17. El Hombre Que Compró Una Isla Para Sus Sueños de Cocaína

 

Capitulo 17
El Hombre Que Compró Una Isla Para Sus Sueños de Cocaína

Dicen los viejos del Eje Cafetero que en Armenia, allá por el año en que la década cumplía medio siglo de andadura, nació un niño con dos patrias en la sangre y ninguna en el corazón. Era hijo bastardo de un ingeniero alemán que había huido de su tierra en mil novecientos veintiocho llevando en el equipaje los planos de puentes que nunca construiría y el fantasma de un bigote que devastó media Europa. Carlos Enrique Lehder Rivas —así lo bautizaron, con ese apellido que olía a cerveza bávara y a montañas nevadas que él nunca conocería— vino al mundo con esa maldición particular de los hijos de extranjeros: ser demasiado gringo para los colombianos y demasiado sudaca para los alemanes, condenado a vagar por el limbo de las nacionalidades como un alma en pena que busca su cementerio.

La madre, esa colombiana cuyo nombre la historia prefirió olvidar como si las mujeres fueran apenas úteros con piernas, lo parió y lo vio crecer cuatro años antes de que el matrimonio se desbaratara como se desbaratan todas las uniones entre gente de distintos continentes: con la violencia silenciosa de quien descubre que el amor no alcanza para traducir los silencios. El niño fue entonces de internado en internado, como un paquete que nadie sabe dónde depositar, aprendiendo desde la infancia esa lección fundamental que después aplicaría a la cocaína: que todo en este mundo, incluso los seres humanos, puede ser transportado, almacenado y redistribuido si se conocen las rutas correctas.

A los quince años —edad en que otros muchachos apenas descubren el primer vello en el labio superior— Lehder ya cruzaba el océano rumbo a Nueva York, llevando en la maleta la ropa y en la cabeza esa sed de venganza difusa que tienen todos los hijos abandonados: no venganza contra alguien específico, sino contra el mundo entero, contra el destino que lo había hecho nacer entre dos aguas sin aprender a nadar en ninguna. En las calles de esa ciudad que nunca duerme, que mastica inmigrantes como si fueran chicle y los escupe cuando pierden el sabor, Lehder aprendió inglés con acento de Queens, a robar automóviles con la precisión de un cirujano y a entender que en Estados Unidos todo se puede comprar, incluso la justicia, siempre y cuando se tenga suficiente dinero para pagar el precio.

Fue en Connecticut, en la prisión federal de Danbury —ese infierno de cemento donde los presos norteamericanos purgan condenas por delitos que en Colombia apenas merecerían una multa— donde Lehder conoció a George Jung, un gringo rubio con ojos de cielo despejado y alma de contrabandista, que ya había experimentado con meter marihuana desde México en avionetas que volaban tan bajo que las águilas las confundían con hermanas terrestres. Fue Jung quien le enseñó el principio fundamental del narcotráfico moderno, esa revelación casi mística que después transformaría continentes enteros: que el aire no tiene aduanas, que el cielo es el último territorio libre, que una avioneta cargada con polvo blanco vale más que cien camiones llenos de esmeraldas.

Salieron bajo palabra —esa ficción legal que consiste en prometer que uno se va a portar bien mientras planea el próximo atraco— y empezaron con lo simple, con esa geometría elemental del crimen que consiste en reclutar gringas bonitas, pagarles vacaciones en Antigua como si fueran princesas de cuento, llenarles las maletas con cocaína envuelta en papel celofán y verlas pasar por las aduanas con esa sonrisa de turista satisfecha que desarma a cualquier oficial. Repitieron el proceso tantas veces que las maletas empezaron a multiplicarse como panes y peces en el milagro bíblico, hasta que tuvieron dinero suficiente para comprar su primera avioneta, ese pájaro mecánico que sería la semilla de un imperio que después se extendería como plaga por todo el continente.

Y así se construyen los imperios del polvo blanco: con paciencia de campesino, con astucia de zorro, con la certeza de que el mundo está lleno de gente dispuesta a meter cualquier cosa en su cuerpo con tal de olvidar por unas horas que está viva.

Con la avioneta y un piloto que cobraba en dólares y no hacía preguntas, establecieron la ruta Bahamas-Estados Unidos, esa autopista del cielo donde la cocaína viajaba más rápido que las oraciones, donde cada vuelo era un rosario de billetes verdes que caían como maná sobre los elegidos, donde el zumbido de los motores sonaba como el canto de sirenas llamando a marineros hacia su perdición. Y fue entonces cuando Lehder conoció a Pablo Escobar Gaviria, ese paisa de Envigado que tenía la coca pero no sabía cómo meterla al mercado más hambriento del mundo, y a los hermanos Ochoa, esa familia de apellido ganadero y alma de banqueros suizos, que ponían el capital y las conexiones mientras Lehder ponía las alas.

