16. El Mexicano y el Caballo que no Muere
Capitulo 16
El Mexicano y el Caballo que no Muere
En el club caballístico de Pacho, donde los domingos todavía huele a estiércol bendito y a whisky de contrabando, permanece disecado el caballo que sobrevivió a su amo: Tupac Amarú, el equino del millón de dólares, el animal que tuvo fiesta de quince años con mariachis y ponqué de tres pisos, el único ser vivo al que Gonzalo Rodríguez Gacha —alias El Mexicano— amó sin reservas ni traiciones.
Dicen los viejos de la región que cuando las autoridades buscaban al narcotraficante con helicópteros prestados por los gringos y perros entrenados en Fort Bragg, él escondió al caballo en un apartamento de Bogotá, en el piso doce de un edificio del norte. Allí el animal pasó tres meses comiendo heno importado y mirando la ciudad por el ventanal, sin comprender por qué su cielo se había vuelto de concreto y su horizonte de ladrillo, mientras abajo la capital seguía con sus rutinas de oficinistas y vendedores ambulantes que jamás imaginaron que sobre sus cabezas galopaba en círculos el secreto mejor guardado del capo más buscado de Colombia.
El caballo tenía un pequeño lucero en la frente —marca de los elegidos, decían los vaqueros— y dominaba la figura del ocho hacia adelante y hacia atrás sin tropezar jamás, hazaña que Rodríguez Gacha exhibía en sus fiestas con el mismo orgullo con que otros hombres exhiben títulos universitarios o condecoraciones militares.
Cuentan que el día de los quince años del animal, cuando el sol pegaba vertical sobre las tierras de Cundinamarca y los mariachis sudaban tequila bajo sus sombreros bordados, Tupac Amarú bailó al compás de las rancheras mientras los invitados —narcotraficantes, políticos, militares corruptos, sacerdotes que bendecían sin preguntar, mujeres hermosas que no hacían preguntas— aplaudían y bebían vino español en copas de cristal que valían más que el salario anual de un campesino.
El caballo, se dice, era feliz mostrando su galope cuando sonaba la música predilecta de su amo, esas canciones mexicanas que hablaban de traiciones y balazos, de hombres que mueren de pie y mujeres que lloran de rodillas, de tequila y sangre derramada bajo la misma luna indiferente.
Porque Gonzalo Rodríguez Gacha, nacido el catorce de mayo de mil novecientos cuarenta y siete en una familia campesina de Pacho, había llegado al mundo del narcotráfico por el camino de las esmeraldas —esas piedras verdes que en Colombia valen sangre y se pagan con muerte—, ascendiendo en poder durante los años de violencia que convirtieron las zonas esmeraldíferas en campos de batalla donde los mineros morían con las manos llenas de tierra y los ojos vacíos de futuro.
Fue Verónica Rivera de Vargas, amiga de Pablo Escobar, quien lo conectó con el negocio de la cocaína. En mil novecientos setenta y seis Rodríguez Gacha se trasladó a Medellín para unirse a Escobar, Carlos Lehder y los hermanos Ochoa en esa alianza que después el mundo conocería como el Cartel de Medellín, organización que traería a Colombia más dólares que todas sus exportaciones legales juntas y más cadáveres que todas sus guerras civiles del siglo diecinueve.
Su aportación al cartel fue abrir nuevas rutas a través de México, Haití, Los Ángeles y Houston, caminos de polvo blanco que atravesaban fronteras como ríos subterráneos. Su fascinación por la cultura charra —esa obsesión por los sombreros anchos, las espuelas de plata, los corridos que narran hazañas de bandidos— le ganó el apodo de El Mexicano, nombre que llevó con más orgullo que su propio bautismo cristiano.
En la región de Pacho construyó haciendas con nombres que sonaban a geografías imposibles: Cuernavaca, Chihuahua, Sonora, Mazatlán, pedazos de México injertados en las montañas de Cundinamarca, ranchos donde los trabajadores hablaban con acento paisa pero vestían como charros y donde las fiestas duraban tres días con tres noches mientras los helicópteros iban y venían cargados de invitados, coca, armas, dinero en maletas de cuero italiano, mujeres que llegaban de Cali y Cartagena perfumadas y maquilladas como actrices de telenovela.
Cuernavaca, la más lujosa de todas, tenía casa quinta con antena parabólica cuando la televisión por cable era todavía ciencia ficción para el colombiano promedio. Tenía capilla donde un sacerdote sin escrúpulos celebraba misas los domingos y bendecía armas los lunes, gimnasio equipado como los de Miami, piscina olímpica, sauna, baño turco, jacuzzi donde el agua burbujeaba tibia como promesas, vivero con orquídeas que costaban más que un carro, pesebrera para cincuenta caballos de pura sangre, cancha de fútbol con pasto importado de Inglaterra.
Y un lago artificial poblado de gansos que Rodríguez Gacha había traído de Canadá porque le gustaba verlos nadar en círculos al atardecer, cuando el sol se ponía rojo sobre las montañas y todo parecía tan pacífico que uno podía olvidar que esas tierras estaban regadas con sangre de campesinos, policías, jueces, periodistas, candidatos presidenciales.
Pero la tierra tiene memoria, y el dinero del narcotráfico huele siempre a podredumbre sin importar cuánto perfume francés se le eche encima.
Durante los años ochenta, Rodríguez Gacha ayudó a catalizar el explosivo crecimiento del cartel financiando la adopción de tecnologías y conocimiento en seguridad que convertirían al Cartel de Medellín en una organización más poderosa que el propio Estado colombiano. Entre diciembre de mil novecientos ochenta y siete y mayo de mil novecientos ochenta y ocho contrató mercenarios británicos e israelíes —hombres pálidos con ojos fríos que habían matado en Belfast y Beirut— para que entrenaran equipos de asesinos y sicarios.
