15.Las Palomas Blancas

 

Capitulo 15
Las Palomas Blancas:
Crónica de las Cuarenta y Nueve

Fue en aquel septiembre de los aguaceros negros —cuando las carreteras de Antioquia amanecieron sembradas de cuerpos como quien siembra maíz en tierra maldita— que Colombia supo que había cosas peores que la muerte, y que el deseo de un hombre poderoso podía convertirse en mortaja para cuarenta y nueve muchachas que solo habían querido dejar de ser pobres por una noche.

Dicen los viejos del Cártel de Medellín que Pablo Escobar Gaviria —ese hombre que la revista Forbes puso en su lista de ricos como quien enumera planetas— no mentía cuando advertía a sus amantes ocasionales, después del sexo y mientras daba dos o tres pitadas a un cigarrillo de marihuana que dejaba en el aire un olor dulzón mezclado con el perfume barato de las muchachas: «Niñas pórtense bien, no sean mal habladas que por eso es que las matan». Lo decía con la misma serenidad con que otros hombres hablan del clima, con esa voz que raspaba suave como lija fina, mientras sus dedos —dedos cortos, de uñas limpias, dedos de hombre que nunca había trabajado la tierra— acariciaban distraídamente las sábanas de seda que costaban más que tres meses de salario de un obrero.

Para las delatoras no había piedad, y esa verdad era tan antigua como las montañas que rodean Medellín, tan inevitable como la lluvia que cae sobre los barrios pobres donde las niñas crecen soñando con escapar de la miseria aunque sea por la puerta equivocada.

Los Señuelos y las Vírgenes

Pablo tenía debilidad por las niñas vírgenes —de catorce a diecisiete años, esa edad en que el cuerpo apenas está aprendiendo a ser mujer y el alma todavía cree en los cuentos de hadas—, y para cazarlas había reclutado un grupo de jóvenes apuestos a quienes llamaba Los Señuelos, muchachos de sonrisa fácil y promesas envueltas en billetes que iban detrás de estas criaturas con la orden de seducirlas, de llenarles la cabeza de sueños del tamaño de autopistas, para finalmente arrojarlas a los brazos del Patrón como quien entrega una ofrenda al dios de la montaña.

Antes del sacrificio —porque de eso se trataba, aunque nadie lo llamara así— les ponían delante de sus asombrados ojos adolescentes un fajo de billetes que ellas jamás podrían soñar en toda su vida de pobreza y humillaciones. Pablo se reía junto a sus sicarios: «Al ver los billetes pierden la brújula», y era verdad que el dinero obraba en esas muchachas el mismo efecto que la luna llena sobre los lobos, transformándolas en seres distintos, dispuestas a vender lo único que les pertenecía con título de propiedad: su inocencia.

Cuentan que el cuerpo de la primera —semidesnuda y muy maquillada como una virgen pagana preparada para el altar— estaba al costado de una carretera que llevaba a Medellín, y que su torneada figura de apenas quince años había recibido veintiocho impactos de bala. El asesino había disparado formando una cruz del sexo a la barbilla y sobre el pecho de la niña, como si intentara bendecirla o maldecirla, o ambas cosas a la vez, que en esa Colombia de los años sangrientos ya no había mucha diferencia entre una cosa y la otra. La madrugada olía a tierra mojada y a pólvora vieja, y las hormigas ya habían comenzado su trabajo paciente sobre la sangre coagulada que formaba un charco oscuro, casi negro, con reflejos metálicos bajo la luz naciente del sol.

«Esta pelada no llega a los quince», dijo uno de los policías que encontró el cadáver, probando con la punta de su bota el brazo rígido de la muchacha, mientras escupía al suelo un resto de café amargo que le dejaba un sabor a ceniza en la lengua.

«Seguro, si es una de las palomas blancas del patrón», aportó su compañero, encendiendo un cigarrillo con manos que temblaban levemente, no por el frío de la mañana sino por algo más profundo, algo que tenía que ver con tener hijas de la misma edad en casa. La víctima era una de esas muchachas de barrios humildes que Pablo buscaba para sus orgías, esas niñas que vivían en casas donde dormían tres hermanos en una habitación sofocante y cuyas madres vendían pan en las panaderías y cuyos padres arreglaban motores ajenos sin poder nunca arreglar el motor roto de sus propias vidas.

El Poder y Sus Promesas

A las mujeres no les atraía solo el dinero de Pablo. Las muchachas habían escuchado que el Patrón era un buen marido —casado con María Victoria Henao Vallejo, la Tata, el amor de su vida desde que ella tenía trece años y él veinticuatro—, un padre amoroso de Juan Pablo y Manuela, y un amante generoso de misses colombianas y presentadoras de televisión que parecían haber sido tocadas por la varita mágica de la fortuna.

«Es un hombre que protege, un hombre de confianza. Si Pablo promete algo, lo cumple», comentaban las chicas en los salones de belleza baratos y en las esquinas donde se juntaban a fumar y a soñar con vidas que no les pertenecían. De alguna manera, muchas soñaban con encontrar un Escobar para sus vidas, un Patrón que las convirtiera en verdaderas reinas, sin saber que las reinas de Pablo terminaban frecuentemente coronadas con balas en vez de diamantes.

Otras, más realistas o quizá más desesperadas, imaginaban que las podía ubicar en un noticiero de horario central o conseguirles algún papelito en una telenovela colombiana. Escobar tenía contactos en ese mundo de luces artificiales, y una de sus amantes era Virginia Vallejo, la presentadora más importante de la televisión, esa mujer bella y ambiciosa de quien él estaba perdidamente enamorado con esa forma de amar que tienen los hombres poderosos: con la misma intensidad con que odian.

«Pablo cuida a sus mujeres», decían en el Cártel con esa fe ciega de los devotos. Lo que nadie decía —o lo que todos sabían pero nadie quería pronunciar en voz alta para no convocar a la muerte— era que también podía mandar a asesinarlas con la misma fiereza con que las enredaba entre sus sábanas perfumadas con el olor del poder y del dinero sucio.

La Noche de las Cuarenta y Nueve

Fue el comandante Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo —ese militar que luego se transformaría en un personaje tan oscuro como aquellos a quienes perseguía, obsesionado por Escobar y por el dinero como quien está enfermo de una fiebre incurable— quien denunció la «sangrienta matanza de mujeres que habían compartido noches de lujuria con Escobar, perpetrada por el Cártel de Medellín». Lo dijo con esa solemnidad con que los héroes anuncian las tragedias, sin saber aún que él mismo terminaría siendo parte de la tragedia, acusado de robar la mítica pistola Sig Sauer del líder narco cuando este cayó muerto en un tejado de Medellín el dos de diciembre de mil novecientos noventa y tres, un día después de haber cumplido cuarenta y cuatro años.

Pablo tenía un sitio especial en el barrio El Poblado, sector exclusivo de la ciudad donde los ricos vivían protegidos del horror que ellos mismos habían creado. Era una casa bonita —¿acaso hay casas feas cuando están compradas con sangre y con cocaína?— y allá llevaba a sus amigos para hacer bacanales con muchachas jóvenes, comida, licores, música que sonaba hasta el amanecer como el canto de los condenados.

Cuentan que en una ocasión le llegó un allanamiento, porque la policía creyó que podría estar escondido en ese sitio, pero no resultó así. Lo cierto —y esta verdad quedó registrada en las grabaciones de radio que hacía el Bloque de Búsqueda— es que un poco después de la operación Escobar llamó a Pinina, su lugarteniente preferido, ese hombre que lo seguía como la sombra sigue al cuerpo:

Ochenta. Ochenta —así lo llamaba Escobar a Pinina, mientras que Pablo para todos era Setenta, números que se convirtieron en nombres, identidades cifradas para hombres que ya no eran hombres sino leyendas caminantes.

Ochenta, ¿cómo es posible que nos caigan allá esas gonorreas? Nos están delatando. Alguien nos delata. Es mejor darles un viajecito a las palomas.

Y al día siguiente amaneció el primer cuerpo perforado de balas en una carretera solitaria. Y un día después, otro. Y otro, y otro, y otro más, como si alguien estuviera sembrando cadáveres en vez de flores, como si la muerte se hubiera vuelto una cosecha abundante en esa tierra que ya estaba acostumbrada a producir muertos con la misma eficiencia con que otros países producen trigo o café.

Durante tres noches fueron hallados cuarenta y nueve cuerpos de bellas mujeres en distintas partes de Medellín, Envigado, Itagüí, Bello, La Estrella —nombres de lugares que suenan a promesa pero que en aquellos días sonaban a cementerio—. Con signos de tortura, a veces mutiladas, sus restos se desparramaban por las carreteras más desoladas del norte colombiano como una advertencia escrita en carne y hueso, como un mensaje que todos podían leer pero que nadie se atrevía a descifrar en voz alta.

A una de ellas —la que se llamaba Sharon y que había cometido el error de irse de fiesta— la torturaron y le picaron la cara con un cortauñas antes de darle como veintiocho tiros, porque en el mundo de Pablo hasta las herramientas de belleza podían convertirse en instrumentos de tortura. Y otra muchacha, Alexandra, que había conocido a un Moncada —uno de los enemigos de Escobar— la llevaron en lancha y nunca llegó a Medellín; su cuerpo fue tragado por las aguas como si el río mismo fuera cómplice del Cártel.

Esas muertas se convirtieron en una verdadera obsesión para la policía primero y luego para el Bloque de Búsqueda —esa unidad especial creada tras la fuga de Escobar de la cárcel La Catedral—, pero la verdad es que nunca pudieron demostrar con certeza absoluta que todas esas muchachas le pertenecían al Patrón, aunque todos lo sabían con esa certeza que no necesita pruebas porque está escrita en el aire mismo que se respira.