Así nació el Cartel de Medellín —aunque entonces nadie lo llamaba así, porque los imperios nunca se bautizan a sí mismos hasta que la historia los convierte en leyenda— una sociedad de criminales que funcionaba mejor que cualquier empresa legal: Escobar suministraba la mercancía con la regularidad de un reloj suizo, los Ochoa lavaban el dinero con la elegancia de quien lava sábanas de seda, y Lehder transportaba y distribuía con la eficiencia de un servicio postal que nunca pierde un paquete. El olor a cocaína —ese aroma químico que mezcla gasolina con flores muertas— empezaba a perfumar los billetes que circulaban por Miami, por Nueva York, por todas las ciudades gringas donde la gente pagaba fortunas por meter veneno en sus narices.

Pero fue cuando el siglo cumplía tres cuartos de andadura, a finales de los años setenta —cuando el mundo todavía creía que la cocaína era una droga de artistas bohemios y no el combustible de un continente— cuando Lehder concibió su obra maestra, esa fantasía megalómana que haría palidecer de envidia a cualquier emperador romano: comprar una isla entera, convertirla en su reino personal, en su Vaticano del narcotráfico. La isla se llamaba Cayo Norman, un pedazo de tierra en medio del mar Caribe con cien casas, un club de yates, un puerto y una pista de aterrizaje que parecía haber sido diseñada por la Providencia específicamente para recibir avionetas cargadas de pecado.

En mil novecientos setenta y ocho, Lehder comenzó a adquirir propiedades en Cayo Norman con la paciencia de quien construye un rompecabezas, casa por casa, terreno por terreno, hasta que los residentes originales empezaron a recibir visitas nocturnas de hombres que no necesitaban levantar la voz para ser entendidos, hasta que los precios de las propiedades subieron tanto que la gente prefirió vender y largarse antes que quedarse a ver qué pasaba. El Primer Ministro de las Bahamas, Lynden Pindling —ese político con apellido que sonaba a campana de iglesia y conciencia que sonaba a caja registradora— no hizo absolutamente nada para detener la invasión, aparentemente porque ya había recibido su parte del botín, porque en el Caribe todo se arregla con billetes y ron, en ese orden.

George Jung fue entonces descartado como se descarta un socio que ya no sirve, empujado fuera del negocio con la delicadeza de quien tira un mueble viejo a la basura, mientras que Robert Vesco —ese financiero gringo fugitivo que había robado más de doscientos millones y andaba buscando refugio como si fuera el judío errante del capitalismo— supuestamente se unió a la operación trayendo contactos y experiencia en el arte de hacer desaparecer dinero.

Y así se construyen los imperios del polvo blanco: echando al amigo que ya no sirve, acogiendo al ladrón que huye de otras policías, comprando islas como quien compra zapatos, transformando el paraíso en infierno con la naturalidad de quien respira.

Entre mil novecientos setenta y ocho y mil novecientos ochenta y dos, Cayo Norman se convirtió en lo que los libros de historia llamarían "punto neurálgico del narcotráfico", pero que en realidad era un pequeño país independiente dedicado exclusivamente al culto de la cocaína: Lehder construyó una pista de aterrizaje de mil cien metros —más larga que algunas pistas de aeropuertos legítimos— protegida por sistemas de radar que habrían hecho honor a una base militar, rodeada de guardaespaldas con ametralladoras y perros Doberman entrenados para destrozar a cualquier intruso. Esos Doberman, negros como la noche del Caribe y con mandíbulas capaces de arrancar una pierna de un solo mordisco, eran el reflejo perfecto de su dueño: criados para atacar, incapaces de distinguir entre amenaza y víctima, condenados a vivir vigilando un paraíso que nunca podrían disfrutar, enjaulados en su propia ferocidad.

En los días de máxima operación entraban hasta trescientos kilogramos de cocaína por hora, una cantidad que si se hubiera aspirado toda de golpe habría volado a la población entera de una ciudad pequeña, mientras el capital de Lehder crecía en billones —no millones, billones— como si los números mismos hubieran enloquecido y decidido multiplicarse sin control. El mar Caribeño olía a gasolina de avión y a sudor de pilotos nerviosos; el aire vibraba con el zumbido constante de motores que llegaban y partían como abejas mecánicas en una colmena de coca; y los billetes, cuando los contaban, tenían ese tacto áspero de papel usado, manchado con las huellas de mil manos que habían pasado por ellos en su viaje desde las narices de Wall Street hasta las bóvedas de Cayo Norman.