Entre ellos se destacó Yair Klein, teniente coronel retirado del ejército israelí que lideró un equipo de instructores en Puerto Boyacá, convirtiendo a Rodríguez Gacha en el principal comandante del narcoparamilitarismo en Colombia, esa alianza monstruosa entre traficantes de coca y escuadrones de la muerte que durante años sembraría el terror en los campos y las ciudades mientras los políticos hacían discursos sobre paz y los militares miraban para otro lado contando billetes.
El treinta de abril de mil novecientos ochenta y cuatro, cuando las calles de Bogotá todavía olían a lluvia reciente y a esperanza tonta, el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla —quien había emprendido una cruzada contra el cartel con la ingenuidad de quien cree que la ley puede vencer al dinero— fue asesinado por sicarios en motocicleta. Muchachos de catorce y quince años que cobraban cincuenta mil pesos por jalar el gatillo y que después celebraban en burdeles baratos bebiendo aguardiente y snifando la misma coca que habían ayudado a proteger.
En respuesta, el presidente Belisario Betancur —hombre de buenas intenciones y escaso poder real— anunció un tratado de extradición que forzó a los Ochoa, Escobar, Lehder y Rodríguez Gacha a huir como ratas hacia Panamá. Allí se reunieron con el expresidente Alfonso López Michelsen en el Hotel Marriott de Ciudad de Panamá para negociar una paz que nunca llegaría porque las negociaciones se filtraron a la prensa y el plan se desmoronó como castillo de naipes bajo la lluvia.
Desde la reactivación del proceso de extradición en mayo de mil novecientos ochenta y cuatro, los miembros del Cartel de Medellín se autodenominaron Los Extraditables —nombre que sonaba a grupo revolucionario pero que en realidad era una asociación de criminales aterrados de pudrirse en prisiones gringas— e iniciaron una guerra frontal contra los gobiernos de Colombia y Estados Unidos.
Ese periodo pasó a la historia con el nombre aséptico de narcoterrorismo, palabra burocrática que no alcanzaba a describir el horror de bombas explotando en centros comerciales, aviones cayendo del cielo con más de cien pasajeros inocentes adentro, jueces asesinados frente a sus hijos, periodistas acribillados en sus propias redacciones, policías que amanecían decapitados con mensajes escritos en sus espaldas.
La DEA estimó en mil novecientos ochenta y nueve que el ochenta por ciento de la cocaína consumida en Estados Unidos venía de Colombia, polvo blanco que se aspiraba en fiestas de Wall Street y guetos de Los Ángeles, en baños de discotecas y traseras de limusinas, mientras en Colombia la gente moría por millares y el presidente recién elegido George H.W. Bush concentraba su estrategia antidrogas en el tratado de extradición, como si el problema se resolviera metiendo narcos en jaulas gringas en lugar de atacar la demanda insaciable de su propio país.
El veintiuno de agosto de mil novecientos ochenta y nueve, el fiscal general Dick Thornburgh hizo pública una lista de doce capos requeridos por el gobierno estadounidense: Pablo Escobar, El Mexicano, Carlos Lehder, los hermanos Ochoa —Jorge Luis, Fabio y Juan David—, nombres que sonaban a villanos de película pero que eran hombres de carne y hueso con familias, amantes, miedos, supersticiones, manías.
Durante ese año aciago, Rodríguez Gacha entró en un conflicto más intenso y violento por el control de las minas de esmeraldas, ese negocio donde había comenzado y al que regresaba como el perro vuelve a su vómito. El veintisiete de febrero de mil novecientos ochenta y nueve dirigió un grupo de veinticinco asesinos para ejecutar al magnate de las esmeraldas Gilberto Molina —quien en el pasado había sido su socio y amigo, pero en el mundo del narcotráfico la amistad dura lo que tarda una bala en atravesar un cráneo— junto a dieciocho personas más en una fiesta en la casa de Molina.
Matanza que dejó la sala regada de cadáveres vestidos de gala, copas de champán derramadas sobre charcos de sangre, una orquesta que seguía tocando vallenatos porque nadie les había dicho que pararan.
Se le acusaba también del asesinato del presidente del partido político Unión Patriótica, Jaime Pardo Leal, ejecutado el doce de octubre de mil novecientos ochenta y siete en respuesta a ataques de la guerrilla a sus laboratorios en la región de los Llanos Orientales, porque para Rodríguez Gacha la política era una extensión de la guerra y la guerra era la única forma de política que entendía.
Y tanto Pablo Escobar como Rodríguez Gacha y Alberto Santofimio estaban implicados en el magnicidio del candidato presidencial Luis Carlos Galán el dieciocho de agosto de mil novecientos ochenta y nueve, asesinato que dejó a Colombia huérfana de su mejor esperanza y cubierta de un luto que todavía hoy no termina de secarse.
En respuesta a esta ola de violencia que hacía parecer a Colombia un país en guerra civil permanente, el presidente Virgilio Barco lanzó una ofensiva contra los carteles que incluía el restablecimiento del tratado de extradición. Al principio el gobierno obtuvo victorias por medio de arrestos, desmantelamiento de laboratorios donde la coca se cocinaba en ollas gigantes como si fuera sancocho, destrucción de pistas clandestinas talladas en medio de la selva.
