13. El campesino que sembraba papas

 

Capítulo 13
El campesino que sembraba papas mientras su hijo sembraba muerte

Fue Abel de Jesús Escobar Echeverry —hombre de tierra y silencio, agricultor terco que olía a abono y distancia— quien eligió permanecer ajeno al delirio mientras Colombia se desangraba en una guerra que su hijo segundo había ayudado a inventar, esa guerra donde los narcotraficantes dejaron de ser simples contrabandistas para convertirse en ejércitos privados, en constructores de terror organizado, en fundadores de ese paramilitarismo que nació —como vimos— en el parqueadero de una universidad cuando secuestraron a Martha Nieves Ochoa y desataron la furia del MAS. Pero Abel no quiso saber nada de eso, nunca preguntó de dónde venía el dinero que manchaba a su familia, nunca aceptó un peso de la coca transmutada en imperio, y mientras Pablo Emilio firmaba sentencias de muerte y lanzaba panfletos desde helicópteros declarando guerra a las guerrillas, él seguía arando con la misma terquedad con que algunos hombres rezan o maldicen su destino.

Dicen los que lo conocieron que jamás probó un centavo del oro blanco, que prefería dormir entre surcos a descansar en palacios de mármol, y que cuando las balas comenzaron a silbar por toda Antioquia como avispas enfurecidas —cuando el Cartel de Medellín y el MAS se convirtieron en sinónimos del apocalipsis—, él seguía cultivando papas en La Ceja con esa obstinación sagrada de quien siembra principios en tierra estéril, de quien cree que la dignidad se mide por lo que uno rechaza y no por lo que acumula.

La historia —esa perra flaca que nunca olvida pero siempre tergiversa, que convierte a los monstruos en héroes y a los justos en notas al pie— apenas lo recuerda como sombra borrosa en la biografía del capo, cuando en verdad Abel fue quizás la única conciencia limpia en una familia devorada por su propia grandeza, el único que entendió que aceptar ese dinero era aceptar las masacres que lo producían, los veinticinco secuestrados por el MAS, los cuerpos de Luis Gabriel Bernal y Alberto Turizo cosidos a puñaladas, las torturas de Horacio Bernal y Marta Correa Vásquez exhibida con cartel al cuello como escarmiento público.

El amor que llegó por los caminos de montaña cuando Colombia aún creía en el futuro

Fue en Rionegro, Antioquia, en esos años anteriores a la violencia sistémica, cuando el país todavía no sabía que se convertiría en laboratorio de todas las guerras posibles, que Abel —solitario hasta la médula, hermético como pozo cegado— vio descender entre los senderos polvorientos a la profesora recién trasladada. Se llamaba Hermilda Gaviria Berrío y venía de familia acomodada, de comerciantes que sabían contar hasta el último centavo y rezar hasta la última avemaría. Era mujer ambiciosa —de esas que la época apenas toleraba pero secretamente envidiaba—, educada cuando la educación en las mujeres se consideraba lujo peligroso, capaz de calcular el futuro mientras otros apenas sobrevivían el presente.

No tardó en caer en brazos del labriego. O quizás fue él quien cayó en los suyos, porque en estas cosas del amor nunca se sabe quién atrapa a quién, quién es el cazador y quién la presa consentida, igual que nunca se supo en Colombia cuándo exactamente el narcotráfico dejó de ser negocio para volverse guerra, cuándo los criminales se volvieron ejércitos.

Al casarse, Hermilda abandonó las aulas como dictaba la santa costumbre de la época, esa que convertía a las maestras en madres y a las madres en fantasmas domésticos. El peso del sostenimiento cayó sobre Abel como maldición bíblica, pero la agricultura —perra madrastra, amante tacaña— no le dio lo suficiente cuando llegaron Roberto y Pablo Emilio, hambrientos y necesitados como todos los hijos del mundo, especialmente los hijos de los pobres en un país que siempre ha castigado la pobreza como si fuera delito.

Desesperado, pidió ayuda al político e intelectual antioqueño Joaquín Vallejo Arbeláez, y la familia se mudó entonces a su finca, donde Abel sería mayordomo: título pomposo para el sirviente bien tratado, para el hombre que aprendió temprano que en Colombia siempre hay alguien arriba y alguien abajo, y que los de abajo solo pueden esperar migajas o rebelarse, y Abel no era de los que se rebelaban sino de los que aguantaban con esa dignidad silenciosa que confunden con resignación los que nunca han tenido que elegir entre la dignidad y el hambre.

