Antioquia, cuarto hijo de un matrimonio acomodado. Fue un muchacho que después de haber integrado las filas de la Armada y de la Escuela de Suboficiales de la Policía —esas instituciones que se supone forman hombres de bien— decidió formar parte de una de las bandas sicariales más temidas de Colombia.

«Un día un ingeniero amigo me dijo que lo acompañara a una finca donde debía realizar un trabajo. Fuimos a la Hacienda Nápoles y vi armas, mujeres bellas y animales exóticos y pensé: esto es lo mío. Vi a ese señor y sinceramente vi a Dios. Desde ese momento hice todo lo que estuvo a mi alcance por estar cerca de él».

Vio a Dios. Ése es el problema de este país: que algunos hombres vieron a Dios en Pablo Escobar y por eso hicieron lo que hicieron. Primero fue conductor de la organización, después integró la banda de sicarios que trabajaba para el Cartel. Al lado de Otto, el Arete, Pinina, la Kika y Tyson —nombres que suenan a apodos de barrio pero que esconden legiones de muertos— se convirtió en una leyenda del crimen. Su fama precedía cada uno de sus pasos y en todas partes trataban de cerrarle el paso, incluso en las discotecas de moda de la época ubicadas en la famosa vía de Las Palmas en Medellín.

«Una vez no me dejaron entrar en una que se llamaba Don Mateo. Les dije a los porteros que para entrar a las discotecas se necesitaba una mujer linda, plata en el bolsillo y un buen carro. Y tenía todo eso, y no me dejaban entrar. Entonces saqué mi pistola, maté a un portero y levanté a plomo el lugar».

Así de simple. Así de brutal. Un hombre que no puede entrar a una discoteca saca su pistola y mata. «Yo era un hombre violento», dice ahora, como si hablara de otra persona, como si la violencia fuera una enfermedad que ya superó. «Pero nosotros éramos sicarios finos. Asesinos profesionales. Lo mío era matar. Mi arte era saber matar… Era. Ya estoy retirado. Pero en ese momento tenía un grupo de veinte asesinos buenos… ¡ah, eso de tener sicarios buenos es una fortuna!»

Sicarios finos. Asesinos profesionales. El arte de matar. Como si la muerte fuera una disciplina, un oficio que se aprende y se perfecciona. Como si hubiera una versión elegante del asesinato.


En su época de gloria —esos años del delirio blanco cuando Medellín era la capital mundial de la coca y del crimen— Popeye tenía éxito con las mujeres. Su método infalible para conquistarlas era una docena de rosas amarillas, una caja de chocolates extranjeros, una botella de champaña Dom Pérignon y un reloj Cartier. En algunas ocasiones este «combo» venía escondido en el asiento trasero de un carro cero kilómetros. Trucos que le aprendió a El Patrón, ese maestro de la seducción y del terror que sabía que las mujeres —algunas mujeres— perdonan cualquier cosa si la envuelves en papel de regalo y le pones un moño.

Apenas ha tenido dos mujeres de verdad: Wendy, que le tocó matarla (ése «le tocó» que suena a obligación, a destino, a fatalidad), y la mamá de su hijo, una ex reina de belleza de Medellín que vive con el niño en el exterior, lejos de este país donde los hijos de los sicarios cargan con el apellido como una maldición.

Hoy lleva casi un año de celibato porque ninguna mujer se acerca por este lugar y porque no le gustan las prostitutas. Hace un año que nadie —aparte de periodistas e investigadores que vienen a extraerle confesiones como quien extrae petróleo de un pozo seco— lo visita. «La última novia que tuve fue una abogada que llevaba mis casos. Pero se alejó hace un año porque se asustó con la situación». Se asustó. ¿De qué se asustó? ¿Del frío de Cómbita? ¿De los trescientos muertos que rondan la celda? ¿Del hombre que confiesa haber matado a la mujer que amaba con toda su alma?


Su vida en la cárcel está llena de rutinas que son el único muro contra la locura. Se levanta a las seis de la mañana y se baña con agua helada que baja de los páramos boyacenses. Pone a calentar la cafetera, prende la televisión «para que me socialice el entorno» —como si la televisión pudiera socializar a un hombre que vive solo en un pabellón vacío—, hace el orden del día y una lista de los víveres que necesita. Prepara su desayuno, lee mucho, realiza una oración de quince minutos y a la hora de haber comido —toda la comida se la dan y vive con pánico de morir envenenado, porque en la cárcel nunca puede decirse cuánto pesa uno para que no le preparen el veneno en la dosis exacta— sale a caminar por el pabellón, hace flexiones y salta lazo.

Aparte del veneno, les tiene miedo a las torturas. «Una vez me torturaron en la Sijín de Medellín y a las semanas aparecieron muertos los tres policías que lo hicieron». No dice quién los mató. No necesita decirlo. En este país todos entienden el lenguaje de la venganza.