Los capos respondieron declarando la guerra total al Estado y poniendo bombas en los principales centros urbanos del país: la bomba de la sede del DAS el seis de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve que dejó más de cincuenta muertos y convirtió el edificio en un esqueleto de concreto retorcido, y la bomba en el vuelo 203 de Avianca el veintisiete de noviembre del mismo año que mató a ciento siete personas incluyendo dos norteamericanos.
Avión que explotó en el aire como un pájaro de metal alcanzado por el rayo de la maldad pura, esparciendo pedazos de cuerpos y maletas sobre los campos de Cundinamarca mientras los campesinos miraban al cielo y se preguntaban qué clase de infierno había descendido sobre su país.
El gobierno se enfocó entonces en capturar a los cabecillas del cartel y tuvo un golpe de suerte —o de traición, que en el mundo del narcotráfico son la misma cosa— cuando el hijo de Rodríguez Gacha, llamado Freddy Rodríguez Celades, fue detenido por posesión ilegal de armas al norte de Bogotá. Lo retuvieron más tiempo del permitido por la ley, presionándolo para que entregara a su padre, pero el muchacho se mantuvo callado con esa lealtad sangrienta que es lo único que el narcotráfico respeta.
Cuando lo liberaron, Freddy los condujo inconscientemente —o quizás con plena consciencia, quién puede saberlo— al escondite de su padre en un rancho de Tolú, pueblo costero donde el mar Caribe lame las playas con lengua tibia y las palmeras se mecen bajo el viento que viene de Cartagena.
Pero antes de llegar a ese momento final, antes de que Gonzalo Rodríguez Gacha se convirtiera en cadáver y leyenda, estaba la traición de Jorge Velásquez, mecánico de Buenaventura convertido en informante, hombre al que el Cartel de Cali —enemigo mortal del Cartel de Medellín— le pagó un millón de dólares para infiltrarse como gusano en la manzana podrida.
Velásquez, propietario de una modesta compañía naviera en Cartagena que atravesaba por una precaria situación económica —porque en Colombia siempre hay hombres desesperados dispuestos a vender su alma por un puñado de dólares—, aceptó la propuesta y comenzó a esparcir el rumor de los éxitos de su naviera en la exportación de droga, anzuelo perfecto para que Rodríguez Gacha mordiera.
No pasó mucho tiempo antes de que El Mexicano le propusiera trabajo, encargo imposible que Velásquez aceptó sabiendo que no podía cumplir: uno de sus buques debía recoger armamento en Israel para las autodefensas campesinas del Magdalena Medio, pero sus barcos no tenían capacidad para semejante cargamento, así que propuso llevarlo hasta Antigua y de ahí meterlo a Colombia en lanchas rápidas que cortaban las olas como cuchillos el aire.
Rodríguez Gacha aceptó y en abril de mil novecientos ochenta y nueve el cargamento de quinientos fusiles automáticos llegó a las costas colombianas, armas que servirían para matar campesinos acusados de ser guerrilleros, guerrilleros acusados de ser campesinos, y cualquiera que estuviera en medio cuando los tiros comenzaran a sonar.
Conquistada la confianza del narcotraficante, Velásquez —quien se ganó el apodo de El Navegante en la pila bautismal de Rodríguez Gacha— se dedicó a sacar cocaína de las costas de Colombia hacia mar abierto en lanchas rápidas que entregaban la mercancía a embarcaciones de mayor calado. Todo lo que hacía se lo reportaba al Cartel de Cali y a tres oficiales de la Policía colombiana, porque en esa guerra nadie sabía realmente para quién trabajaba y las lealtades cambiaban según soplara el viento de los billetes.
A finales de mil novecientos ochenta y nueve, Rodríguez Gacha era el hombre más buscado en Colombia, acusado de la muerte de Galán y de la bomba de Avianca, pero también era uno de los más ricos del planeta según la revista Forbes, que en mil novecientos ochenta y ocho lo citó entre los hombres más acaudalados del mundo. Fortuna construida sobre cadáveres y coca, sobre sangre y polvo blanco.
Cada vez que las autoridades estaban a punto de detenerlo recibía un aviso y escapaba como fantasma, porque en Colombia todo se filtraba, todo se compraba, todo se vendía, incluyendo la información sobre operativos policiales.
A mediados de diciembre de ese año maldito, Rodríguez Gacha llegó a Cartagena y puso su seguridad en manos de Velásquez, no sin antes advertirle que el Estado Mayor le había informado que uno de sus colaboradores estaba pasando información sobre su paradero.
«Hay que matar a ese hijueputa», dijo El Mexicano, y Velásquez —que estaba temblando por dentro aunque sonreía por fuera— repetía «Sí, señor, hay que matarlo», sabiendo que hablaban de él mismo, de su propia traición, de su propia muerte anunciada.
Además de responder por su seguridad, Velásquez se encargó de llevarle comida y noticias a su jefe hasta una finca cercana a Cartagena, y pensó que podría envenenarlo con uno de los cocteles de langostinos que le encantaban al narcotraficante —esos mariscos rojos como la sangre que él había derramado—, pero no fue capaz.
«No quería pasar a la historia como el hombre que envenenó a Gacha», explicaría después, «eso no tendría gracia», como si la muerte tuviera que ser espectacular para merecer ser recordada, como si el veneno fuera muerte de cobarde y el tiro muerte de valiente.
En esos días llegó a acompañar a Rodríguez Gacha su hijo Freddy, y Velásquez fue encargado de organizar una fiesta con mujeres y licor, última bacanal antes del apocalipsis, pero la fiesta fue cancelada porque las autoridades corruptas alertaron que se estaba preparando una operación para capturarlo.