La precariedad que no conoce tregua ni siquiera en los sueños

Pero la miseria —esa sombra fiel que persigue a los pobres como perro hambriento— continuaba. Contra la voluntad de Abel, que aún cargaba esa vergüenza masculina de no poder alimentar a los suyos, Hermilda pidió reincorporarse como docente. Le tocaban siempre colegios de zonas rurales alejadas, pueblos donde llegaba la familia completa —ya con siete bocas que alimentar— como circo ambulante de la precariedad, como nómadas de la educación pública que iban dejando rastros de tiza y desesperanza.

Así estuvieron errando por varios municipios hasta que en 1961 la trasladaron a Envigado, ese lugar que décadas después vería nacer las Oficinas de sicarios que matarían por encargo, que se convertiría en territorio del crimen organizado, pero que entonces era apenas un pueblo más donde los pobres trataban de sobrevivir sin saber que sus hijos heredarían la violencia como única forma de ascenso social.

Se ubicaron en el barrio La Paz —nombre irónico para un lugar donde nunca hubo paz verdadera, como Colombia entera que siempre ha llamado paz a los intervalos entre masacres—, donde Abel montó una tienda en uno de los tres cuartos miserables de la casa. Tuvo que cerrarla a los pocos meses: ni siquiera en la pobreza hay clientes para los pobres, porque los pobres solo pueden comprarles a los ricos que les venden caro lo que necesitan para sobrevivir.

Intentó entonces, con esa dignidad suicida de los hombres que no saben rendirse, buscar trabajo como pintor, granjero, jardinero. Terminó siendo el celador del barrio: guardián nocturno de las pesadillas ajenas, vigilante de una paz que nunca existió, protector de propiedades que nunca tendría. Y fue en esas noches de vigilia, quizás, donde Pablo Emilio aprendió la lección que Abel nunca quiso enseñarle: que en Colombia los pobres solo tienen dos caminos, seguir siendo pobres o volverse criminales, y su hijo eligió el segundo con una eficiencia que haría historia.

Cuentan —y en esto coinciden hasta los que mienten— que apenas los hijos tuvieron modo de valerse por sí mismos, Abel regresó al campo como quien regresa al útero materno, para nunca más salir. Y mientras su familia disfrutaba de las rentas del oro blanco —esa cocaína que olía a dólares y sabía a muerte, que financiaba el MAS y sus masacres, que pagaba los sicarios que exhibían a Marta Correa Vásquez con carteles al cuello—, él se mantuvo alejado, sembrando papas con la obstinación de quien siembra resistencia, de quien entiende que cada papa cosechada con sus manos es una negativa, un rechazo silencioso a ese dinero que compraba helicópteros para lanzar panfletos de guerra.

El secuestro que convirtió al hijo asesino en salvador del padre campesino

Fue en septiembre de 1984 —tres años después de que Pablo ayudara a crear el MAS, cuando ya habían matado a decenas de supuestos guerrilleros y el paramilitarismo se había convertido en industria de la muerte— que la fama vino a buscar a Abel hasta el refugio de sus surcos, hasta La Ceja, donde él creía que la guerra no lo alcanzaría porque no había aceptado participar en ella.

Regresaba del mercado en una camioneta Toyota —detalle preciso porque en estas historias los detalles son lo único que queda cuando la verdad se pudre— cuando seis hombres armados con fusiles y ametralladoras lo interceptaron cerca de su finca Villa Hermilda, nombre que Pablo le había puesto en honor a su madre, porque los asesinos más brutales siempre aman a sus madres con una ternura que no ofrecen a nadie más.

Haciéndose pasar por agentes especiales —porque en Colombia los delincuentes siempre se disfrazan de autoridad y las autoridades de delincuentes, en un teatro del absurdo que dura décadas—, lo amarraron y se lo llevaron con rumbo al olvido. Dicen que en el camino pinchaban las llantas de cuanto vehículo pasara, robaban llaves, sembraban el caos como quien siembra minas, exactamente igual que había hecho el MAS cuando perseguía a los secuestradores de Martha Nieves Ochoa, con esa misma metodología del terror que se replica como virus.