La Historia de Luz Marina (Una de las Cuarenta y Nueve)

Se llamaba Luz Marina —aunque este nombre es inventado porque su nombre real se perdió en los archivos policiales mal llevados de esos años— y tenía catorce años recién cumplidos cuando Los Señuelos la encontraron vendiendo limones en la esquina de la carrera setenta con la avenida ochenta. Era menuda como un pájaro, de ojos grandes color miel que parecían demasiado viejos para su cara de niña, y tenía un modo de moverse que era pura gracia inconsciente, esa gracia que tienen las muchachas antes de que el mundo les enseñe a tener vergüenza de sus cuerpos.

El Señuelo que la abordó se llamaba Yonatan y tenía veinte años, el pelo engominado para atrás como los galanes de las telenovelas, y una moto Yamaha que brillaba bajo el sol de la tarde como si estuviera hecha de luz líquida. Le compró todos los limones que llevaba en su canasta de mimbre —«para mi mamá, que hace limonada», dijo con esa sonrisa que había practicado frente al espejo hasta perfeccionarla— y luego se quedó conversando con ella mientras el sol descendía sobre Medellín tiñendo el cielo de naranja y púrpura, colores de atardecer que parecían presagiar fuego.

Le habló de cosas que ella nunca había escuchado: de viajes a Miami, de restaurantes donde la comida costaba lo que su familia ganaba en un mes, de carros que iban tan rápido que era como volar sin despegar los pies del suelo. Y ella escuchaba con los ojos cada vez más grandes, mientras sus manos —manos pequeñas, de uñas rotas por el trabajo— estrujaban nerviosamente el borde de su falda desteñida que había sido azul pero que ahora era del color de las cosas que han sido lavadas demasiadas veces con jabón barato.

«Mi primo conoce a gente importante», dijo Yonatan después de media hora de conversación, cuando ya había establecido esa confianza frágil que es el primer paso de la seducción. «Gente con plata. Gente que podría ayudarte».

«¿Ayudarme cómo?», preguntó Luz Marina, aunque en el fondo ya sabía la respuesta, porque las niñas pobres aprenden muy temprano que cuando un hombre rico dice que quiere ayudarte, siempre hay un precio, y ese precio siempre tiene que ver con tu cuerpo.

«Hay un señor importante que está buscando muchachas bonitas para una fiesta. Nada malo, solo conversar, compartir, pasarla bien. Y paga cinco millones de pesos por una noche».

Cinco millones de pesos. Luz Marina intentó imaginar esa cantidad y no pudo. Era más dinero del que había visto en toda su vida sumada. Con cinco millones su papá podría dejar de trabajar tres turnos en la fábrica de textiles. Su mamá podría comprar un horno mejor para el puesto de arepas que tenía en el barrio. Sus tres hermanos menores podrían tener zapatos nuevos, no los usados que compraban en el mercado de las pulgas. Con cinco millones de pesos podrían pagar tres meses de arriendo adelantado y el dueño de la casa dejaría de amenazar con echarlos a la calle.

«¿Y qué hay que hacer?», preguntó con un hilo de voz que apenas se escuchaba sobre el ruido del tráfico.

«Ya te dije. Conversar, pasarla bien. Sos bonita, eso es lo único que importa. Y virgen, tenés que ser virgen».

Ella asintió sin hablar, sintiendo cómo se le subían los colores a la cara. Sí, era virgen. Ningún muchacho del barrio la había tocado, aunque varios lo habían intentado. Su mamá le había dicho que guardara eso, que era lo único de valor que una muchacha pobre tenía, que algún día un hombre bueno la valoraría por eso. No le había dicho que ese valor se podía vender, que tenía un precio en pesos y centavos, que su virginidad valía exactamente cinco millones de pesos en el mercado de Pablo Escobar.

«Dame tu número», dijo Yonatan, «te llamo mañana para contarte los detalles».

Esa noche Luz Marina no durmió. Se quedó despierta en el colchón que compartía con sus dos hermanas menores, escuchando los ronquidos de su padre en la habitación de al lado y los ruidos nocturnos del barrio: perros ladrando, motos sin silenciador, disparos lejanos que ya eran tan comunes que nadie se sobresaltaba. Pensaba en los cinco millones de pesos. Pensaba en el muchacho de la moto brillante. Pensaba en que tenía catorce años y que su vida hasta ahora había sido vender limones bajo el sol y ayudar a su mamá a hacer arepas en la madrugada y soñar con cosas que nunca iba a tener.

Quizá esta era su oportunidad. Quizá el mundo finalmente le estaba dando una oportunidad.

No sabía —¿cómo podía saber?— que tres semanas después su cuerpo aparecería en una carretera con veintiocho tiros formando una cruz, porque había escuchado sin querer una conversación telefónica sobre una caleta en Envigado y había cometido el error de contárselo a una amiga que se lo contó a otra que se lo contó a alguien más, hasta que la información llegó a oídos equivocados y Pinina recibió la orden: «Es mejor darles un viajecito a las palomas».

No sabía que su último pensamiento, mientras los sicarios la torturaban en un sótano que olía a humedad y a miedo, sería para su mamá, preguntándose si el dinero que le habían dado —porque sí le dieron los cinco millones, Pablo siempre pagaba lo prometido— alcanzaría para que sus hermanos menores pudieran terminar el colegio.

No sabía que su muerte no sería noticia, que su nombre se perdería en los archivos, que su familia nunca reclamaría el cuerpo por miedo a represalias, que sería enterrada en una fosa común junto con otras muchachas que también habían creído que su belleza era su salvación.

No sabía nada de eso la noche en que no pudo dormir, pensando en los cinco millones de pesos y en el muchacho de la moto brillante y en todas las cosas hermosas que finalmente iba a poder comprar.

Escobar era dos hombres en uno, o quizá era todos los hombres de Colombia condensados en un solo cuerpo: el depravado que abusaba de niñas vírgenes y vulnerables, y a la vez un padre amoroso que llamaba por teléfono a su hija Manuela —«la niña de mis ojos», como la llamaba— segundos después de haber tenido relaciones con adolescentes a las que pagaba y dejaba ir como quien suelta pájaros de una jaula.

«Papito, cuídese», le decía la pequeña Manuela, y él le hablaba de las maravillosas muñecas que le iba a comprar, de los vestidos que le traería, de ese mundo perfecto que construiría para ella mientras afuera su imperio estaba construido sobre huesos y cocaína y balas que sonaban en la noche como fuegos artificiales macabros.

«Pásele el teléfono a su mamá», pedía, y su voz se transformaba cuando hablaba con su esposa, a quien había conocido cuando ella tenía solo trece años y desde entonces la había elegido como a la mujer de su vida, esa mujer que lo había querido pobre y sin plata y que ahora rico y con problemas lo seguía queriendo igual. «¿Q'hubo m'ija?», le decía a la Tata con esa ternura que reservaba solo para ella, sin hablarle nunca de sus enemigos, ni del tráfico de cocaína, ni de sus amantes, porque hay secretos que se guardan para proteger y hay secretos que se guardan porque no tienen perdón posible.

«La Tata es una santa mujer», repetía ante sus sicarios cuando cortaba la comunicación, y confesaba: «A María Victoria la conocí cuando yo no tenía un peso en el bolsillo, en esa época me quiso pobre y sin plata. Y ahora rico y con problemas me sigue queriendo igual. Eso es amor. Y pensar que yo la enamoré dedicándole canciones y regalándole chocolatinas. En cambio, estas viejas me conocieron con dinero y poder. No está claro qué tan enamoradas están de mí o del mito Pablo Escobar».

Luego de hablar amorosamente con su familia —como si nada, como si fuera un hombre normal que vive una vida normal en un país normal— ordenaba poner un coche bomba o mandaba a matar a alguien con la misma naturalidad con que otros hombres ordenan el desayuno. Y si alguien le decía que habían colocado menos explosivos para no matar gente inocente, Escobar se enojaba: «¿Y a mí qué putas me importa esa gente? En este país no hay inocentes», sentencia que revelaba una verdad terrible sobre Colombia y sobre él mismo, porque en esa tierra ensangrentada todos eran culpables o todos eran inocentes, y al final daba lo mismo porque las balas no distinguían.

La Llorona (La Otra Sobreviviente)

La llamaban La Llorona no porque llorara más que las otras —todas lloraban, en la oscuridad de la noche, cuando creían que nadie las escuchaba— sino porque había llorado delante de Pablo, lo cual era imperdonable, lo cual era peligroso, lo cual debería haberle costado la vida pero por alguna razón no lo hizo.

Sucedió en La Catedral, esa cárcel-palacio donde el Patrón cumplía una condena que no era condena sino vacaciones pagadas por el Estado. Habían traído a seis muchachas esa noche, entre ellas La Llorona, que entonces no se llamaba así sino Mariela o Carmenza o algún otro nombre común que luego perdió porque los sobrevivientes a veces pierden sus nombres junto con su inocencia.

Era una noche de luna llena y el aire entraba por las ventanas abiertas trayendo el olor a eucalipto de las montañas cercanas. Habían comido bien —langosta que Pablo había mandado traer en avión desde la costa, vino importado que sabía a terciopelo líquido, frutas exóticas cuyos nombres ella ni siquiera conocía—. Los hombres estaban alegres, relajados, contando chistes obscenos y fumando cigarros gruesos que perfumaban el aire con olor a madera quemada y a dinero.

La Llorona estaba sentada en el brazo de un sofá de cuero italiano, vestida con un vestido rojo que le habían dado porque el suyo —comprado en el mercado de las pulgas— no era suficientemente elegante para el Patrón. El vestido le quedaba grande, le colgaba de los hombros huesudos, y ella se sentía disfrazada, como una niña jugando a ser mujer, lo cual era exactamente lo que era: una niña de quince años jugando un juego que no entendía y cuyas reglas nunca le habían explicado.