Pero todo imperio construido sobre polvo blanco tiene fecha de caducidad inscrita en su acta de nacimiento, porque la cocaína es una droga democrática que destruye por igual a quien la consume y a quien la vende. El Cartel de Medellín solo podía sobrevivir mediante la violencia, y cada asesinato era como un ladrillo más en el muro que terminaría aprisionándolos: se cree —aunque en Colombia creer y saber son verbos que significan lo mismo porque la verdad siempre se disuelve en la bruma de las versiones— que Lehder estuvo al menos parcialmente involucrado en la Toma del Palacio de Justicia en mil novecientos ochenta y cinco, esa operación militar del M-19 que terminó con once magistrados de la Corte Suprema muertos y ochenta y cuatro cadáveres más regados por el edificio como si fueran decoración macabra, aunque nunca se pudo probar su participación directa porque en Colombia probar algo es como atrapar humo con las manos.

Lo que sí está documentado con la precisión de una partida de defunción es que el cartel asesinó periodistas que hacían demasiadas preguntas, oficiales de policía que no aceptaban sobornos, funcionarios gubernamentales que tenían esa molesta costumbre de querer hacer su trabajo honestamente, y sobre todo al Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en abril de mil novecientos ochenta y cuatro, ese abogado joven que había cometido el error imperdonable de destapar las actividades del cartel como si fuera posible meter al diablo de vuelta en su caja una vez que había salido. La sangre de Lara Bonilla —derramada sobre el asfalto bogotano una noche de abril mientras regresaba a su casa— tenía el color rojo intenso de todas las sangres de ministros honestos, ese tono carmesí que marca el punto de no retorno en las historias de países que intentan combatir sus propios demonios.

Ese asesinato fue el principio del fin, el primer dominó de una fila interminable: el Presidente Belisario Betancur —quien hasta ese momento se había opuesto a la extradición con la firmeza de quien defiende la soberanía nacional— anunció sus planes para establecer tratados de extradición con Estados Unidos, esa sentencia de muerte que los narcos temían más que al infierno porque sabían que en las cárceles gringas no había sobornos posibles, no había jueces comprables, no había forma de salir antes de cumplir hasta el último minuto de la condena.

Lehder, que para entonces ya era un fugitivo con precio en la cabeza y póster en todas las estaciones de policía, entró a Colombia como un fantasma y se escondió en la selva protegido por las guerrillas de izquierda —esos revolucionarios que en teoría luchaban contra el imperialismo yanqui pero en la práctica cobraban impuestos a los narcotraficantes como si fueran recaudadores medievales— y desde allí apareció en un mensaje televisivo cuando el siglo se acercaba a su última década, en mil novecientos ochenta y cinco, con barba de profeta y ojos de loco, entregando un discurso que denunciaba el imperialismo estadounidense y los tratados de extradición, apelando a sentimientos nacionalistas con la misma pasión con que su padre alemán debió haber apelado al nacionalismo ario cincuenta años atrás.

Mientras tanto, Lehder había fundado el Movimiento Cívico Latino, ese partido político de corte fascista y latinoamericanista que era una mezcla imposible de Hitler y Simón Bolívar, donde daba discursos inflamados contra la extradición mientras patrocinaba un periódico que nadie leía y un hotel campestre llamado La Posada Alemana —equipado con dos leones enjaulados que paseaban su melancolía tras los barrotes como si fueran reyes destronados, y una estatua tamaño natural de John Lennon desnudo, ese soñador pacifista que había cantado "Imagine no possessions" ahora convertido en ornamento de piedra en el jardín de uno de los hombres más ricos del narcotráfico, esa paradoja tan perfecta que ni el mejor poeta habría podido inventarla— pero nunca llegó a ocupar un escaño en el congreso porque Rodrigo Lara Bonilla lo había perseguido legalmente hasta convertirlo en un paria político antes de morir acribillado.

Y así se construyen los imperios del polvo blanco: con estatuas de soñadores muertos vigilando mansiones de asesinos vivos, con leones enjaulados que son el espejo perfecto de sus dueños, con discursos sobre libertad pronunciados por hombres que esclavizan naciones enteras a la adicción.