Primero dijeron que era un ajuste de cuentas de grupos de derecha, luego que la DEA buscaba al capo. Lo cierto —si es que en esta historia existe algo cierto— es que Pablo regresó de su escondite en Nicaragua para ponerse al frente del asunto. Porque una cosa era haber creado el MAS junto a Carlos Lehder y los Ochoa, haber declarado guerra a las guerrillas, haber firmado sentencias de muerte contra veinticinco familiares de Luis Gabriel Bernal, y otra muy distinta que tocaran a su padre, ese campesino terco que nunca quiso su dinero pero sí su respeto, ese viejo que cultivaba papas mientras él cultivaba cadáveres.

Los secuestradores —banda local llamada Los Trucos, nombre que auguraba más estupidez que astucia, delincuentes comunes que no entendieron que secuestrar al padre de Pablo Escobar era como tocar al hermano de los Ochoa: despertar un monstruo que llevaba años esperando excusa para desatarse— llamaron a Roberto pidiendo cincuenta millones de dólares. Pablo no pensaba soltar un peso, pero ideó un plan con esa inteligencia criminal que lo convertía en genio o demonio según quien contara la historia, con esa misma eficiencia que había demostrado cuando organizó el MAS en el restaurante La Margarita y convocó a doscientos hombres para cazar guerrilleros.

Publicó clasificados en El Colombiano y El Mundo —los mismos periódicos que tres años antes habían cubierto el secuestro de Martha Nieves Ochoa y el nacimiento del paramilitarismo— ofreciendo recompensas millonarias. Su verdadera intención: que los secuestradores supieran que los estaban buscando, que sintieran el aliento de la muerte en la nuca, igual que lo habían sentido los del M-19 cuando el MAS secuestró a veinticinco de sus familiares y los torturó hasta que devolvieron a Nieves.

Luego puso cámaras en cada droguería de Medellín, sabiendo que tarde o temprano necesitarían el medicamento para el corazón que mantenía vivo a Abel, ese corazón que bombeaba sangre limpia mientras el de su hijo bombeaba odio organizado, venganza sistematizada, terror metodológico.

Y así fue. Unos drogistas avisaron cuando compraron las pastillas, Pablo les pagó mil seiscientos cuarenta y nueve dólares por el dato —cantidad precisa porque el narco era meticuloso hasta en sus caridades—, y ubicaron a dos secuestradores. Mientras tanto, Roberto negociaba para ganar tiempo, acordando doscientos millones de pesos. El bolso que entregaron llevaba rastreador, claro, porque en el ajedrez de la muerte siempre hay una pieza escondida, una trampa dentro de la trampa, igual que el MAS había usado a Pablo Catatumbo y Elvencio Ruiz como moneda de cambio para recuperar a Martha Nieves.

A los dieciocho días —cifra cabalística, tiempo suficiente para que un secuestro se convierta en leyenda—, unos cincuenta hombres armados llegaron al lugar, mataron a tres de Los Trucos que custodiaban a Abel, y lo recuperaron sano y salvo. Lo más extraordinario —ironía de esas que solo Colombia produce, país donde las contradicciones son la única constante— es que en medio del operativo rescataron también al niño Wilson Patiño Toro, de dieciséis años, secuestrado días antes en otra finca.

Los periódicos catalogaron a Escobar como héroe. El mismo hombre que había fundado el MAS, que había ordenado la tortura de veinticinco personas, que había exhibido a Marta Correa Vásquez atada con cartel al cuello, que había mandado asesinar a John Jairo Restrepo y Alberto Turizo, que había perseguido a Luis Gabriel Bernal hasta matarlo a puñaladas en Bogotá, ese mismo asesino se había convertido en salvador por rescatar a su padre y a un muchacho de paso.

Porque así funciona Colombia: el mismo dinero que financia el paramilitarismo puede rescatar niños secuestrados, el mismo hombre que declara guerra a las guerrillas desde helicópteros puede ser llamado héroe cuando salva a su padre campesino, la misma organización que nació para vengar a Martha Nieves Ochoa puede presentarse como defensora del pueblo cuando le conviene.

El silencio que absolvió o condenó, quién sabe

Después del secuestro, Abel volvió a su anonimato como quien se mete en un ataúd de vida. No se le vio siquiera en el sepelio del narcotraficante cuando la policía lo acorraló como rata en un tejado de Medellín, aquel dos de diciembre de 1993, diez años después de que el MAS demostrara que el narcotráfico podía organizarse como ejército, que los criminales podían convertirse en justiceros, que la venganza podía disfrazarse de ideología.