Dos días después, cuando Velásquez estaba a punto de conciliar el sueño en su casa de Cartagena, recibió una llamada para que se presentara de inmediato donde Rodríguez Gacha. Sin ningún plan en mente preparó una lancha rápida en la que se embarcaron El Mexicano, su hijo Freddy y un cercano colaborador del narcotraficante apodado La Yuca.
Los fugitivos pasaron la noche en las cercanas Islas del Rosario —esas islas paradisíacas donde los turistas toman sol sin saber que duermen sobre tumbas de agua— y al amanecer salieron hacia Tolú, donde se hospedaron en una casa de recreo que olía a sal y a miedo.
Al día siguiente, El Navegante salió en la lancha con uno de los hombres de Rodríguez Gacha para «reconocer» los alrededores, y en su recorrido un helicóptero se posó a pocos metros de la embarcación como ángel mecánico enviado por un dios sin misericordia. Los policías que lo ocupaban dieron la orden de acercarse a la orilla, y Velásquez obedeció sabiendo que eran sus amigos, sus cómplices, sus salvadores o sus verdugos según se mirara.
Apuntándole con las armas, los oficiales lo hicieron tirarse en la arena a él y a su acompañante, teatro perfectamente ensayado. Bajo el mando de un oficial con quien Velásquez trabajaba en la operación, los agentes levantaron al infiltrado y fingieron un interrogatorio a pocos metros, mientras Velásquez les indicaba el lugar donde se encontraba Rodríguez Gacha, haciendo un croquis sobre la arena como si fuera niño dibujando castillos en la playa.
A los pocos minutos de dejar en libertad la embarcación, los policías cambiaron de planes y le dijeron a Velásquez que sería mejor que subiera en el helicóptero para que les mostrara el escondite del narcotraficante. En ese punto ejecutaron al hombre de Rodríguez Gacha —bala en la nuca, cuerpo que cae en la arena, sangre que la marea borrará en pocas horas— y salieron con Velásquez hacia el refugio a bordo del helicóptero, máquina ruidosa que volaba bajo sobre el mar color turquesa.
Cuando llegaron al lugar, el quince de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve —fecha que quedaría grabada en la historia de Colombia con letras de sangre y coca—, Rodríguez Gacha y su hijo salían despavoridos de la habitación, corriendo como animales acorralados que saben que ha llegado su hora.
Un artillero que iba a bordo del helicóptero lanzó las primeras ráfagas y en la confusión perdieron de vista a Rodríguez Gacha y su gente, pero en ese momento un camión con carpa salió del predio y Velásquez gritó: «Sigan al camión, ahí va Gacha».
El camión tomó la carretera hacia al sur con el helicóptero encima como ave de rapiña persiguiendo ratón, y las balas hacían volar pedazos de asfalto en una coreografía de plomo y muerte que parecía película gringa pero era realidad colombiana, pura y dura.
Del camión empezaron a lanzarse algunos de los hombres de Rodríguez Gacha, cuerpos que rodaban por el pavimento, pero el capo no estaba a la vista hasta que se dieron cuenta de que Gacha iba manejando el camión él mismo, manos en el volante, ojos en el retrovisor viendo al helicóptero que se acercaba como destino inevitable.
Al ver que en sentido contrario venía una caravana de oficiales de la Marina que se dirigían a hacer un relevo de rutina sin saber de la operación —porque en Colombia ni siquiera las instituciones del Estado se hablan entre sí—, Rodríguez Gacha abandonó el camión y se internó entre montes y platanales, corriendo con esa desesperación de quien sabe que no hay salida pero corre de todos modos porque el cuerpo se niega a aceptar lo que la mente ya comprende.
Su carrera perdió bríos al enredarse con los alambres de púas que le levantaron el cuero cabelludo como si una mano invisible le arrancara el sombrero de carne.
Fue entonces, con la cara ensangrentada y el cráneo medio pelado, cuando Gonzalo Rodríguez Gacha se detuvo bajo la barriga del helicóptero. Antes de que Jorge Velásquez pudiera siquiera respirar, antes de que el artillero de la Policía Nacional apretara el gatillo, El Mexicano levantó la mano derecha, hizo con el dedo índice ese gesto vulgar que en Colombia significa «vete al carajo», miró a Velásquez con una expresión de rabia que el infiltrado nunca olvidaría, se puso algo frente a la cara —artefacto pequeño, más pequeño que una granada, más grande que todo su imperio de coca y sangre— y se hizo explotar el rostro él mismo.
Porque nadie, ni siquiera el Estado con todos sus helicópteros prestados por los gringos, tendría el privilegio de matarlo. Porque Gonzalo Rodríguez Gacha había vivido según sus propias reglas y moriría según su propia voluntad, autodestruyéndose en un acto final de orgullo y desesperación que lo convertiría en leyenda.
El helicóptero aterrizó en la zona y Velásquez se acercó temblando al cadáver para confirmar que era Rodríguez Gacha, cuerpo destrozado que ya no parecía hombre sino montón de carne y ropa ensangrentada.
«En ese momento, y no sé por qué, me dieron ganas de untarme de la sangre de Gacha en la cara», contaría después, «no lo hice porque soy una persona muy escrupulosa», como si hubiera algo de escrupuloso en traicionar a un hombre hasta su muerte, como si la sangre en las manos fuera peor que la sangre en la conciencia.
Freddy y otros hombres de Rodríguez Gacha fueron abatidos en un área cercana, cuerpos que caían como moscas, muchachos que habían crecido soñando con ser narcos y morían antes de cumplir veinticinco años, carne joven desperdiciada en una guerra que nadie ganaría jamás.