Uno de los sicarios —Tyson, le decían, por su nariz rota y sus puños del tamaño de jamones— empezó a contar la historia de una muchacha que habían matado la semana anterior. Lo contaba como quien cuenta un chiste, con esa risa gutural de los hombres que han perdido la capacidad de distinguir entre lo gracioso y lo horrible. Contaba cómo la habían torturado, cómo había suplicado, cómo al final había dejado de suplicar porque ya no le quedaba voz.

Y de repente La Llorona se dio cuenta de que estaba hablando de su mejor amiga, de Claudia, esa muchacha con quien había compartido pupitres en la escuela antes de que ambas la abandonaran, con quien había soñado hacerse famosas, con quien había planeado escapar de la pobreza a punta de belleza y astucia. Claudia, que había ido a una fiesta del Cártel dos semanas atrás y nunca había regresado. Claudia, cuya madre todavía la buscaba con carteles pegados en los postes del alumbrado público que la lluvia iba borrando poco a poco.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas antes de que pudiera detenerlas. Lágrimas silenciosas al principio, que mojaban el vestido rojo sin hacer ruido. Pero luego vinieron los sollozos, esos sollozos que nacen desde el estómago y que no se pueden controlar, que sacuden el cuerpo entero como temblores de tierra.

La habitación se quedó en silencio. Todos la miraban. Tyson había dejado de reír. Los otros sicarios intercambiaban miradas. Y Pablo, que hasta ese momento había estado callado en un rincón fumando su cigarrillo de marihuana, se levantó y caminó hacia ella con esos pasos suaves, casi felinos, que tenía.

«¿Por qué llorás?», preguntó con esa voz que no tenía inflexión, que podía significar curiosidad o furia y ella no sabía cuál de las dos.

«Era mi amiga», logró decir entre sollozos, «Claudia era mi amiga».

El silencio se espesó como niebla. Todos esperaban. Uno de los sicarios hizo un movimiento hacia su pistola. Otro se puso de pie, listo para actuar. Porque llorar por una muerta del Cártel era una declaración, era un juicio, era una acusación silenciosa.

Pero Pablo hizo algo inesperado. Puso su mano —esa mano que había firmado miles de órdenes de muerte— sobre el hombro de La Llorona. Olía a agua de colonia cara y a marihuana dulce. Su voz cuando habló era casi amable:

«Las que hablan mueren. Las que se quedan calladas viven. Tu amiga habló. Vos te vas a quedar callada, ¿verdad?».

Ella asintió con la cabeza, incapaz de hablar, las lágrimas todavía corriendo por su cara que el maquillaje había convertido en un desastre de rímel negro y rubor corrido.

«Entonces no vas a terminar como ella», dijo Pablo, y regresó a su rincón, y el momento pasó, y la fiesta continuó, aunque La Llorona no recuerda nada más de esa noche excepto el sabor a sal de sus propias lágrimas mezclado con el sabor a sangre porque se había mordido el labio inferior hasta hacerse daño para evitar seguir llorando.

Sobrevivió esa noche y muchas otras después. Pero desde entonces todos la llamaron La Llorona, y el nombre se le pegó como se pega una maldición. Dejó de ir a las fiestas del Cártel —nadie la volvió a llamar después de esa noche, como si se hubiera vuelto contaminada, mala suerte—. Se perdió en los barrios de Medellín, cambió de nombre, se tiñó el pelo, engordó treinta kilos para que su cuerpo dejara de ser el cuerpo que habían deseado los hombres de Escobar.

Años después, cuando un periodista la encontró y le preguntó cómo había logrado sobrevivir cuando tantas otras murieron, ella respondió: «Lloré en el momento correcto. Pablo me vio llorar y vio que yo era humana, que tenía sentimientos. Y creo que eso le recordó algo. No sé qué. Quizá a su hija. Quizá a su hermana. Quizá a él mismo cuando todavía era capaz de llorar por alguien».

O quizá, pensó el periodista sin decirlo en voz alta, simplemente tuvo suerte. Porque en el reino de Pablo Escobar no había lógica ni justicia, solo azar ciego y crueldad arbitraria, y a veces el azar decidía dejarte vivir sin razón alguna, de la misma forma que a veces decidía matarte sin que hubieras hecho nada para merecerlo.

«A una amiga mía le hicieron una cruz de tiros en el cuerpo. La encontraron por la carretera. La habían torturado, ¡qué pecado!… A esa muchacha la acusaron de que sabía de los enemigos de Pablo. Y quedamos solo dos: yo y La Llorona», dijo mientras se persignaba y agradecía estar viva con esa gratitud ambigua de quien sabe que su supervivencia es un milagro y una condena al mismo tiempo.

«¿Por qué Pablo las mató?», quisieron saber los periodistas colombianos, como si el porqué importara cuando ya las muchachas estaban muertas y enterradas en fosas que nadie visitaba.

Casi justificando el trágico final de sus compañeras —porque los sobrevivientes siempre buscan razones para explicar por qué ellos siguieron respirando mientras otros dejaron de hacerlo— la muchacha respondió: «Si hablabas o delatabas, estabas muerta. Hay peladas que se buscaron la muerte por escuchar conversaciones que no debían y contar todo lo que oían. Para seguir viva había que mantener la boca cerrada, y ellas no supieron hacerlo».

Era amable, sereno, de pocas palabras y se portaba como un caballero, reveló. Daba consejos casi como un padre y nunca hablaba de sus problemas. Con Pablo estuvo en el billar de La Catedral —esa cárcel que él mismo había mandado construir y que era más un hotel de lujo que una prisión—, y también lo hicieron en un sillón, fueron como cuatro mujeres. «Después me quedé con él un rato más, pero lo vi tan callado que me fui con uno de los trabajadores que estaba ahí. Nos tocaba estar con todos los que estuvieran en la prisión, pero primero era siempre él…».

Cada jovencita que pasó por la cama de los hombres del Cártel recibió trescientos mil pesos colombianos por los dos días que vivieron en la cárcel junto con los narcos. Era mucho dinero, suficiente para que una familia pobre comiera durante meses. «Escobar fue muy generoso, me dio quinientos pesos más después de que lo hicimos», agregó con ese orgullo extraño de quien se siente valorada por las migajas que le arrojan los poderosos.

Los lugartenientes de Escobar, en cambio, siempre habían sido muy crueles con las mujeres. «Una vez en la isla de una madama que reclutaba jovencitas para los sicarios del Cártel nos tocó atender a dieciséis muchachos a la vez. Fue horrible. Nos hicieron muchas maldades. Nos tiraron cangrejos, nos metieron la cabeza en el mar, pusieron un columpio de un árbol y uno de sus sicarios llegaba y nos montaba así, nos violaban hasta que ya nos vieran vomitando y casi muertas».

¿Y Escobar? ¿Él no era cruel? «Pablo era muy callado. Tenía sexo con preservativo, siempre fue muy cuidadoso. Y después salía a fumarse un cigarrillo de marihuana y se quedaba ahí pensativo. Él se portó como un caballero», afirmó la joven con esa lealtad incomprensible de las víctimas hacia sus victimarios, ese extraño agradecimiento por no haber sido tratada tan mal como podría haberlo sido.

Y cuando se habló de las muertas, buscó no condenar al jefe narco: «Vea, sinceramente ese hombre a mí no me hizo nada. Yo no sé, al final era como todas las personas… pero cuando las peladas hablaban mal de ellos, la embarraban». Había una lógica retorcida en sus palabras, la lógica de la supervivencia que hace que las víctimas justifiquen a sus victimarios porque esa es la única forma de seguir viviendo con el peso de lo vivido.

«¿Nunca sintió miedo?», inquirió el reportero, pregunta absurda porque ¿quién no sentiría miedo en el reino de Pablo Escobar?

«El día que fui hasta La Catedral me dio miedo. Pero una piensa en la plata. La gente dice que la vida es fácil, pero para nosotras ha sido una pesadilla. Lo único importante es haber salido con vida de ahí…». Su voz se fue apagando al final, como una vela que se consume, y el periodista supo que no había más que preguntar, que ya había extraído todo lo que esa muchacha estaba dispuesta a dar, que el resto —los gritos nocturnos, las pesadillas, el miedo que la despertaba a las tres de la madrugada— se quedaría guardado en el cofre de su memoria donde nadie más podía entrar.

El Kit de Carretera

Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, lugarteniente de Escobar y jefe de sicarios —ese hombre de rasgos cortados como por una navaja y tatuajes en sus brazos que confesó haber matado a trescientas personas con sus propias manos y haber ordenado la muerte de tres mil más— reveló con tono de infidencia: «La única perversión que le conocí fue su fascinación por la pérdida de la virginidad de una mujer heterosexual con una lesbiana experimentada».

«Tenía una celestina que le conseguía mujeres dispuestas a experimentar por primera vez los besos y las caricias de otra mujer, hasta lograr orgasmos múltiples», agregó disfrutando de los detalles como quien cuenta una anécdota graciosa y no una historia de explotación sexual.

Pablo usaba juguetes sexuales que mantenía ocultos en un maletín —«lo llamaba el kit de carretera»— en donde guardaba un pene con dos cabezas y otros aparatos para sus juegos lésbicos. Con respeto reverencial, Jhon Jairo aseguró que su jefe solo usaba esos aditamentos sexuales con «algunas mujeres, porque con la Tata nunca se le hubiese ocurrido», como si esa distinción lo redimiera de algo, como si no usar juguetes sexuales con la esposa fuera una forma de fidelidad en ese universo torcido donde todo estaba al revés.

El sicario detalló que mientras los hombres del Cártel participaban de orgías, Pablo elegía la soledad de una habitación para las noches apasionadas con sus amantes, «aunque hiciera tríos». Para relajarse, el Patrón le daba unos pitazos a un cigarrillo de marihuana en la madrugada. Nunca había probado la cocaína, ni drogas duras: «No tenía vicios». Y tomaba solo alguna cervecita: «Jamás se emborrachó», aseguró el sicario con orgullo, como si la sobriedad fuera una virtud en un hombre que había asesinado a miles.