La captura llegó el cuatro de febrero de mil novecientos ochenta y siete, durante una fiesta en su casa de Romeral, en Guarne, Antioquia —aunque sobre cómo sucedió exactamente circulan más versiones que sobre la muerte de Cristo: unos dicen que Pablo Escobar lo traicionó porque Lehder había tenido un romance con la mujer de uno de sus sicarios y en el mundo del narcotráfico esas cosas se pagan con la vida o con la libertad; otros aseguran que Escobar temía que Lehder estuviera negociando con el gobierno, intercambiando información sobre guerrilleros por amnistías; y una tercera teoría, menos dramática pero quizás más verosímil, sostiene que simplemente fue una operación policial de rutina que aguó una fiesta y encontró al fugitivo más buscado bebiendo whisky como si fuera un ciudadano común.

Lo cierto, lo único absolutamente verificable en medio de ese pantano de rumores, es que ese mismo cuatro de febrero de mil novecientos ochenta y siete, Carlos Enrique Lehder Rivas se convirtió en el primer narcotraficante colombiano extraditado a Estados Unidos, inaugurando una procesión que después incluiría a decenas de capos, convirtiéndose en el símbolo viviente de esa frase que los narcos repetían como un mantra desesperado: «Preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos», aunque al final terminaron teniendo ambas cosas.

En ese momento su capital personal era de novecientos ochenta y siete mil millones de pesos colombianos —una cifra tan astronómica que perdía significado, que se convertía en pura abstracción, porque ningún cerebro humano puede realmente comprender qué significa tener tanto dinero— y fue sentenciado a cadena perpetua más ciento treinta y cinco años, una condena tan larga que habría necesitado tres vidas para cumplirla, o una vida en la que el tiempo se moviera hacia atrás.

Cuando el siglo entraba en su penúltima década, en mil novecientos noventa y dos, en un acuerdo que olía a traición pero que legalmente se llamaba "cooperación con la justicia", testificó contra Manuel Noriega —ese dictador panameño de cara marcada por el acné y alma marcada por la corrupción que gobernó Panamá en los años ochenta como si fuera su hacienda personal— y le redujeron la pena a cincuenta y cinco años, que seguían siendo suficientes para morir en prisión pero al menos sonaban más humanos que la eternidad.

Tres años después, en mil novecientos noventa y cinco, Lehder escribió una carta de reclamación al juzgado federal del distrito de Jacksonville quejándose de que el gobierno estadounidense no había cumplido el acuerdo de trasladarlo a una prisión en Alemania —ese país de sus ancestros que le reconocía la nacionalidad por sangre aunque nunca lo hubiera visto pisar su territorio— y el juez interpretó la carta como una amenaza, porque en el sistema judicial norteamericano todo lo que dice un convicto se puede usar en su contra. Semanas después, en el otoño de ese año, Lehder fue sacado en la noche de la prisión Mesa Unit en Arizona con una discreción que alimentó todo tipo de teorías: que lo habían liberado, que lo habían asesinado, que lo habían convertido en agente encubierto de la CIA, porque Lehder sabía demasiado sobre el escándalo Irán-Contra y los vínculos entre agencias de inteligencia estadounidenses y el narcotráfico.

Pasaron los años como pasan las estaciones en el trópico: sin que nadie note la diferencia, con esa monotonía de los días que se repiten hasta volverse indistinguibles. El silencio de las prisiones estadounidenses —ese silencio pesado que tiene textura de cemento y sabor a desesperanza— fue el único compañero de Lehder durante tres décadas. Lehder cumplió treinta años en prisión —casi el doble de la edad que tenía cuando comenzó su carrera criminal— diagnosticado con cáncer de próstata, ese mal que devora a los hombres desde adentro como la cocaína devora sociedades, hasta que el veintidós de junio de dos mil veintiuno, después de múltiples apelaciones y una burocracia legal que habría enloquecido a Kafka, fue finalmente liberado.

Y entonces ocurrió lo imposible, lo que nadie había previsto: noventa y dos años después de que su padre Joseph Willhelm Lehder saliera de Alemania en mil novecientos veintiocho huyendo de algún demonio personal, Carlos Enrique Lehder Rivas —con setenta años, enfermo, empobrecido en comparación con su pasado de billones pero todavía con algunos euros guardados en cuentas alemanas— tomó un avión y viajó a Berlín, el país que le correspondía por derecho de sangre aunque nunca lo hubiera pisado, acogido por una organización sin ánimo de lucro que apoya a exconvictos, repitiendo el ciclo familiar como si la historia fuera una serpiente que se muerde la cola.