Velásquez se enfermó durante tres días después de la operación, vomitando todo lo que comía, sudando pesadillas, viendo en cada sombra el rostro ensangrentado de El Mexicano.
El millón de dólares que le pagó el Cartel de Cali se lo gastó en reclutar un ejército de escoltas —la mayoría mujeres, porque desconfiaba de los hombres— para responder a la violenta ofensiva de Pablo Escobar, el sobreviviente cabecilla del Cartel de Medellín que juró vengarse de todos los traidores y que pondría precio a la cabeza de El Navegante, obligándolo a huir primero a Panamá, después a Miami, y finalmente al sur de la Florida.
Allí hoy disfruta del ocaso del guerrero en su hogar gringo, desempolvando fotos y apuntes para ofrecer su historia al mejor postor en el mundo de los seriados de televisión, porque en esta época todo se vende, incluso las traiciones, especialmente las traiciones.
Pero volvamos a lo que importa, volvamos al caballo que sobrevivió cuando su amo murió: Tupac Amarú, que después de la muerte de Rodríguez Gacha siguió viviendo en la hacienda La Chihuahua hasta que un día su estómago dejó de digerir los alimentos que le brindaban —porque hasta los caballos mueren de tristeza cuando pierden a quien aman— y la familia no logró disecar todo el cuerpo pero los expertos se tomaron el trabajo de conservar la cabeza.
La esposa de El Mexicano quería enterrar al animal pues no le gustaban los caballos, detestaba esas bestias que le habían robado más atención de su marido que todas sus amantes juntas.
Hoy Tupac Amarú permanece en el club caballístico de Pacho, cabeza disecada con ojos de vidrio que miran sin ver, pequeño lucero en la frente que ya no brilla, y los viejos del pueblo lo visitan los domingos y le cuentan historias como si todavía pudiera escucharlas, le llevan flores como si fuera santo, le susurran secretos como si pudiera guardarlos.
La población de Pacho admira a este caballo —o a lo que queda de él— porque su descendencia le ha dado trabajo a muchas personas que tienen criadero en ese municipio, potros y potrancas que llevan en las venas la sangre del equino del millón de dólares y que se venden bien en las ferias ganaderas, última herencia útil de Gonzalo Rodríguez Gacha, porque todo lo demás que dejó fue maldición pura.
Las haciendas con nombres mexicanos hoy son fantasmas de lo que fueron.
Cuernavaca, la que fuera la más lujosa con su casa quinta, antena parabólica, capilla, gimnasio, piscina, sauna, baño turco, jacuzzi, vivero, pesebrera para cincuenta caballos, cancha de fútbol y lago de gansos, no tiene luz desde hace tres años por falta de pago. Hoy no hay dinero para su mantenimiento y sólo tiene cinco trabajadores que se dedican al ordeño de nueve vacas y al cuidado de quince novillos.
Los gansos que Rodríguez Gacha trajo de Canadá —esos gansos que nadaban en círculos al atardecer cuando todo parecía posible— se han convertido en herbívoros por falta de maíz concentrado y ahora pastan en la cancha de fútbol como ovejas desnortadas, aves acuáticas que olvidaron el agua, animales imposibles en un paisaje de decadencia cómica.
Lo mismo ocurre con la hacienda Mi Mazatlán, donde hay veinticinco vacas lecheras cuyo ordeño sirve para mantener apenas la operación, y las otras labores de sus seis trabajadores son el herraje y el arreglo de cercas y zanjas, mientras el único alimento de los equinos es el pasto porque no hay dinero para concentrados ni para melaza.
Santa Rosa, la tercera hacienda, está ubicada a una hora de Pacho y es ocupada por tres trabajadores contratados por el Incora que se dedican a ordeñar veintitrés vacas y a cultivar una hectárea de papa. Otras trece vacas ya viejas están sólo para dar cría, y un toro les hace compañía en los pastizales sin saber que reina sobre un imperio de miseria. La casona está bajo llave y tiene una antena parabólica inservible apuntando al cielo como mano mendiga que pide señales que nunca llegarán.
Paradójicamente, hace nueve años, en esas tierras de más de cuatrocientas hectáreas en Cuernavaca, el Ejército colombiano decomisó dos guacas con algo más de diez millones de dólares.
Lo mismo ocurrió en Mi Mazatlán, donde el trece de febrero de mil novecientos noventa las unidades militares encontraron una tercera guaca con ocho millones de dólares, lingotes de oro que pesaban veintisiete mil gramos y una moneda de Sudáfrica en oro que brillaba como ojo de diablo.
Y en Santa Rosa, las autoridades descubrieron en mil novecientos noventa la cuarta guaca con seis millones novecientos noventa y siete mil dólares enterrados en canecas de plástico que olían a tierra mojada y a sueños podridos.
En total, la fortuna confiscada por el Ejército en las tres haciendas de Pacho asciende aproximadamente a veintiséis millones de dólares, cifra que suena a redención pero que no ha servido de nada, porque ese dinero maldito permanece bajo custodia en el Banco de la República mientras abogados y jueces discuten su destino en tribunales donde la justicia se mueve más lento que caracol cuesta arriba.
Esta enorme fortuna no ha servido para nada: ni para pagar la luz de Cuernavaca, ni para alimentar a los gansos que ahora comen pasto de fútbol, ni para comprar concentrado para los caballos descendientes de Tupac Amarú, ni para pagarles un salario digno a los trabajadores que ordeñan vacas en tierras que alguna vez fueron paraíso de narcotraficantes.