Las Palomas y Sus Precios

«Escobar nunca se metía con las mujeres, a excepción de las niñas con las que hacía toda una fiesta», dijo el comandante Aguilar años después, cuando su heroísmo ya se había transformado en leyenda y su leyenda estaba comenzando a transformarse en escándalo. Contó que una vez la policía atrapó a uno de «los conquistadores». Estaba con una chica lista para ser llevada ante el Patrón. El joven se asustó al verse rodeado y cantó todo con esa rapidez con que cantan los cobardes cuando se les acerca la muerte.

«¿A dónde tiene que llevarle esa "gallina"?», preguntó el policía usando el lenguaje del Cártel, porque para atrapar monstruos a veces hay que hablar el idioma de los monstruos.

«Arriba de La Estrella. La caleta que queda en…», dio una dirección, pero esa dirección era solo el principio de una cadena, porque Escobar había aprendido a protegerse usando eslabones humanos donde cada uno conocía solo el siguiente paso y nadie conocía el destino final.

Lo siguieron, pero en esa primera dirección se encontraron con otro hombre que decía «yo voy a llevarla a otro punto, y allí me espera otro man que va a llevarla a…». Era una cadena de peones donde solo uno conocía el destino final, un laberinto de complicidades donde todos eran culpables pero ninguno sabía exactamente de qué.

«Escobar se llevaba las niñas y las tenía cuatro o cinco días deseándolas antes de tener relaciones con ellas», afirmó el comandante Aguilar con esa certeza que luego resultó ser menos certeza y más obsesión de un hombre que había dedicado su vida a perseguir un fantasma y que al final se había transformado en el fantasma que perseguía.

Una tarde, en una redada en el barrio La Estrella, la policía encontró a una «paloma» de Escobar que les dijo con esa inocencia terrible de quien no sabe que está firmando su propia sentencia de muerte: «Un chico me ofreció cinco millones de pesos para llevarme a divertir al señor. Pero si el Patrón decide dejarme tres días más en su cama, me prometen que me va a regalar un carro».

«La única condición de verdad es que usted sea virgen. Eso él lo va a comprobar sobre el colchón», le dijo el Señuelo, como si la virginidad fuera una mercancía que se puede verificar como se verifica la autenticidad de un billete.

«Sí, soy virgen, a mí ningún hombre me ha tocado», aseguró la niña, tan frágil, de clase social baja, que soñaba con ser reina de belleza mientras su papá trabajaba de mecánico y su mamá vendía pan en una panadería y ella dormía junto con sus tres hermanos en una pequeña y sofocante habitación donde los sueños eran lo único que no costaba dinero.

Fue una tía la que decidió convertirse en su cómplice cuando la niña, confidente, le contó que iba a ganar millones de pesos y un auto por acostarse con Pablo Escobar. La mujer les dijo a los padres que la niña pasaría cinco días en su casa porque ella se iba de viaje y necesitaba que alguien cuidara de su morada. La jovencita era muy pobre y sentía que no tenía nada que perder, sin saber que cuando uno es pobre lo único que tiene para perder es la vida, y que eso es todo.

El Juicio de los Muertos

Años después, cuando Pablo Escobar ya llevaba muerto tanto tiempo que algunos comenzaban a olvidar su rostro —aunque nunca olvidaron su nombre, porque los nombres de los monstruos se quedan grabados en la memoria colectiva como cicatrices que no sanan—, el periodista Germán Castro Caycedo escribió: «Cuando entrevisté al comandante y me habló de las adolescentes y mujeres asesinadas por Escobar, él era un héroe en Colombia, y no se me ocurrió chequear sus dichos. Pero luego Aguilar resultó un mentiroso. La policía seguramente sabe cuántas de esas muertas fueron víctimas del Cártel».

Las crónicas de la época detallan los hallazgos de esos cuerpos, siempre rodeados de un gran misterio que quizá nunca se resuelva del todo, porque hay verdades que se pudren junto con los cadáveres y nunca salen completas de la tierra. Pero el sello de los cárteles de la droga —de violencia y venganza— estaba marcado en la piel de las muchachas asesinadas y torturadas como quien marca el ganado, como quien pone su firma en una obra de arte macabra.

¿Fueron cuarenta y nueve? ¿Fueron menos? ¿Fueron más? Nadie lo sabe con certeza, porque en esa Colombia de los años sangrientos los muertos se contaban por miles y cuarenta y nueve muchachas más o menos no cambiaban mucho el panorama de horror que se había vuelto tan cotidiano como el pan de cada día.

Lo que sí se sabe —y esto lo sabe hasta el viento que sopla sobre Medellín— es que Pablo Escobar Gaviria fue un hombre capaz de amar y de matar con la misma intensidad, de ser padre amoroso y depravador de niñas, de construir barrios para los pobres y de llenar de cadáveres las carreteras, de enamorar a su esposa con chocolatinas y canciones y de comprar niñas vírgenes con fajos de billetes que olían a cocaína y a sangre.

Murió en Medellín el dos de diciembre de mil novecientos noventa y tres, un día después de haber cumplido cuarenta y cuatro años, en un tejado caliente bajo el sol del mediodía, con su mítica pistola Sig Sauer —que luego desapareció como desaparecen tantas cosas en Colombia— y con sus secretos intactos. Las cuarenta y nueve —o las que fueran— quedaron sembradas en las carreteras como semillas que nunca darían fruto, como advertencias que nadie supo leer a tiempo, como palomas blancas que aprendieron demasiado tarde que en el reino de Pablo Escobar las palomas no vuelan: caen.

Y dicen los viejos que todavía, en ciertas noches de septiembre cuando sopla el viento frío de las montañas, se pueden escuchar en las carreteras de Antioquia los gritos de esas muchachas que solo querían dejar de ser pobres por una noche y que terminaron pagando con sus vidas el precio de haber creído que la belleza y la juventud eran monedas de cambio suficientes en un mundo donde lo único que realmente valía era saber cuándo hablar y cuándo, sobre todo, saber cuándo callarse para siempre.

El Testimonio de Popeye: Confesiones de un Sicario Santo

Jhon Jairo Velásquez Vásquez —a quien todos llamaban Popeye por razones que se perdieron en el tiempo como se pierden tantas cosas en Colombia— era un hombre que se jactaba de haber matado a trescientas personas con sus propias manos y de haber ordenado la muerte de tres mil más, números que decía con el mismo orgullo con que otros hombres hablan de sus hijos o de sus cosechas. Condenado por terrorismo, narcotráfico y homicidios, liberado el veintiséis de agosto de dos mil catorce y detenido nuevamente en dos mil dieciocho por extorsión, se había transformado en una especie de archivo viviente del horror, en un testigo privilegiado de la intimidad de Pablo Escobar que vendía sus recuerdos como quien vende reliquias de un santo.

«El Patrón solo tuvo tres amantes. Las demás fueron mujeres de paso, hembras para una noche o un fin de semana. Fue un amante fogoso y en la cama siempre fue un caballero, se tratara de alguna de sus amantes o una simple prostituta de las muchas que nos acompañaron», reveló en la revista Don Juan desde la cárcel de máxima seguridad de Cómbita, como si la palabra «caballero» pudiera limpiar de alguna manera el hecho de que estaba hablando de un hombre que compraba niñas vírgenes con fajos de billetes.

«Cuando estábamos presos en La Catedral, las mujeres de la mafia llegaban y él compartía un rato con sus amigos o con nosotros, pero luego escogía a la mejor y se la llevaba para el cuarto», contó con esa naturalidad con que se cuentan las cosas cotidianas, porque para Popeye eso era cotidiano: el poder, el sexo, la muerte, todo mezclado en un cóctel que él bebía sin hacer muecas.

En una entrevista con el diario El Mundo de España, cuando le preguntaron qué crimen le daba vergüenza confesar, respondió con esa honestidad brutal de quien ya no tiene nada que perder: «No, realmente yo nunca he tenido recato. A mí me apenan los delitos sexuales, y no tengo».

«¿Era un trabajo y punto?», insistió el periodista, buscando quizá algún atisbo de humanidad en ese hombre de rasgos cortados como por una navaja.

«Era un trabajo. Me mandaban matar a una señora y estaba embarazada, hubo que matarla porque esa señora estaba entregando a Pablo Escobar, iba contra mi líder. Yo no estaba mirando el embarazo, sino que quedó muerta».

«¿Usted solo veía un soplón?»

«Sí, veía un sapo. Pero que diga el Patrón "vaya a matar a ese niño", y yo mirarle a los ojos e ir a dispararle a la cabeza, no, de eso no soy capaz. Tampoco de matar un sacerdote. Una vez íbamos a matar al obispo de Medellín, que estaba a favor de la extradición, y el Patrón me llamó a mí, y le dije: "Naranjas, a mí esa sangre de cura no me gusta, yo soy muy rezandero"».

Así era Popeye: un asesino que rezaba, un hombre que mataba mujeres embarazadas sin pestañear pero que se negaba a matar sacerdotes, un sicario con ética propia que en cualquier otro contexto hubiera sido simplemente absurda pero que en la Colombia de Escobar tenía una lógica retorcida que todos entendían sin necesidad de explicaciones.

La Cadena de los Conquistadores

Los llamaban Los Señuelos o Los Conquistadores, y eran jóvenes de sonrisa fácil y palabras dulces que Escobar había entrenado como se entrenan perros de caza, con paciencia y con premios. Su trabajo era simple en teoría pero complejo en la práctica: tenían que seducir a muchachas de entre catorce y diecisiete años, llenarles la cabeza de sueños del tamaño de rascacielos, y finalmente conducirlas a través de una cadena de intermediarios hasta los brazos del Patrón.