Y así terminan los imperios del polvo blanco: no con explosiones ni tiroteos, sino con viejos enfermos que regresan a países que nunca conocieron, cerrando círculos que sus padres abrieron, demostrando que por más alto que se vuele, siempre se termina aterrizando en el mismo aeropuerto del que se despegó.

Su hija Mónica —a quien no había visto en dieciséis años, que ahora tiene una marca de accesorios religiosos y da conferencias sobre "los flagelos del narcotráfico" con la pasión de los hijos que intentan redimir los pecados de los padres— no lo vio partir. Colombia, ese país que había pedido su extradición y después su retorno, que lo había convertido en leyenda y en advertencia, en símbolo y en chivo expiatorio, no le ofreció el apoyo que necesitaba, así que optó por el exilio definitivo, por el regreso a la tierra de sus antepasados.

Y ahí está ahora, en algún lugar de Alemania —ese país de cerveza fría y leyes cumplidas, tan distinto al Eje Cafetero donde nació— Carlos Lehder, el hombre que compró una isla para sus sueños de cocaína, el niño con dos patrias que terminó sin ninguna, el hijo del ingeniero alemán que nunca construyó sus puentes pero cuyo hijo construyó autopistas aéreas para la coca, terminando sus días como su padre: como un hombre libre en busca de un nuevo futuro lejos de su tierra natal, porque algunos destinos se repiten con la precisión de una condena, y la historia de la familia Lehder es prueba viviente de que no importa cuánto dinero se acumule, cuántas islas se compren o cuántos imperios se construyan: al final, todos terminamos donde comenzamos, buscando un lugar al que llamar hogar y sin encontrarlo nunca.

Dicen —y en Colombia siempre hay alguien que dice algo— que Lehder mantiene su fanatismo por Adolf Hitler, ese dictador cuyo fantasma persiguió a su padre a través del océano y ahora lo persigue a él de regreso. Dicen también que su caso será recordado como ejemplo de lo que puede hacer un sistema judicial enloquecido, condenando a gente a siglos de prisión mientras los grandes cargamentos de hoy apenas merecen diez años. Dicen, finalmente, que la leyenda de Carlos Lehder es mucho mayor que la realidad, porque nunca traficó las cantidades monstruosas que el mito le atribuye, pero en América Latina las leyendas siempre importan más que los hechos, y Lehder quedará en la memoria colectiva no como el hombre que fue, sino como el símbolo de una época en que la cocaína prometía reinos y terminó entregando cementerios.

Y ahora que esta crónica llega a su fin, vale la pena preguntarse si Carlos Enrique Lehder Rivas fue un visionario criminal o simplemente un niño perdido que nunca superó el abandono de su padre, si fue un genio del narcotráfico o apenas un eslabón más en una cadena de violencia que lo precedió y lo sobrevivirá. Quizás sea todo eso a la vez, o quizás no sea nada de eso, porque en el realismo mágico de América Latina los hombres nunca son solo hombres: son también símbolos, mitos, advertencias, profecías que se cumplen con la regularidad de las estaciones y el horror de las tragedias griegas.

Lo único cierto es que mientras esta crónica se escribe, en algún lugar de Berlín, un hombre de setenta años con cáncer de próstata y dos nacionalidades en el pasaporte mira por la ventana las calles que su padre caminó hace casi un siglo, respirando el aire frío de Europa que huele a pan recién horneado y a historia antigua, tan distinto al aire caliente de Armenia que olía a café y a futuro imposible, y se pregunta —si es que todavía es capaz de preguntarse algo— qué habría pasado si sus padres nunca se hubieran separado, si se hubiera quedado en Armenia sembrando café en vez de sembrar rutas aéreas para la cocaína, si hubiera aprendido a construir puentes como su padre en vez de construir imperios de polvo blanco que se desvanecen en el aire con la misma facilidad con que se aspiran.

Pero esas son preguntas que nadie responderá nunca, porque la historia no conoce el modo subjuntivo, solo conoce lo que fue y lo que es, y lo que fue es que un niño nacido en Armenia en mil novecientos cincuenta terminó comprando una isla en las Bahamas para convertirla en un aeropuerto de cocaína, y lo que es es que ese mismo niño, ahora viejo y enfermo, pasará sus últimos días en el país de su padre, cerrando el círculo con la precisión de una sentencia, demostrando una vez más que en América Latina el realismo y la magia son la misma cosa, y que nuestras vidas son crónicas que alguien escribe desde algún lugar con tinta de sangre y papel de coca.

Comentarios

Entradas populares de este blog

2 : La edad del plomo y el polvo blanco

1. El Génesis del Imperio

9. El Ejército de las Sombras