14. La Catedral de los Sueños Podridos
Capítulo 14
La Catedral de los Sueños Podridos
Fue en aquel junio de las nieblas perpetuas, cuando Colombia sangraba por todas sus esquinas y los muertos se apilaban en las aceras como quien apila costales de café, que Pablo Emilio Escobar Gaviria —el hombre que había convertido la cocaína en moneda de curso legal y el terror en forma de gobierno— decidió entregarse a las autoridades con la misma pompa con que un emperador abdica: escogiendo él mismo su trono de cautiverio, diseñando las rejas que habrían de encerrarlo, convirtiendo la rendición en una coronación inversa donde el prisionero era rey y los carceleros, vasallos.
Dicen los viejos de Envigado —aquellos que vieron construirse aquella monstruosidad en las montañas de Antioquia— que la prisión bautizada como La Catedral no fue nunca una cárcel sino un templo dedicado a la impunidad, una catedral del crimen donde se oficiaban misas negras con hostias de pólvora blanca y se comulgaba con la sangre de los enemigos. Porque ¿quién podría negar que solo un dios —o su contraparte infernal— tendría el descaro de negociar los términos de su propio encierro, de exigir que sus guardianes fueran sus propios sicarios, de transformar el castigo en privilegio?
El pacto había sido simple, brutal en su claridad: César Gaviria, el presidente que heredó un país en llamas, ofreció lo impensable a cambio de la paz. Nada de extradición —esa palabra que Escobar pronunciaba como quien escupe una maldición—, nada de cárceles gringas donde los capos morían de frío y de olvido. A cambio, el capo entregaría su cuerpo —nunca su poder— y Colombia respiraría aliviada, aunque fuera la respiración entrecortada de un enfermo terminal que confunde la pausa entre ataques con la curación.
Era el 19 de junio de 1991 cuando Escobar —escoltado por notarios de la muerte, rodeado de un séquito que mezclaba abogados con asesinos, políticos con proxenetas— cruzó el umbral de La Catedral no como quien ingresa a prisión sino como quien regresa a casa después de un largo viaje. Y en cierto modo así era: aquella edificación que antiguamente albergaba drogadictos en rehabilitación había sido transformada, meses antes de su llegada, en un palacio de cinco estrellas donde el lujo no era ostentación sino venganza, donde cada objeto importado desde Italia —los cuadros, los muebles de cedro rojo, las lámparas de cristal de Murano— era un escupitajo en la cara de la justicia.
Las celdas —si es que podían llamarse así— parecían suites de hotel, con pisos de cerámica italiana que reflejaban las caras de los visitantes como espejos burlescos. Había una cancha de fútbol donde Escobar jugaba partidos con futbolistas famosos —René Higuita, el portero loco que paraba penales y lavaba dinero con la misma destreza; Leonel Álvarez, que llegaba en helicóptero como quien visita a un tío excéntrico en su finca—, cascadas naturales que caían con el sonido hipnótico de billetes contándose, un gimnasio donde los sicarios levantaban pesas mientras planeaban asesinatos, un sauna que olía a eucalipto y a corrupción, una discoteca con pista de baile y espejos en el techo donde se celebraban orgías que habrían avergonzado a Nerón, y hasta una pista de aterrizaje para helicópteros que llegaban cargados de mujeres, licor, cocaína y, según cuentan las malas lenguas, cadáveres envueltos en plástico negro.
Los guardias del penal —soldados que cobraban dos sueldos: uno del Estado y otro, infinitamente más generoso, del bolsillo sin fondo de Escobar— hacían guardia con la misma seriedad con que los extras hacen guardia en una película de Hollywood: sabiendo que todo es teatro, que las armas están descargadas, que el malo del cuento es en realidad quien paga sus salarios y les compra casas a sus madres.
Pasaron los meses como pasan las estaciones en el trópico: sin cambios perceptibles, con la misma lluvia interminable, con el mismo sol que calienta las mismas traiciones. Y mientras Colombia creía que Escobar cumplía condena, el capo seguía dirigiendo su imperio desde aquel búnker construido con madera especial —importada de no se sabe dónde, resistente a balas y a remordimientos— donde tomaba decisiones que hacían temblar a medio continente: la muerte de fulano que lo había traicionado, el secuestro de mengano que se negaba a pagar impuesto revolucionario, la voladura de aquel edificio porque sí, porque un dios no necesita razones para ejercer su poder.