«Escobar nunca se metía con las mujeres, a excepción de las niñas con las que hacía toda una fiesta», reveló el comandante Aguilar, ese hombre que persiguió al narco durante años con una obsesión que luego se descubriría tan enfermiza como la de su presa. «Se llevaba las niñas y las tenía cuatro o cinco días deseándolas antes de tener relaciones con ellas. Los sicarios decían que después las descuartizaba», agregó, aunque esta última afirmación nunca pudo ser probada y quedó flotando en el aire como tantas otras leyendas del Cártel, imposibles de confirmar o de negar del todo.

La primera intercepción telefónica que se hizo de las conversaciones de Escobar se logró con equipos que aportó el Cártel de Cali —esos otros narcotraficantes que eran enemigos de Pablo y que colaboraban con el Bloque de Búsqueda y con la policía para terminar con el poder del jefe narco—. Los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela prestaron su tecnología y su inteligencia porque sabían que en Colombia solo había espacio para un imperio del mal a la vez, y ellos querían ser ese imperio.

«Para atrapar a Pablo había que aliarse con el mismo diablo», justificó el coronel Aguilar, frase que resumía toda la podredumbre moral de esa guerra donde todos eran culpables y donde la línea entre los buenos y los malos se había borrado hacía tanto tiempo que nadie recordaba si alguna vez había existido.

Los militares escuchaban cómo Escobar hablaba por radio de «los conquistadores» con esa voz que grababan en cintas magnéticas que luego se convertirían en pruebas judiciales y en documentos históricos. Sabían que el Patrón dormía durante el día —como los vampiros o como los hombres que tienen demasiado que esconder— así que luego de las ocho de la noche la radio se activaba y empezaban a escuchar su voz pidiendo novedades.

«Q'hubo», decía con esa economía de palabras característica. «A ver si me consiguen una muchachita de esas, ¿no? Usted sabe dónde la tiene que llevar, a A1… no, mejor llévela a A75».

Los investigadores supieron luego que esos códigos indicaban caletas numeradas según su ubicación, casas de seguridad repartidas por toda Medellín como piezas de un rompecabezas imposible de armar del todo. Las chicas que elegía Pablo tenían que ser «puras» —palabra que en su boca adquiría un significado perverso—. Le gustaban delicadas, menudas, de piernas largas. Alguna vez eligió a una adolescente del equipo de voleibol de Antioquia, que la policía quiso usar de señuelo en una quinta en el Moroconá, pero todo fracasó porque Escobar tenía esa intuición animal de los depredadores que huelen el peligro antes de verlo.

La mayoría eran niñas de los barrios más pobres de Medellín, esos barrios que trepan por las montañas como si quisieran escapar de la ciudad pero que en realidad están más atrapados que cualquier prisión. Jóvenes desocupadas que se podían conformar con algo de dinero, una pequeña moto y hasta un auto usado si se resistían a la invitación de Los Señuelos o si eran lo «suficientemente bellas como para merecer un carro».

«Todas tienen un precio», se regocijaban los sicarios del Cártel con esa sabiduría cínica de quien ha visto demasiado y ha perdido la capacidad de asombrarse ante la venalidad humana. Y tenían razón: en esa Colombia de los años sangrientos, donde la vida valía menos que una bala, todas tenían un precio. El problema era que muchas no sabían que el precio que les pedirían no se mediría en pesos sino en sangre.

El Reino de La Catedral

La Catedral no era una catedral en el sentido religioso de la palabra, aunque para Escobar quizá lo era: un templo dedicado al culto de su propia impunidad, una cárcel que él mismo había diseñado y mandado construir en una montaña cerca de Medellín, con vistas panorámicas de la ciudad que había hecho suya a punta de balas y de billetes. Oficialmente era una prisión donde cumplía condena después de haberse entregado a las autoridades colombianas; en realidad era un palacio donde recibía visitas, hacía negocios, ordenaba asesinatos y, por supuesto, recibía mujeres.

La jovencita que sobrevivió y que habló con El Tiempo recordaba con detalles que se habían quedado grabados en su memoria como cicatrices invisibles: «Con Pablo estuve en el billar de La Catedral. Y también lo hicimos en un sillón, fuimos como cuatro mujeres. Después me quedé con él un rato más, pero lo vi tan callado que me fui con uno de los trabajadores que estaba ahí. Nos tocaba estar con todos los que estuvieran en la prisión, pero primero era siempre él…».

«Nos tocaba estar con todos»: esas cuatro palabras contenían un horror que ella pronunciaba con naturalidad, como si fuera normal que unas adolescentes tuvieran que servir sexualmente a una docena de hombres peligrosos en una cárcel que no era cárcel. Y quizá en su mundo sí era normal, porque cuando la pobreza es tan absoluta que te ahoga, cuando no tienes futuro ni esperanza ni nada excepto un cuerpo joven, la normalidad se tuerce y se vuelve otra cosa.

Cada jovencita que pasó por la cama de los hombres del Cártel recibió trescientos mil pesos colombianos por los dos días que vivieron en la cárcel junto con los narcos. «Escobar fue muy generoso, me dio quinientos pesos más después de que lo hicimos», agregó con ese orgullo extraño, como si esos quinientos pesos extras fueran una prueba de que él la había considerado especial, de que había valido más que las otras.

Los lugartenientes de Escobar, en cambio, siempre habían sido muy crueles con las mujeres, como si el hecho de servir al Patrón les diera licencia para desatar sobre ellas toda la violencia que llevaban dentro.

«Una vez en la isla de una madama que reclutaba jovencitas para los sicarios del Cártel nos tocó atender a dieciséis muchachos a la vez. Fue horrible. Nos hicieron muchas maldades. Nos tiraron cangrejos —esos cangrejos pequeños de mar con pinzas afiladas que mordían la piel dejando marcas rojas como quemaduras de cigarrillo—, nos metieron la cabeza en el mar hasta que creíamos que nos íbamos a ahogar y nuestros pulmones ardían pidiendo aire, pusieron un columpio de un árbol y uno de sus sicarios llegaba y nos montaba así, nos violaban hasta que ya nos vieran vomitando y casi muertas. El agua salada nos quemaba por dentro, las heridas nos sangraban mezclando sangre con agua de mar, y ellos se reían, se reían como si fuera el espectáculo más gracioso del mundo».

El olor a salitre y a vómito y a sangre y a semen, todo mezclado, se había quedado grabado en su memoria con más fuerza que cualquier otra cosa. A veces, años después, cuando pasaba cerca del mar, ese olor volvía a ella completo y perfecto, y tenía que correr a vomitar detrás de cualquier arbusto, mientras la gente la miraba con esa mezcla de desprecio y lástima con que se mira a los borrachos y a los locos.

¿Y Escobar? ¿Él no era cruel? La pregunta flotaba en el aire como humo de cigarrillo.

«Pablo era muy callado. Tenía sexo con preservativo —siempre el mismo tipo, Durex, los importados que costaban una fortuna—, siempre fue muy cuidadoso. Y después salía a fumarse un cigarrillo de marihuana y se quedaba ahí pensativo, mirando el horizonte o la nada, como si estuviera resolviendo problemas matemáticos complicados en su cabeza. A veces tarareaba canciones viejas, boleros de Julio Jaramillo o rancheras que su mamá debió cantarle cuando era niño. Él se portó como un caballero», afirmó la joven.

La Cazuela de Virginia Vallejo

De todas las amantes de Pablo Escobar, ninguna fue tan pública, tan visible, tan escandalosa como Virginia Vallejo. Ella no era una niña virgen de barrio pobre ni una modelo hambrienta ni una aspirante a reina de belleza; ella era la presentadora estrella de la televisión colombiana, una mujer bella, inteligente, ambiciosa, que tenía todo lo que una mujer podía desear en esa Colombia de los ochenta y que sin embargo se enamoró —o se dejó enamorar, que viene siendo lo mismo— del hombre más peligroso del país.

Virginia había conocido a Pablo cuando él todavía estaba construyendo su imperio, cuando todavía era posible creer que era solo un empresario exitoso con negocios turbios pero no un monstruo. Se enamoró de su inteligencia, de su carisma, de esa forma que tenía de hacerla sentir única entre miles. Él se enamoró de ella con esa intensidad con que los hombres poderosos se enamoran: queriendo poseerla completamente, queriendo que fuera suya y de nadie más.

Durante años fueron amantes clandestinos, encontrándose en apartamentos secretos y en fincas perdidas en las montañas, viviendo una pasión que tenía fecha de caducidad desde el principio porque las historias de amor con narcotraficantes nunca terminan bien, nunca terminan en bodas ni en niños ni en vejez compartida: terminan en sangre o en traición o en ambas cosas.

Virginia conoció al Pablo tierno que le escribía cartas de amor y le regalaba joyas carísimas, pero también conoció al Pablo celoso que mandaba a vigilarla día y noche, al Pablo paranoico que sospechaba de todo y de todos, al Pablo asesino que ordenaba muertes mientras desayunaba como quien ordena huevos revueltos. Y cuando finalmente entendió que estar con él era una sentencia de muerte —si no física, al menos moral— lo dejó y se fue del país, llevándose consigo secretos que luego escribiría en un libro que se vendería por millones y que confirmaría lo que todos sabían pero nadie se atrevía a decir en voz alta: que Pablo Escobar había sido amado y que ese amor no lo había redimido de nada.

El Precio de la Belleza

Había algo profundamente trágico en la historia de las cuarenta y nueve —o las que fueran— y era esto: que todas ellas habían creído que su belleza era un activo, un capital que podían invertir para salir de la pobreza. En cualquier otro país, en cualquier otra época, quizá hubieran tenido razón. Pero en la Colombia de Escobar, la belleza de una mujer joven y pobre no era un activo sino un pasivo, no era algo que te salvaba sino algo que te condenaba.

Porque los hombres del CártelPablo incluido— veían esa belleza y la querían poseer como se posee un objeto, un carro, una casa. Y cuando dejaba de serles útil o cuando sospechaban que podía traicionarlos, la desechaban con la misma facilidad con que se desecha un envase vacío. Las mataban con veintiocho tiros formando una cruz en el cuerpo, las torturaban con cortauñas, las picaban y las tiraban en carreteras desoladas como basura, como advertencia, como lección para las que quedaban vivas.