La esposa y los tres hijos de Rodríguez Gacha han intentado recuperar esa fortuna desde mil novecientos ochenta y nueve, cuando el capo murió en aquel operativo de Tolú, pero un fallo judicial acaba de oponerse a su ofensiva jurídica.
El Tribunal Administrativo de Cundinamarca negó una demanda presentada por los herederos de El Mexicano que buscaba anular las decisiones por medio de las cuales la Superintendencia de Control de Cambios y la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales definieron el destino de esos recursos.
Los herederos pidieron además el reintegro de la millonaria suma y el reconocimiento de los respectivos intereses causados durante los últimos nueve años —como si el dinero del narcotráfico generara intereses legítimos, como si las guacas tuvieran derecho a crecer en los bancos como inversiones honestas—, pero la Sección Primera, con ponencia de la magistrada Beatriz Martínez Quintero, no acogió ninguno de los argumentos del abogado de los Rodríguez.
En mil novecientos noventa, en su declaración de renta —porque hasta los narcotraficantes muertos declaran impuestos en este país absurdo—, los familiares de El Mexicano reportaron la tenencia de veinticinco millones cuatrocientos setenta y cinco mil dólares en efectivo y de los lingotes de oro por valor de doscientos setenta y ocho mil dólares.
Para esa fecha, las divisas y el oro estaban bajo custodia del Banco de la República, mientras la Superintendencia de Control de Cambios definía la situación jurídica, pero los Rodríguez insistían en ser los propietarios y nuevamente registraron los bienes en la declaración de renta de mil novecientos noventa y uno, como si la insistencia pudiera convertir lo ilegal en legal, como si declarar algo lo hiciera legítimo.
Pero hay más, siempre hay más en las historias del narcotráfico colombiano.
En marzo de dos mil seis, el misterioso maletín negro de El Mexicano —ese maletín que nunca abandonó en vida y que desapareció mágicamente el quince de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve— volvió a salir a la luz pública cuando se reveló que Estados Unidos recibió sesenta millones de dólares para «borrar» cualquier indicio que permita involucrar a los herederos de El Mexicano en los múltiples juicios que se le siguen al narcotraficante.
Los investigadores descubrieron un cerro de documentos incautados durante los allanamientos realizados a propiedades de Rodríguez Gacha, y uno de los documentos llamó la atención: era la copia de un acuerdo judicial realizado hacía cerca de diez años en Estados Unidos por un abogado que representaba a los herederos del sanguinario capo.
Los agentes descubrieron una operación secreta como resultado de la cual la justicia estadounidense obtuvo el dinero depositado en veinticuatro cuentas manejadas por testaferros de El Mexicano en bancos de Hong Kong, Suiza, Luxemburgo y Austria —esos paraísos fiscales donde el dinero sucio se lava con agua bendita bancaria—, y a cambio de eso, los herederos de Rodríguez Gacha quedaron liberados de cargos de conspiración para introducir cocaína a ese país y ocultamiento de los frutos de sus actividades ilegales.
El senador Javier Cáceres anunció un debate en el Congreso, preguntándose con voz indignada: «Si la inmunidad judicial se compra en Estados Unidos con dinero, ¿por qué debe Colombia seguir con lo más duro y sangriento del esfuerzo, y recibir apenas las migajas de los millonarios recursos incautados?».
Pregunta retórica que nadie respondió porque en el fondo todos sabían la respuesta: porque Colombia siempre ha puesto los muertos y los gringos siempre se han quedado con el dinero, porque así funciona el mundo y así seguirá funcionando hasta que el mundo se acabe o cambie, lo que ocurra primero.
Los dólares y los lingotes de oro, por el momento, no pueden entrar a engrosar el proceso de sucesión que actualmente adelanta la familia de El Mexicano en el juzgado Segundo Promiscuo Municipal de Zipaquirá, y el Consejo de Estado tiene la última palabra en el caso de las guacas malditas que no sirven para nada excepto para mantener ocupados a abogados y jueces que cobran por hora mientras las haciendas se derrumban, los gansos comen pasto de fútbol, las vacas dan cada vez menos leche, y los trabajadores sobreviven con salarios de miseria en tierras que alguna vez nadaron en coca y champán.
Cuentan en Pacho —y quien lo cuenta jura haberlo visto con sus propios ojos, aunque en Pacho todos juran haber visto todo— que cientos de cazafortunas invadieron los predios de Rodríguez Gacha en los días siguientes a su muerte, buscando las canecas repletas de dinero que la leyenda decía que estaban enterradas en cada rincón, pero sobre todo buscando el codiciado maletín negro que El Mexicano nunca abandonó y que el quince de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve desapareció misteriosamente, como si se lo hubiera tragado la tierra o como si hubiera volado al cielo convertido en pájaro negro.
Algunos dicen que lo encontró un campesino que ahora vive en Miami bajo nombre falso, otros juran que lo tiene escondido un militar corrupto que después se volvió político, otros aseguran que nunca existió y que era sólo un mito que Rodríguez Gacha cultivó para sembrar miedo y codicia en partes iguales.
Pero lo que sí existe, lo que nadie puede negar, lo que permanece como testimonio irrefutable de que Gonzalo Rodríguez Gacha caminó sobre esta tierra y la marcó con su huella de sangre y coca, es Tupac Amarú, el caballo disecado que reposa en el club caballístico de Pacho, con su pequeño lucero en la frente y sus ojos de vidrio que ya no ven pero que fueron testigos de fiestas que duraban tres días, de mariachis que tocaban hasta el amanecer, de mujeres hermosas que bailaban descalzas sobre el pasto importado de Inglaterra, de hombres armados hasta los dientes que bebían whisky y hacían negocios que movían toneladas de coca hacia el norte insaciable.