Inmediatamente nos muestra las cicatrices: siete heridas que tiene en el cuerpo por atentados que no lograron matarlo. Hay una de una bala que le rozó el corazón. También nos muestra el escapulario que lo ha protegido de todos los males, ese amuleto católico que cuelga del cuello de un hombre que mató a trescientos y que reza quince minutos todas las mañanas porque en este país —bendito y maldito— hasta los asesinos le rezan a la Virgen.

Estaba tan aburrido de la serie colombiana Padres e Hijos que dijo: «Me dan ganas de matar a ésa Daniela». Lo dice en broma. O tal vez no. Con Popeye nunca se sabe dónde termina la broma y empieza la amenaza, dónde termina el pasado y empieza el presente, dónde termina el hombre que era y empieza el hombre que dice ser.


«A mí me pueden decir lo que sea, pero yo soy un hombre honesto y decente», afirma, y hay que detenerse en esa frase, masticarla, saborear su absurdo. Un hombre honesto y decente que mató a trescientos. Un hombre honesto y decente que ejecutó a la mujer que amaba. Un hombre honesto y decente que levantó a plomo una discoteca porque no lo dejaron entrar. ¿Qué significa «honesto y decente» en el diccionario de Popeye? Tal vez signifique que no robaba, que pagaba sus deudas, que cumplía su palabra cuando prometía matar a alguien. Tal vez en el universo moral del narcotráfico —ese universo paralelo donde las palabras significan lo contrario de lo que significan en el resto del mundo— un asesino puede ser honesto y decente mientras respete el código.

«Quiero olvidar todo y hacer una nueva vida en dos años cuando salga de aquí. Quiero irme a Costa Rica y algún día salir a hacer mercado, vivir de un sueldo o abrazar a mi hijo. Tengo mi platica guardada. Tengo con qué vivir».

Hacer mercado. Ése es su sueño: salir a comprar lechugas y tomates, caminar por un supermercado con un carrito como cualquier jubilado, elegir entre marcas de detergente, pagar en la caja, cargar las bolsas hasta su casa. Hacer mercado. Como si los trescientos muertos pudieran borrarse con la rutina doméstica, como si bastara con cambiar de país para dejar atrás los fantasmas, como si Wendy no lo esperara en cada esquina de su memoria con esas piernas que le salían de la nuca y esa mirada de mujer traicionada.


Afuera, en los patios de Cómbita cubiertos con rejas que atrapan el cielo, el frío sigue bajando de las montañas. Adentro, en la celda de dos por dos metros, Popeye cuenta sus cobijas, cuenta sus platos, cuenta sus vasos, cuenta los días que le faltan para salir. Dos años. Setecientos treinta días. Diecisiete mil quinientas veinte horas.

Y después, cuando salga, irá a hacer mercado a algún supermercado de Costa Rica donde nadie sepa quién es, donde nadie recuerde que él fue el sicario más sanguinario del Cartel de Medellín, donde nadie le pregunte por Wendy ni por Pablo ni por los trescientos muertos que dejó regados por Colombia como quien deja regadas las cáscaras de mandarina.

Porque así son las cosas en esta tierra bendita y maldita donde los asesinos rezan el rosario y sueñan con hacer mercado, donde los muertos no terminan de morirse y los vivos no terminan de vivir, donde un hombre puede decir «la amaba profundamente» y «le mandé cinco sicarios para que acabaran con ella» en la misma frase sin que se le quiebre la voz, donde el frío de una cárcel en Boyacá nunca es suficiente para congelar la memoria ni para enfriar la sangre que todavía hierve en las venas de quien alguna vez vio a Dios en Pablo Escobar y decidió que su arte —su profesión, su destino— sería saber matar.

Y mientras tanto, en algún limbo tropical que ningún teólogo ha descrito pero que todos en este país conocemos, Wendy Chavarriaga Gil espera con sus piernas infinitas y su glamur de revista, espera con la paciencia de los muertos que saben que el tiempo no existe, espera a que Popeye salga por fin a hacer mercado y descubra —si es que todavía puede descubrir algo— que algunas manchas no se quitan ni con todos los detergentes del mundo, que algunos muertos no perdonan ni siquiera cuando uno se convierte en hombre honesto y decente, que el amor de un asesino es la maldición más pesada que una mujer puede cargar, incluso después de muerta, especialmente después de muerta.

Dos años. Y después, las lechugas. Y los tomates. Y el supermercado. Y el olvido que nunca llega.

Así termina esta crónica, como empezó: con un hombre solo en una celda helada, contando cobijas, contando muertos, contando los días que faltan para salir a hacer mercado como si la vida fuera tan simple como comprar verduras, como si bastara con cambiar de país para dejar de ser quien uno fue, como si los trescientos fantasmas pudieran quedarse atrás cuando se cruza una frontera.

Pero los fantasmas no necesitan pasaporte.

Y Wendy —que tenía las piernas más largas del mundo y el destino más corto— lo sabe mejor que nadie.

Comentarios

Entradas populares de este blog

2 : La edad del plomo y el polvo blanco

1. El Génesis del Imperio

9. El Ejército de las Sombras