Hermilda sí salió a defender a su hijo, a quien nunca creyó criminal pese a los cinco mil asesinatos que le adjudicaban, pese a haber fundado el paramilitarismo junto a Lehder y los Ochoa, pese a haber convertido el secuestro de Martha Nieves en excusa para declarar guerra total a la izquierda. Pero Abel no, nunca dio declaraciones, nunca justificó nada, nunca lloró en público, nunca dijo si estaba orgulloso o avergonzado del hijo que lo había rescatado usando la misma maquinaria de muerte que había construido para vengar a los Ochoa.

Su nombre pasó al olvido hasta el veintiuno de octubre de 2001, cuando una afección en los pulmones —esos pulmones que habían respirado aire puro de montaña toda una vida, que nunca inhalaron el polvo de coca ni el humo de la pólvora— se lo llevó a los setenta y cinco años. La noticia hubiera sido simple obituario de no ser por el testamento que reveló una fortuna misteriosa: más de trescientos setenta y seis mil dólares en bienes, propiedades que jamás estuvieron bajo extinción de dominio porque las autoridades siempre sostuvieron que el campesino nunca tuvo que ver con los negocios de su hijo.

El misterio que nadie quiere resolver porque todos conocen la respuesta

¿De dónde sacó Abel esa fortuna? ¿Cómo un hombre que se negaba a tocar el dinero sucio terminó con fincas, terrenos en distintas zonas de Antioquia, un apartamento penthouse en El Poblado —barrio más exclusivo de Medellín— y autos de lujo? ¿Cómo el campesino que cultivaba papas para no aceptar el oro blanco murió dejando una herencia que haría rico a cualquier empresario honesto?

Nadie lo sabe. O todos lo saben pero nadie lo dice, porque en Colombia hay verdades que se entierran más profundo que los muertos del MAS, más hondo que los cadáveres de Bernal y Turizo, más ocultas que las fosas donde terminaron los veinticinco secuestrados que nunca aparecieron completos.

Quizás Abel sí aceptó el dinero pero solo al final, cuando ya estaba viejo y cansado. Quizás Pablo le compró las propiedades a su nombre sin preguntarle, igual que había fundado el MAS sin consultar con nadie si crear un ejército paramilitar era buena idea. Quizás el campesino terco se quebró como se quiebra la tierra en sequía, y aceptó lo que siempre había rechazado porque la vejez vuelve prácticos hasta a los más principistas.

O quizás —y esta es la versión que nadie quiere creer porque arruina la fábula— Abel siempre aceptó el dinero pero con condición de no vivir de él, de seguir cultivando papas mientras las propiedades se acumulaban a su nombre como pecados contabilizados, como culpas en cuenta bancaria, como precio del silencio del único hombre que podía haberle dicho a Pablo que no, que lo que estaba haciendo —crear el MAS, torturar guerrilleros, exhibir mujeres con carteles, fundar el paramilitarismo— estaba mal.

El bulto de papas que llegaba cada mes como absolución o como condena

Juan Pablo Escobar, nieto que nunca recibió su parte de la herencia, escribió: "La discreción caracterizó al abuelo Abel, al igual que su radical decisión de no abandonar su condición de hombre del campo. Aun en las peores épocas, cuando corríamos de caleta en caleta huyendo de las autoridades, él se las arreglaba para hacer llegar cada mes un bulto de papa que cultivaba en su finca. Esa fue siempre su silenciosa muestra de amor hacia nosotros".

Pero ¿era amor ese bulto de papas o era expiación? ¿Era ternura o era la forma de Abel de decir "yo no participo pero tampoco los abandono"? ¿Era inocencia o era la complicidad más refinada, la que no ensucia las manos pero sí acepta los beneficios?

Porque cada mes, mientras Pablo organizaba el MAS con los Ochoa y Lehder, mientras ordenaba la tortura de los familiares de Bernal, mientras exhibía a Marta Correa como trofeo de guerra, mientras perseguía guerrilleros y convertía el secuestro de Martha Nieves en excusa para fundar el paramilitarismo, Abel enviaba su bulto de papas. Papas limpias, cultivadas con sus manos, sin sangre aparente, pero que llegaban a una mesa comprada con el dinero del MAS, a una casa protegida por sicarios del Cartel de Medellín, a una familia que vivía de la muerte organizada.

Y quizás esa era su forma de mantener la dignidad: seguir siendo campesino aunque sus nietos fueran herederos de un imperio criminal, seguir sembrando aunque su hijo sembrara cadáveres, seguir creyendo que las papas lo absolvían de todo lo que callaba.