Los domingos, cuando el sol pega fuerte sobre Pacho y las calles huelen a fritanga y a esperanza pobre, los habitantes del pueblo visitan al caballo como quien visita a un santo en su capilla, le llevan flores que depositan a sus pies, le cuentan sus problemas como si todavía pudiera escucharlos, le piden milagros que nunca llegan pero que igual piden porque la fe es lo último que se pierde cuando ya se ha perdido todo lo demás.
Los niños lo miran con ojos grandes y preguntan si es verdad que el caballo tuvo fiesta de quince años, y los abuelos responden que sí, que es verdad, que todo es verdad en esta historia donde la mentira y la verdad se han mezclado tanto que ya nadie sabe dónde termina una y empieza la otra.
Los potros y potrancas descendientes de Tupac Amarú —herederos de sangre noble mezclada con sangre maldita— se venden en las ferias ganaderas de la región a compradores que buscan caballos con pedigrí y encuentran animales con leyenda, porque en Colombia hasta los caballos tienen historia de narcotráfico y nadie se sorprende de eso.
Nadie encuentra raro que la descendencia de un equino que perteneció a uno de los criminales más sanguinarios del país ahora sea fuente de trabajo honesto para familias campesinas que crían potros sin preguntarse de dónde vienen, sin importarles que en las venas de esos animales corra la sangre del caballo que presenció asesinatos, tráfico de armas, envíos de coca, reuniones donde se decidían destinos de políticos y periodistas.
En las noches, cuando Pacho duerme bajo el cielo de Cundinamarca lleno de estrellas indiferentes, algunos juran escuchar el relincho de Tupac Amarú que sale del club caballístico como queja de ultratumba, y otros dicen que es sólo el viento que silba entre las rendijas del edificio viejo.
Pero los viejos del pueblo saben que es el alma del caballo que todavía busca a su amo, que todavía espera escuchar la música mexicana que lo hacía bailar, que todavía recuerda las fiestas donde era el centro de atención y todos los invitados —narcotraficantes, políticos, militares, sacerdotes, putas de lujo— lo admiraban y aplaudían mientras él galopaba orgulloso haciendo la figura del ocho hacia adelante y hacia atrás sin tropezar jamás.
Las haciendas Cuernavaca, Chihuahua, Sonora, Mazatlán, Mi Mazatlán, Santa Rosa —esos pedazos de México injertados en las montañas de Cundinamarca— hoy son monumentos involuntarios a la futilidad del dinero mal habido, catedrales de la decadencia donde los gansos pastan en canchas de fútbol, las vacas dan poca leche, los caballos comen sólo pasto, las antenas parabólicas apuntan al cielo sin recibir señal, las piscinas están secas y llenas de hojas muertas, los jacuzzis no tienen agua, los saunas están fríos, los gimnasios tienen pesas oxidadas que nadie levanta.
Las capillas tienen altares sin flores donde ningún sacerdote celebra misa, y las casas quintas están cerradas con candados que nadie abre porque nadie quiere entrar a esos lugares donde todavía se respira el fantasma de Gonzalo Rodríguez Gacha, donde todavía se escuchan los ecos de fiestas que nunca terminaron del todo, donde todavía se siente el olor a pólvora y perfume francés mezclados, donde todavía flotan en el aire los gritos de los que murieron por orden de El Mexicano y los que murieron para matarlo.
Los veintiséis millones de dólares encontrados en las guacas duermen en las bóvedas del Banco de la República mientras abogados cobran por discutir sobre su destino, mientras jueces firman sentencias que nadie lee, mientras la burocracia colombiana hace lo que mejor sabe hacer: convertir todo en trámite eterno, en proceso infinito, en expediente que crece y crece sin llegar nunca a ninguna parte.
Ese dinero que podría arreglar las haciendas, pagar salarios dignos, comprar concentrado para los caballos, darles maíz a los gansos para que vuelvan a ser gansos y dejen de ser herbívoros absurdos, ese dinero permanece inmóvil, inútil, maldito, porque el dinero del narcotráfico no sirve para nada bueno ni siquiera después de incautado, ni siquiera después de blanqueado por sentencias judiciales, porque lleva en su esencia la maldición de la sangre con que fue ganado.
Y mientras tanto, en Tolú, donde Gonzalo Rodríguez Gacha se hizo explotar el rostro un quince de diciembre de mil novecientos ochenta y nueve, los turistas toman sol en las playas sin saber que pisan tierra regada con la sangre de El Mexicano y su hijo Freddy.
Sin imaginar que ese pedazo de costa fue escenario de la persecución en helicóptero más famosa de la historia del narcotráfico colombiano, sin sospechar que debajo de la arena donde entierran sus pies para sentir el frescor puede haber todavía casquillos de bala, pedazos de hueso, fragmentos de la historia violenta de un país que prefiere olvidar antes que recordar, que prefiere construir hoteles sobre cementerios antes que mantener viva la memoria de sus muertos.
Jorge Velásquez, El Navegante, el hombre que traicionó a Rodríguez Gacha por un millón de dólares que después gastó en escoltas —la mayoría mujeres porque desconfiaba de los hombres, porque los hombres traicionan y él lo sabía mejor que nadie—, hoy vive en el sur de la Florida disfrutando del ocaso del guerrero.
Desempolva fotos y apuntes para ofrecer su historia al mejor postor en el mundo de los seriados de televisión donde todo se vende y todo se compra, donde las traiciones se convierten en guiones, donde los muertos se resucitan para morir otra vez en pantallas de alta definición.