«Todas tienen un precio», decían los sicarios. Pero nunca aclaraban cuál era el precio real, el que se pagaba después de recibir los cinco millones de pesos, el carro usado, la moto pequeña. El precio real era vivir con miedo, era no poder hablar nunca de lo que habías visto, era llevar dentro un secreto que te quemaba como ácido, era dormir cada noche preguntándote si amanecerías viva o si tu cuerpo aparecería en una carretera con una cruz de balas grabada en la piel.

Las dos sobrevivientes —la que habló con El Tiempo y La Llorona— vivían con ese precio tatuado en el alma. Habían salido con vida, sí, pero ¿qué clase de vida era esa? Una vida de silencios, de mentiras, de despertar en la madrugada sudando frío al recordar las caras de las amigas muertas. Una vida de saber que habían sobrevivido no por ser más inteligentes o más fuertes sino por pura suerte, por azar ciego, porque las balas que llevaban sus nombres se habían perdido en el camino.

Los Aguaceros Negros

Fue en aquel septiembre de los aguaceros negros —y esta frase se repite porque las grandes tragedias merecen ser contadas una y otra vez hasta que se graben en la memoria colectiva como se graban los nombres en las lápidas— que Colombia aprendió una lección que nunca debió necesitar aprender: que el poder sin límites corrompe hasta la médula, que el dinero manchado de cocaína compra todo excepto la redención, que un hombre puede ser padre amoroso y monstruo al mismo tiempo sin que eso lo haga menos monstruo.

Pablo Escobar Gaviria construyó un imperio sobre cadáveres y sobre sueños rotos. Construyó barrios para los pobres —Barrio Pablo Escobar, le pusieron, y lo dijeron con gratitud— mientras llenaba de muertos las calles de Medellín. Amó a su esposa con devoción mientras compraba niñas vírgenes como quien compra frutas en el mercado. Fue generoso con los necesitados y despiadado con cualquiera que se interpusiera en su camino. Fue todas esas cosas a la vez, y esa simultaneidad es lo que lo hace tan difícil de juzgar, tan imposible de reducir a una sola etiqueta.

Las cuarenta y nueve —Sharon, Alexandra, y las otras cuarenta y siete cuyos nombres se perdieron en los archivos policiales o nunca fueron registrados— no pidieron ser parte de esta historia. Solo querían lo que cualquier muchacha pobre quiere: una vida mejor, un poco de dinero, quizá un carro, quizá la ilusión de ser importantes por un día, por una noche. No sabían que estaban firmando un pacto con el diablo, que el diablo ni siquiera usa cuernos en Colombia sino que tiene cara de hombre común, que el infierno no es un lugar con fuego y azufre sino un apartamento lujoso en El Poblado donde se hacen bacanales y donde las risas suenan huecas y donde el humo de la marihuana no logra disimular el olor a muerte que todo lo impregna.

«Es mejor una novia muerta que una testigo resentida que a cambio de unos pocos millones puede delatarnos a la policía», decían los sicarios del capo, y la solución que encontraron fue llenarlas de plomo, hacerles cruces de tiros en el cuerpo, torturarlas hasta que suplicaran por una muerte que tardaba en llegar porque los verdugos disfrutaban del proceso tanto como del resultado final.

El Legado de las Palomas

Años después de la muerte de Escobar —tantos años que una nueva generación había crecido sin conocer directamente el terror de esos días pero heredando sus consecuencias como se hereda una enfermedad genética— el hijo del narco, que se había cambiado el nombre a Sebastián Marroquín en un intento de escapar del apellido maldito, reveló que su padre había sido responsable de la muerte de aproximadamente tres mil personas. Tres mil. El número cuelga en el aire como un ahorcado, pesado, imposible de digerir. Entre esos tres mil estaban las cuarenta y nueve, o las que fueran, aunque para entonces ya nadie las contaba por separado porque se habían fundido con todos los otros muertos en una masa indistinguible de víctimas sin nombre.

El periodista Germán Castro Caycedo, que dedicó años a investigar la vida de Escobar y que escribió Operación Escobar, ese libro que se lee como una pesadilla documentada, admitió años después con honestidad brutal: «Cuando entrevisté al comandante y me habló de las adolescentes y mujeres asesinadas por Escobar, él era un héroe en Colombia, y no se me ocurrió chequear sus dichos. Pero luego Aguilar resultó un mentiroso. La policía seguramente sabe cuántas de esas muertas fueron víctimas del Cártel».

Esa confesión —«no se me ocurrió chequear sus dichos»— resume una verdad más grande sobre Colombia y sobre esa época: que todos querían creer en los héroes porque la alternativa era demasiado terrible de contemplar. Si Aguilar era un mentiroso, si el hombre que había matado a Escobar resultaba ser tan corrupto como el propio narco, entonces ¿qué quedaba? ¿En quién se podía confiar? ¿Quién eran los buenos y quiénes los malos en una guerra donde todos tenían las manos sucias?

Las crónicas de la época detallan los hallazgos de esos cuerpos con una precisión que hiela la sangre: hora del descubrimiento, ubicación exacta, número de impactos de bala, estado de descomposición. Pero detrás de cada descripción clínica había una muchacha que había tenido un nombre, una familia, un sueño. Detrás de «víctima femenina, aproximadamente quince años, veintiocho impactos de bala» había una niña que se llamaba —digamos— Luz Marina y que le gustaba peinarse frente al espejo y que soñaba con ser presentadora de televisión y que un día un muchacho guapo le ofreció cinco millones de pesos por pasar un fin de semana con un señor importante.

El sello de los cárteles de la droga —de violencia y venganza— estaba marcado en la piel de las muchachas asesinadas y torturadas como quien marca el ganado, pero también estaba marcado en el alma de Colombia, en esa herida que nunca termina de cerrar del todo porque cada cierto tiempo se abre de nuevo cuando aparece un nuevo narco, un nuevo cártel, una nueva generación de niñas pobres que creen que su belleza es su salvación sin saber que puede ser su condena.

El Hombre que Nunca Probó su Propia Mercancía

Hay un detalle que obsesionaba a los que estudiaban a Escobar: nunca probó la cocaína. Construyó un imperio sobre la coca, inundó el mundo con su polvo blanco, destruyó millones de vidas con su producto, pero él nunca la tocó. «No tenía vicios», decía Popeye con orgullo, como si eso fuera una virtud en un hombre que traficaba con la adicción de otros.

Fumaba marihuana, sí, pero solo un poco, solo para relajarse después del sexo o cuando tenía que pensar en algún problema particularmente difícil. Tomaba cerveza, pero «jamás se emborrachó». Era casi abstemio en un mundo de excesos, casi ascético en un imperio de depravación. Y había algo perturbador en esa abstinencia, algo que revelaba un control férreo sobre sí mismo que hacía aún más terrible todo lo demás: porque si era capaz de controlarse tanto, entonces todo lo que hacía —las muertes, las torturas, las violaciones por poder— lo hacía con plena conciencia, con plena responsabilidad.

No podía refugiarse en la locura o en la adicción. No podía decir «no sabía lo que hacía» o «estaba fuera de mí». Sabía exactamente lo que hacía. Y lo hacía igual.

Con la Tata, su esposa, nunca usó el «kit de carretera», ese maletín con juguetes sexuales que guardaba para sus amantes. Con ella hacía el amor como un hombre normal, o al menos eso decían sus sicarios con ese respeto reverencial de quien no se atreve a imaginar siquiera la intimidad del jefe. Con ella tenía sexo matrimonial, respetable, el sexo de los maridos que aman a sus esposas. Con las otras —con las niñas vírgenes y con las modelos y con las aspirantes a reinas de belleza— tenía el sexo del poder, el sexo que se compra y se vende, el sexo que deja cicatrices invisibles que duran toda la vida.

La Última Paloma

«¿Nunca sintió miedo?», le preguntó el periodista de El Tiempo a la sobreviviente, y la pregunta era tan absurda que casi daba risa. Porque por supuesto que sintió miedo. Todas sintieron miedo. El miedo era el aire que respiraban en ese mundo, el miedo era la moneda con que se pagaba la entrada al reino de Pablo Escobar.

«El día que fui hasta La Catedral me dio miedo. Pero una piensa en la plata», respondió ella con esa honestidad desgarradora de quien ya no tiene nada que perder ni nada que ganar con las mentiras. «La gente dice que la vida es fácil, pero para nosotras ha sido una pesadilla. Lo único importante es haber salido con vida de ahí…».

Lo único importante es haber salido con vida. Esa frase resume toda la tragedia de las cuarenta y nueve: que para ellas, salir con vida —simplemente no morir— ya era un triunfo, ya era más de lo que podían esperar. Porque venían de un lugar donde la vida valía tan poco que estar viva al día siguiente era casi un milagro, donde la muerte era tan común que la sorpresa no era morir sino sobrevivir.

Y sobrevivió, sí, pero a qué precio. Con los gritos de Sharon resonando en su memoria —Sharon a quien le picaron la cara con un cortauñas antes de llenarla de balas—, con el recuerdo de Alexandra que se fue en lancha y nunca llegó a Medellín, con todas las otras cuarenta y siete muertas visitándola en sueños, preguntándole por qué ella sí y ellas no, por qué su vida valió más o fue más afortunada o simplemente tuvo mejor suerte en la ruleta rusa que era acostarse con Pablo Escobar y sus hombres.

«Vea, sinceramente ese hombre a mí no me hizo nada», dijo sobre Escobar, y en esa frase había todo un universo de significados contradictorios. Era verdad que él personalmente no la había torturado ni mutilado ni asesinado. Pero también era verdad que él había creado el sistema que permitía que esas cosas sucedieran, que él era el sol alrededor del cual orbitaba toda esa violencia, que sin él nada de eso hubiera pasado.