Fue el 22 de julio de 1992 —en pleno invierno aunque en Colombia el invierno es solo un eufemismo para la lluvia que no cesa— cuando Gaviria descubrió lo que todo el país ya sospechaba: que Escobar no estaba preso sino de vacaciones, que La Catedral no era presidio sino cuartel general, que los presos eran en realidad los colombianos de a pie que seguían muriendo mientras el capo jugaba billar y planeaba masacres. Los cuerpos de varios de sus socios —hombres que conocían demasiado o que habían mirado con codicia el trono del patrón— habían sido encontrados torturados, descuartizados, disueltos en ácido dentro de los mismos límites de la prisión. Escobar no solo seguía delinquiendo: había convertido su cárcel en matadero.
El presidente, furioso con esa furia de los débiles que descubren que han sido burlados públicamente, ordenó el traslado inmediato del capo a una guarnición militar. Envió al viceministro de Justicia, Eduardo Mendoza, y al director de Prisiones, el coronel Hernando Navas Rubio, a coordinar la operación. Pobres corderos enviados al matadero creyendo que portaban órdenes presidenciales, sin saber que en La Catedral las únicas órdenes que se cumplían llevaban la firma de Pablo Escobar.
Era el 21 de julio, víspera del fin de aquel teatro del absurdo. Los funcionarios llegaron con la solemnidad de los notarios que vienen a leer un testamento, sin imaginar que estaban a punto de convertirse en rehenes de su propia ingenuidad. Apenas cruzaron las rejas —esas rejas ornamentales que parecían más decorado de telenovela que barrotes de prisión—, se desató el infierno coreografiado: un motín perfectamente orquestado donde los presos tomaron el control con la naturalidad de quien retoma lo que siempre fue suyo.
John Jairo Velásquez Vásquez —Popeye, el sicario que había asesinado a trescientas personas o tres mil, dependiendo de si uno creía sus confesiones o sus silencios— apuntó su subametralladora contra la sien de Mendoza mientras hablaba por radio portátil ordenando atentados en Medellín: que estallen las bombas en la Avenida Oriental, que vuelen el centro comercial, que tiemblen las ventanas y los corazones. Era su forma de negociar, de recordarle al Estado quién tenía realmente el poder.
Afuera, las fuerzas especiales del Ejército se preparaban para el asalto. Comandos vestidos de negro, rostros pintados de guerra, armas que brillaban bajo la luna menguante. Helicópteros que hacían temblar el aire con sus aspas metálicas. Todo el aparato militar del Estado movilizándose contra un solo hombre. O eso creían.
Porque mientras los soldados rompían las puertas principales en un espectáculo de fuerza que impresionaba a las cámaras pero a nadie más, Pablo Emilio Escobar Gaviria —el hombre que le había declarado la guerra a un país entero y había estado a punto de ganarla— caminaba tranquilo hacia la parte trasera de La Catedral, hacia un muro de cinco metros que parecía sólido pero que había sido construido de yeso, de yeso común y corriente mezclado con la burla infinita de quien sabe que las prisiones solo existen en la imaginación de los ingenuos.
Junto a su hermano Roberto —el contador de billetes, el cerebro financiero que convertía coca en mansiones— y nueve de sus lugartenientes más fieles, Escobar observó el muro como un director observa el decorado antes de la última escena. Uno de sus hombres —no se sabe si El Mugre o La Quica o alguno de esos sicarios con apodos de personajes de cómic— dio la primera patada. El muro se resquebrajó como se resquebraja una galleta, como se resquebraja la ilusión de que en Colombia existía algo parecido a la justicia. Otra patada. Otra más. Y el muro se vino abajo con un suspiro de polvo blanco que parecía cocaína aunque fuera solo yeso, solo la metáfora perfecta de un país construido sobre mentiras tan endebles que bastaba patearlas para atravesarlas.
Se fueron caminando —no corriendo, caminando— entre la niebla de la madrugada que los envolvió como cómplice. Un soldado declaró después, con la vergüenza del testigo que no hizo nada porque no podía o no quería: «Vi cuando salían vestidos de distintas formas; unos vestidos de guardianes, otros de campesinos, otros bien vestidos y con pasamontañas y una mujer que lucía peluca que al parecer era Pablo Escobar». Al parecer. Como si hubiera dudas. Como si el narcotraficante más buscado del mundo pudiera confundirse con una mujer con peluca sin que nadie moviera un dedo para detenerlo.
Días después, cuando el escándalo era ya un incendio que consumía reputaciones, el suboficial Filiberto Joya Abril confesó entre lágrimas de cocodrilo lo que todos sabían: que él y veinticinco guardias más habían sido sobornados, que el dinero de Escobar compraba lealtades con más eficacia que las medallas del Ejército, que cuarenta y nueve personas —entre soldados, guardias, políticos, abogados— habían sido cómplices de aquella farsa que los medios bautizaron, con una ironía que dolía, como la «Cárcel de Máxima Comodidad».