En entrevistas con periódicos gringos cuenta su versión de los hechos, explica cómo infiltró al Cartel de Medellín, describe el momento en que vio a Rodríguez Gacha hacerse explotar el rostro, confiesa que tuvo ganas de untarse la sangre del capo en la cara pero no lo hizo porque es «una persona muy escrupulosa», y al final siempre termina diciendo: «De ahí salía muerto, él o yo o los dos. Y yo gané, llevo veinte años con vida».
Como si la vida que lleva fuera premio y no castigo, como si no tuviera que ver cada noche el rostro ensangrentado de El Mexicano antes de dormir, como si no escuchara en sueños el relincho de Tupac Amarú buscando a su amo muerto.
Pero lo que Velásquez no sabe, lo que nadie sabe excepto los viejos de Pacho que guardan el secreto como se guarda un tesoro, es que Tupac Amarú todavía lo está esperando, que el caballo disecado en el club caballístico no es sólo un cadáver embalsamado sino un guardián de memoria, un testigo silencioso de todo lo que pasó y todo lo que pasará.
Porque en Colombia los muertos nunca terminan de morirse del todo y los caballos tampoco, porque en este país de realismo mágico y violencia cotidiana las leyendas permanecen cuando los hombres desaparecen, porque al final lo único que queda de Gonzalo Rodríguez Gacha —alias El Mexicano, narcotraficante, asesino, amante de caballos y música mexicana, hombre que construyó un imperio de coca y sangre y lo vio desmoronarse en un paraje desolado de la costa norte— es un caballo disecado con un pequeño lucero en la frente y ojos de vidrio que ya no ven pero que vieron todo, absolutamente todo.
Los domingos en Pacho, cuando el sol se pone rojo sobre las montañas de Cundinamarca y las sombras se alargan sobre las calles polvorientas, los habitantes del pueblo se reúnen en el club caballístico para rendir homenaje al caballo que fue más buscado que su propio dueño, al animal que tuvo fiesta de quince años con mariachis, al equino del millón de dólares que hoy vale más muerto que muchos hombres vivos.
Y mientras lo miran con esa mezcla de admiración y tristeza que sólo los colombianos saben sentir, mientras le cuentan sus problemas y le piden milagros que nunca llegan, mientras los niños preguntan si es verdad que el caballo bailaba al son de las rancheras, Tupac Amarú permanece inmóvil con su cabeza disecada y su pequeño lucero en la frente, último tesoro de El Mexicano, único legado que no está maldito, única herencia que no trae desgracia a quien la posee.
Porque al final, cuando se han contado todos los muertos, cuando se han sumado todos los millones incautados, cuando se han cerrado todos los expedientes judiciales, cuando las haciendas se han derrumbado completamente y los gansos han olvidado que alguna vez fueron aves acuáticas, cuando el último descendiente de Tupac Amarú ha sido vendido en la última feria ganadera y nadie recuerda ya de dónde viene su linaje, cuando Jorge Velásquez ha muerto en su exilio dorado de Florida perseguido por fantasmas que sólo él puede ver, cuando los veintiséis millones de dólares de las guacas finalmente han sido repartidos entre funcionarios corruptos y abogados sin escrúpulos, cuando todo lo que fue el imperio de Gonzalo Rodríguez Gacha se ha convertido en polvo y leyenda, todavía quedará en el club caballístico de Pacho la cabeza disecada de un caballo con un pequeño lucero en la frente.
Y los viejos del pueblo seguirán visitándolo los domingos, seguirán contándole historias, seguirán jurando que en las noches se escucha su relincho, y los turistas que pasen por Pacho preguntarán quién fue Tupac Amarú y los nietos de los que conocieron a El Mexicano responderán: «Fue el caballo de un narcotraficante», y esa respuesta será suficiente y no será suficiente, será verdad y será mentira, será todo y será nada.
Porque en Colombia las historias del narcotráfico son así: monumentos a la futilidad construidos con sangre, coca y sueños imposibles que terminan siempre de la misma manera: con cadáveres en la costa, fortunas incautadas que no sirven para nada, haciendas convertidas en ruinas, y caballos disecados que sobreviven a sus amos para recordarnos que al final, cuando todo ha terminado, lo único que permanece es la belleza absurda de un animal que tuvo fiesta de quince años y bailaba al son de mariachis en las montañas de Cundinamarca.
Mientras su dueño —ese hombre que se hacía llamar El Mexicano sin haber nacido en México— construía su camino hacia la muerte con cada kilo de coca que enviaba al norte, con cada bala que ordenaba disparar, con cada enemigo que mandaba eliminar, sin saber que su único legado verdadero no serían los millones enterrados en guacas malditas ni las haciendas con nombres de ciudades mexicanas, sino un caballo con un pequeño lucero en la frente que lo amó sin juzgarlo.
Y que hoy, disecado en un club caballístico de pueblo, sigue siendo el más preciado tesoro de un hombre que tuvo todo y terminó con nada, que fue temido por miles y amado por nadie excepto por un animal que no sabía distinguir entre el bien y el mal, entre la coca y el maíz, entre la sangre derramada y el agua limpia, y que por eso mismo pudo amarlo con esa pureza que sólo los animales y los santos poseen, esa inocencia que permite amar incluso a los monstruos cuando los monstruos les dan de comer y los sacan a galopar bajo el sol de Cundinamarca mientras la música mexicana suena y el mundo, por un momento brevísimo, parece un lugar donde hasta un narcotraficante puede ser feliz.
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