«Yo no sé, al final era como todas las personas…», agregó, y quizá tenía razón. Quizá Pablo Escobar era como todas las personas, solo que multiplicado por mil, amplificado hasta lo monstruoso. Tenía las mismas pasiones que cualquier hombre —amor, deseo, ambición, miedo— pero las vivía a una escala que las volvía irreconocibles, como esas fotografías que se amplían tanto que dejan de parecerse a lo que representan.

El Fin del Reino

Pablo Escobar Gaviria murió en un tejado de Medellín el dos de diciembre de mil novecientos noventa y tres, acribillado por las balas del Bloque de Búsqueda o quizá por su propia mano —hay quienes dicen que se suicidó antes que dejarse capturar vivo, y quizá tengan razón porque hay hombres que prefieren escribir ellos mismos el final de su historia antes que dejar que otros lo hagan—. Tenía cuarenta y cuatro años recién cumplidos, una fortuna que algunos calculaban en tres mil millones de dólares, una esposa que lo amaba, dos hijos que lo adoraban, y tres mil cadáveres sobre su conciencia, si es que tenía conciencia, que es algo que nunca quedó del todo claro.

El comandante Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo se adjudicó la muerte, se puso la medalla del héroe, dio entrevistas, escribió libros, se convirtió en leyenda. Pero la leyenda se fue pudriendo con los años como se pudren los cadáveres bajo la tierra, hasta que en febrero de dos mil dieciocho fue capturado por las autoridades colombianas bajo cargos de enriquecimiento ilícito, lavado de activos y colaboración con paramilitares. De ser el hombre que mató a Escobar, se transformó en un espejo oscuro del propio narco: corrupto, violento, obsesionado con el dinero.

Dicen que robó la mítica pistola Sig Sauer de Escobar cuando este cayó muerto en el tejado, que la guardó como trofeo o como talismán, que la llevaba consigo como otros hombres llevan fotos de sus hijos. La pistola desapareció —como desaparecen tantas cosas en Colombia— y con ella desapareció también la inocencia de creer que los que persiguen monstruos no se convierten ellos mismos en monstruos en el proceso.

Con la muerte de Escobar, su imperio se desmoronó como un castillo de naipes. Los sicarios fueron capturados o asesinados, las caletas fueron allanadas, el dinero fue confiscado o robado o simplemente se evaporó en la corrupción generalizada que todo lo contaminaba. La Tata y los niños huyeron del país, cambiaron de nombre, intentaron construir vidas nuevas en el exilio, cargando con un apellido que pesaba como una lápida.

Popeye siguió en prisión, salió, volvió a entrar, se convirtió en una especie de celebrity del crimen, dando entrevistas en las que contaba sus hazañas con ese orgullo perverso de quien ha dejado de distinguir entre la fama y la infamia. Murió de cáncer en febrero de dos mil veinte en una clínica de Bogotá, todavía hablando de El Patrón, todavía justificando lo injustificable, todavía creyendo que había servido a algo más grande que él mismo cuando en realidad solo había servido al horror.

Virginia Vallejo, la amante más famosa, escribió un libro —Amando a Pablo, odiando a Escobar— que se convirtió en bestseller internacional y luego en serie de televisión. Contó su historia de amor y terror, de pasión y traición, de cómo había amado a un monstruo sin saber que era un monstruo o sabiéndolo pero sin importarle hasta que le importó demasiado tarde. Se fue del país, vivió en el exilio, testificó contra los narcotraficantes, se convirtió en una especie de Casandra que advertía sobre peligros que todos conocían pero que nadie quería enfrentar.

Pero de las cuarenta y nueve —o de las que fueran— nadie escribió libros. Nadie hizo series de televisión sobre sus vidas. Sus nombres no aparecen en Wikipedia ni en los documentales sobre Escobar que se producen cada año como si el mundo no se cansara nunca de escuchar la misma historia de poder y corrupción y muerte. Quedaron como notas al pie en la historia del narco, como cifras en los informes policiales, como fantasmas que nadie invoca porque nunca fueron lo suficientemente importantes como para merecer ser recordadas.

Las Que Nunca Tuvieron Voz

Sharon, a quien le picaron la cara con un cortauñas antes de darle veintiocho tiros. Alexandra, que conoció a un Moncada y que se fue en lancha y nunca llegó a Medellín. Y las otras cuarenta y siete cuyos nombres se perdieron en los archivos o nunca fueron registrados porque ¿quién registra los nombres de las putas, de las queridas, de las niñas pobres que vendieron su virginidad por cinco millones de pesos y un sueño que resultó ser pesadilla?

Todas ellas compartían una historia similar: nacidas en barrios pobres donde las casas trepaban por las montañas como si quisieran escapar de la miseria pero solo conseguían acercarse más al cielo que nunca las escuchaba. Hijas de mecánicos y vendedoras de pan, de taxistas y empleadas domésticas, de padres ausentes y madres agotadas. Niñas que crecieron viendo telenovelas donde las muchachas pobres y bonitas se casaban con hombres ricos y vivían felices para siempre, y que creyeron que eso podía pasarles a ellas también, que su belleza era un boleto de salida de la pobreza.

No sabían —¿cómo podían saber?— que en la Colombia de Escobar ese boleto de salida era en realidad un boleto de ida sin regreso, que el hombre rico que las iba a salvar era en realidad el hombre que las iba a matar, que el príncipe azul tenía las manos manchadas de sangre y el corazón lleno de hielo.

Todas ellas fueron a ese primer encuentro con Los Señuelos llenas de esperanza y miedo a partes iguales. El miedo al qué dirán, al pecado, a la vergüenza. La esperanza de los cinco millones de pesos, del carro usado, de la moto pequeña, de poder ayudar a la familia, de dejar de ser pobre aunque fuera por un instante. Y cuando les pusieron delante de sus ojos adolescentes ese fajo de billetes que olía a cocaína y a poder, todas hicieron el mismo cálculo rápido: ¿cuánto vale mi virginidad? ¿Cuánto vale una noche de mi vida? ¿Cuánto vale la posibilidad de ser alguien?

Y todas llegaron a la misma conclusión: vale lo que me están ofreciendo. Vale cinco millones de pesos. Vale un fin de semana con un hombre poderoso. Vale el riesgo.

No sabían que el riesgo era mucho mayor de lo que imaginaban. No sabían que Pablo Escobar era un hombre que pronunciaba sentencias de muerte con la misma facilidad con que otros hombres piden un café. No sabían que «Niñas pórtense bien, no sean mal habladas que por eso es que las matan» no era un consejo sino una profecía.

La Aritmética del Horror

Tres mil muertos en total. Cuarenta y nueve mujeres en tres noches. Veintiocho impactos de bala formando una cruz en un cuerpo de quince años. Trescientos mil pesos por dos días de sexo con los hombres del Cártel. Quinientos pesos extras si el Patrón quedaba satisfecho. Cinco millones de pesos por la virginidad. Un carro usado si la niña era suficientemente bella. Una moto pequeña si era solo bonita.

Los números se acumulan como se acumulan los cadáveres, pero los números no cuentan la historia completa. No cuentan el terror en los ojos de una niña de catorce años cuando entiende que los hombres que la rodean no la van a dejar ir aunque grite. No cuentan las súplicas de Sharon mientras le picaban la cara con un cortauñas. No cuentan los últimos pensamientos de Alexandra en esa lancha que nunca llegó a Medellín. No cuentan las pesadillas de las dos sobrevivientes que siguieron viviendo pero que nunca dejaron de morir un poco cada noche.

El comandante Aguilar aseguró que fueron cuarenta y nueve. El periodista Castro Caycedo admitió años después que nunca verificó esa cifra. La policía tiene archivos pero muchos están incompletos o perdidos o deliberadamente destruidos. Quizá fueron cuarenta y nueve. Quizá fueron menos. Quizá fueron más. Quizá nunca lo sabremos con certeza porque en esa Colombia de los años sangrientos había tantos muertos que se dejó de contar, porque los cadáveres se mezclaban unos con otros en las morgues desbordadas, porque muchas familias nunca denunciaron las desapariciones de sus hijas por miedo o por vergüenza o porque sabían que de todas formas no serviría de nada.

Pero aunque no sepamos el número exacto, sabemos esto: que cada una de esas muchachas tenía un nombre, una historia, un sueño. Que cada una era hija de alguien, hermana de alguien, amiga de alguien. Que cada una dejó un agujero en el mundo con la forma exacta de su ausencia. Y que ese agujero sigue ahí, décadas después, porque los muertos no se van nunca del todo: se quedan flotando en el aire como polvo, como memoria, como advertencia ignorada.

El Mito y el Hombre

Con los años, Pablo Escobar se convirtió en mito. Dejó de ser un hombre de carne y hueso —un hombre que amaba los huevos con arroz y las arepas, que llamaba a su hija para decirle buenas noches, que fumaba marihuana para relajarse— y se transformó en algo más grande y más terrible: en el símbolo de una época, en la encarnación del mal, en el Robin Hood paisa que robaba a los ricos para darle a los pobres mientras simultáneamente mataba a esos mismos pobres si se interponían en su camino.

La gente empezó a usar camisetas con su cara. Los turistas visitaban las ruinas de su hacienda Nápoles como si fuera un parque temático del terror. Se hicieron películas, series de televisión, documentales, podcasts. Se escribieron cientos de libros. Su hijo escribió, su hermano escribió, sus sicarios escribieron, sus víctimas escribieron, sus amantes escribieron. Todos escribieron y todos contaron su versión y todas las versiones eran ciertas y todas eran falsas al mismo tiempo porque la verdad sobre Pablo Escobar es que no hay una sola verdad: hay mil verdades contradictorias que coexisten sin cancelarse mutuamente.