Los allanamientos posteriores revelaron lo que ya era un secreto a voces: caletas repletas de armas de alto calibre, dólares apilados como ladrillos para construir otra Colombia, drogas suficientes para adormecer a una nación entera, aparatos de comunicación más sofisticados que los de la misma Presidencia, líneas telefónicas directas con México, con los Estados Unidos, con el infierno si hubiera sido necesario, telescopios para vigilar a los vigilantes, centrales de buscapersonas que coordinaban el terror desde aquella colina, y —detalle que rompía el corazón o lo confirmaba definitivamente podrido— casas de muñecas importadas para Manuela, la hija menor del capo, la princesa de un reino de sangre que jugaba con Barbies mientras su padre ordenaba asesinatos en la habitación de al lado.
Después de la fuga, Pablo Emilio Escobar Gaviria se convirtió en el hombre más buscado del país. No solo por la Policía Nacional que le había declarado una guerra que ya había perdido varias veces, no solo por el Gobierno que había quedado en ridículo ante el mundo entero, sino también por sus propios socios, esos mismos que habían cenado en La Catedral, que habían bailado en su discoteca, que habían compartido mujeres y secretos. Los Pepes —Perseguidos por Pablo Escobar— surgieron como surgen los hongos: de la noche a la mañana, de la traición y el miedo, de la certeza de que el capo había comenzado a devorar a sus propios hijos. Porque Escobar, en su paranoia creciente, había empezado a asesinar a quienes consideraba traidores, y en un imperio construido sobre traiciones, todos eran culpables.
La persecución no dio tregua. Dieciséis meses de cacería humana donde el cazador y la presa intercambiaban roles según la hora del día, según la suerte de los dados que Dios o el Diablo lanzaban sobre Colombia. Hasta que finalmente, el 2 de diciembre de 1993 —en esos días extraños previos a la Navidad cuando el país finge que todo va bien—, lo acorralaron en una casa de clase media en Medellín, la ciudad que lo había parido y que ahora lo escupía.
Cuentan que intentó escapar por los tejados, que corrió descalzo sobre las tejas rojas y calientes, que su cuerpo gordo —el cuerpo de un hombre que ya no era el delgado sicario de sus años mozos sino un emperador decadente hinchado por la buena vida y la coca— resbalaba, tropezaba, se aferraba a las cornisas como quien se aferra a la vida. Que recibió tres balazos: uno en la espalda, otro en el cuello, el último en la cabeza. Que cayó con los ojos abiertos mirando el cielo de Medellín, ese cielo que tantas veces había llenado de aviones cargados de cocaína y de bombas.
Y dicen también —aunque esto quizá sea solo leyenda, solo el deseo de un país traumatizado de encontrar justicia poética donde solo hubo caos— que en el momento exacto de su muerte, en La Catedral, en aquella cárcel que nunca fue cárcel, el muro de yeso que había pateado para escapar se reconstruyó solo, ladrillo por ladrillo, como si la arquitectura misma quisiera borrar la vergüenza, como si fuera posible deshacer el pasado con sola fuerza de voluntad.
Pero el muro seguía caído. Y seguiría caído. Porque algunas huidas no se reparan con cemento sino con memoria, y Colombia no olvidaría jamás el día en que su criminal más grande escapó de prisión simplemente pateando una pared, simplemente caminando entre la niebla, simplemente recordándole al país que las leyes son de papel y el papel se quema, se rompe, se pisotea cuando del otro lado hay suficiente dinero, suficiente miedo, suficiente indiferencia.
La única foto que quedó de Escobar en La Catedral —borrosa, tomada a escondidas por algún guardia que quería un recuerdo o una prueba— lo muestra sonriendo, rodeado de sus hombres, con una copa en la mano y la mirada de quien sabe que ya ganó el juego aunque todavía falten jugadas. Es la sonrisa de un hombre que entendió que en Colombia no hay cárceles para los poderosos, solo hoteles con rejas ornamentales. Es la sonrisa que todavía nos persigue en las noches cuando cerramos los ojos y soñamos con justicia, esa palabra que en estos lares suena a chiste cruel, a promesa rota, a muro de yeso que cualquiera puede derribar con una patada.
"Años después, los turistas visitan las ruinas de La Catedral, se toman selfies donde estuvo el muro, compran llaveros con la cara de Escobar. La memoria es también una forma de complicidad."
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