Era un monstruo. Era un padre amoroso. Era un asesino. Era un benefactor. Era un depravado. Era un hombre fiel a su esposa. Era un narcotraficante sin escrúpulos. Era un nacionalista que se oponía a la extradición. Era un terrorista. Era un héroe popular. Era todo eso y nada de eso, o quizá era simplemente un hombre que tuvo demasiado poder y que ese poder lo corrompió hasta transformarlo en algo que ya no era humano, en una fuerza de la naturaleza, en un huracán de violencia que arrasó con todo a su paso y que dejó un país destrozado tratando de recomponerse de sus heridas.

Pero mientras el mito de Escobar crecía y se multiplicaba y se vendía en camisetas y en series de Netflix, las cuarenta y nueve seguían muertas y olvidadas. No había camisetas con sus caras. No había turistas visitando los lugares donde fueron asesinadas. No había series de televisión contando sus historias. Porque ellas no eran lo suficientemente importantes, no eran lo suficientemente interesantes, no eran más que daño colateral en la gran historia del narco que había desafiado a un país entero y que casi ganó.

El Eco en las Carreteras

Y dicen los viejos —porque siempre son los viejos los que recuerdan lo que los jóvenes prefieren olvidar— que todavía, en ciertas noches de septiembre cuando sopla el viento frío de las montañas y las nubes cubren la luna como un sudario, se pueden escuchar en las carreteras de Antioquia los gritos de esas muchachas. No son gritos literales, claro, porque los muertos no gritan excepto en las pesadillas de los vivos. Son el eco de una violencia que nunca terminó de resonar, de una injusticia que nunca fue reparada, de cuarenta y nueve vidas —o las que fueran— que fueron cortadas antes de que pudieran florecer.

Gritan Sharon con su cara picada por el cortauñas y sus veintiocho tiros formando una cruz. Grita Alexandra desde el fondo del río donde su cuerpo se hundió sin dejar rastro. Gritan las otras cuarenta y siete cuyos nombres nadie recuerda pero que existieron, que rieron, que lloraron, que soñaron, que creyeron que podían escapar de la pobreza vendiendo lo único que tenían de valor y que aprendieron demasiado tarde que en el mercado de Pablo Escobar nada tenía valor excepto el silencio, y que incluso el silencio a veces no era suficiente.

Las dos sobrevivientes —la que habló con El Tiempo y La Llorona— también gritan, aunque sus gritos son silenciosos, internos, inaudibles para todos excepto para ellas mismas. Gritan en las madrugadas cuando despiertan sudando frío de pesadillas donde vuelven a estar en La Catedral, donde vuelven a ser violadas por dieciséis hombres en una isla, donde vuelven a escuchar la voz tranquila de Pablo diciéndoles «niñas pórtense bien, no sean mal habladas que por eso es que las matan». Gritan cuando ven en la calle a una niña de catorce años maquillada como mujer y saben exactamente en qué está pensando, qué sueños imposibles está soñando. Gritan cuando encienden la televisión y ven otra serie sobre Escobar que lo muestra como un antihéroe romántico y no como el monstruo que realmente fue.

Sus gritos son la memoria viva de una época que Colombia ha intentado olvidar pero que se resiste a morir del todo, que vuelve una y otra vez en nuevos cárteles, nuevos narcos, nuevas niñas pobres que siguen creyendo que su belleza es su salvación y que siguen muriendo en carreteras solitarias con cruces de balas grabadas en la piel.

La Última Lección

Si hay una lección en la historia de las cuarenta y nueve —y quizá no la hay, quizá algunas historias son solo horror sin moraleja— es esta: que la pobreza mata de muchas maneras, y que una de las más crueles es haciendo que la gente crea que tiene que venderse para sobrevivir. Que cuando las niñas de catorce años tienen que elegir entre seguir siendo pobres o vender su virginidad a un narcotraficante, el problema no son las niñas ni siquiera el narcotraficante: el problema es un país que permite que esa elección exista.

Pablo Escobar no creó la pobreza de Medellín. No creó la desigualdad de Colombia. No creó el sistema que hace que algunas personas tengan tanto que no saben qué hacer con su dinero mientras otras tienen tan poco que venderían su alma por un plato de comida. Pero sí se aprovechó de todo eso. Convirtió la pobreza en un recurso natural que explotaba con la misma eficiencia con que otros explotan el petróleo o el oro. Sabía que «todas tienen un precio» porque el sistema había puesto el precio mucho antes de que él llegara: lo único que hizo fue pagar.

Y en eso, en esa explotación sistemática de la vulnerabilidad humana, era igual que muchos otros hombres poderosos antes y después de él. La diferencia era de escala, no de naturaleza. Era solo que él lo hacía todo más grande, más violento, más explícito. Era solo que él no se molestaba en disfrazar su depravación con palabras bonitas o con justificaciones morales. Era solo que él decía abiertamente lo que otros pensaban en secreto: que en este país no hay inocentes, que todos tienen un precio, que la vida vale menos que las balas que la terminan.

Epílogo: Las Palomas que No Vuelan

Tres décadas después de aquellos aguaceros negros de septiembre, Colombia sigue sangrando. Hay menos sangre, es verdad, hay más paz, hay más esperanza. Pero la herida sigue abierta, supurando, infectada con la memoria de todo lo que fue y con el miedo de todo lo que podría volver a ser.

Los hijos de Escobar crecieron en el exilio, cambiaron de nombre, escribieron libros pidiendo perdón por crímenes que no cometieron pero que heredaron como se hereda el color de ojos. Juan Pablo se convirtió en Sebastián Marroquín, arquitecto y conferencista, un hombre que dedica su vida a decir «mi padre se equivocó» como si esas cuatro palabras pudieran de alguna manera equilibrar la balanza de tres mil muertos. Manuela, «la niña de sus ojos», desapareció de la vista pública, vive en algún lugar del mundo con otro nombre, otra identidad, tratando de olvidar que su padre la amaba mientras compraba niñas de su misma edad para violarlas.

La Tata, la esposa fiel, murió en dos mil diecinueve en Argentina, todavía usando el apellido Escobar a pesar de todo, todavía defendiendo la memoria del hombre que había amado desde los trece años, todavía creyendo —o fingiendo creer— que había algo de bueno en él que valía la pena recordar.

Popeye murió de cáncer, como ya se dijo, pero antes de morir siguió dando entrevistas, siguió contando sus hazañas, siguió sin mostrar arrepentimiento real por las trescientas personas que mató con sus propias manos y las tres mil cuyas muertes ordenó. Murió creyendo que había sido un soldado en una guerra, sin entender nunca que no había sido una guerra sino una masacre, que él no había sido un soldado sino un asesino, que lo único que había servido era al mal puro y simple.

El comandante Aguilar, el héroe que mató a Escobar, terminó en prisión por los mismos delitos que perseguía: narcotráfico, paramilitarismo, enriquecimiento ilícito. El cazador se convirtió en la presa. El mito se reveló como mentira. Y Colombia aprendió una vez más que en esta tierra no hay héroes, solo sobrevivientes y muertos, y a veces ni siquiera eso.

Pero las cuarenta y nueve —o las que fueran— siguen muertas. No resucitaron cuando cayó Escobar. No encontraron paz cuando Popeye murió. No fueron vindicadas cuando Aguilar fue encarcelado. Siguen muertas, y seguirán muertas, y sus nombres seguirán olvidados, porque esa es la naturaleza de la injusticia: que perdura más que la vida, que sobrevive incluso a la muerte, que se perpetúa generación tras generación hasta que se vuelve tan normal, tan cotidiana, tan invisible como el aire que se respira.

Y en algún lugar de Medellín —en algún barrio pobre que trepa por las montañas como si quisiera escapar pero no puede— hay una niña de catorce años que es bonita, que sueña con ser presentadora de televisión, que vive en una casa donde duermen cuatro hermanos en una habitación sofocante, cuyos padres trabajan doce horas al día y apenas llegan a fin de mes. Y mañana o pasado mañana o la semana que viene, un muchacho guapo se le acercará y le dirá que conoce a alguien importante, que ese alguien quiere conocerla, que hay mucho dinero de por medio, quizá hasta un carro.

Y ella tendrá que decidir. Y sea cual sea su decisión, será la decisión equivocada, porque en un sistema tan podrido no hay decisiones correctas para los que no tienen nada excepto su juventud y su belleza y su desesperación.

Las palomas blancas de Pablo Escobar nunca aprendieron a volar. Solo aprendieron a caer. Y treinta años después, las palomas siguen cayendo, siguen cayendo, siguen cayendo, una tras otra tras otra, en una lluvia interminable de cuerpos jóvenes y sueños rotos que nadie cuenta porque se han vuelto demasiado numerosos para contar, demasiado comunes para importar, demasiado predecibles para sorprender a nadie.

Dicen los viejos que el alma de Escobar todavía deambula por Medellín, buscando redención que nunca encontrará, perseguido por los fantasmas de sus tres mil víctimas. Quizá sea verdad, quizá no. Lo que sí es verdad —tan verdad como el viento que sopla sobre las carreteras de Antioquia, tan verdad como el sol que sale cada mañana sobre una ciudad que sigue tratando de olvidar lo que nunca debería olvidar— es que las cuarenta y nueve también deambulan, también persiguen, también reclaman algo que nunca se les dio: justicia, memoria, dignidad.

No la encontrarán. Porque Colombia ha decidido que es más fácil convertir a Escobar en mito que recordar a sus víctimas como personas. Es más fácil hacer series de televisión sobre el narco carismático que hacer documentales sobre las niñas pobres que él violó y asesinó. Es más fácil vender camisetas con la cara del monstruo que construir monumentos a las que el monstruo devoró.

Y así, en este país de memoria selectiva y olvido conveniente, las cuarenta y nueve quedan como lo que siempre fueron en vida: invisibles, desechables, olvidables. Palomas blancas en un cielo negro, cayendo, siempre cayendo, sin que nadie levante la vista para verlas caer.

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