El fantasma que esperaba al hijo muerto para preguntarle por qué

Luz María, otra hija del capo, contó que Abel murió esperando. Seguía pensando que Pablo no estaba muerto, que se le iba a aparecer como tantas otras veces que habían anunciado su captura y él llegaba luego a tocar la puerta, vivo y sonriente, invencible como los dioses falsos que inventamos para no morir de miedo.

Pero tal vez lo que Abel esperaba no era que Pablo regresara sino que le explicara cuándo exactamente dejó de ser el niño pobre de Envigado —hijo del celador que vigilaba la paz inexistente— para convertirse en fundador del MAS, en el hombre que reunió doscientos sicarios en La Margarita, en el que ordenó lanzar panfletos desde helicópteros declarando guerra a las guerrillas, en el que convirtió el secuestro de Martha Nieves Ochoa en el mito fundacional del paramilitarismo colombiano.

Tal vez Abel quería preguntarle si había valido la pena, si crear un ejército privado para vengar a una muchacha secuestrada justificaba las décadas de masacres que vinieron después, si rescatarlo a él con cincuenta hombres armados compensaba los miles de padres que perdieron a sus hijos por culpa del MAS y todos los grupos paramilitares que surgieron después, inspirados en ese modelo de terror sistematizado.

Pero Pablo nunca regresó a responder esas preguntas, y Abel murió en 2001 sin saber —o fingiendo no saber— que su hijo no solo había traficado coca sino que había inventado una forma nueva de violencia, más organizada que la guerrilla, más eficiente que el Estado, más duradera que cualquier cartel: el paramilitarismo que nació cuando secuestraron a Martha Nieves y que aún hoy, más de cuarenta años después, sigue desangrando a Colombia con la misma metodología, la misma excusa, la misma mentira de que la violencia organizada puede ser justicia.

La herencia que separó a los vivos como el MAS separó a los muertos de sus familias

Ni Juan Pablo ni su hermana recibieron la parte de herencia que les correspondía. El testamento terminó por separar definitivamente a los Escobar Gaviria, que hasta el sol de hoy no tienen contacto. Porque el dinero —sucio o limpio, ganado con papas o con coca, acumulado rechazándolo o aceptándolo en secreto— siempre pudre lo que toca, siempre divide lo que parecía unido, igual que el MAS dividió a Colombia en bandos irreconciliables, igual que el secuestro de Martha Nieves creó una fractura que nunca cerró.

Y ahí quedó la familia Escobar: dispersa por el mundo, sin hablarse, peleando por una herencia que probablemente venía del mismo dinero que Abel juró nunca tocar, del mismo imperio que financió el MAS, del mismo narcotráfico que se convirtió en paramilitarismo aquella tarde de noviembre de 1981 cuando tres hombres metieron a Martha Nieves a un Renault 12 en la Universidad de Antioquia.

Así murió Abel de Jesús Escobar Echeverry: campesino terco que rechazó imperios pero aceptó herencias, padre discreto que nunca preguntó de dónde venía el dinero pero sí lo administró en silencio, hombre del campo que eligió la tierra sobre el oro blanco pero terminó con propiedades que ningún agricultor honesto podría costear, patriarca que enviaba bultos de papas mientras su hijo fundaba el paramilitarismo que aún desangra a Colombia.

¿Fue cómplice por su silencio cuando Pablo creó el MAS? ¿Fue santo por rechazar el dinero sucio aunque al final lo heredara? ¿Fue cobarde por no enfrentar a su hijo cuando torturaba a los familiares de Bernal? ¿Fue sabio por elegir la vida simple aunque esa simplicidad se sostuviera sobre cimientos de sangre?

Nadie puede juzgarlo porque nadie sabe qué haría en su lugar. Y esa, quizás, es la única verdad de esta historia: que Abel fue simplemente un hombre tratando de sobrevivir en una familia que se convirtió en maldición, un campesino que eligió el arado mientras el mundo se incendiaba a su alrededor, un padre que amaba lo suficiente para no preguntar y callaba lo suficiente para no traicionar, un hombre que cultivaba papas pensando que eso lo absolvía de todo lo que su hijo cultivaba con las armas del MAS.

Los muertos siguen hablando en Colombia, y Abel —ese fantasma discreto que nunca quiso el oro blanco pero terminó heredando propiedades compradas con ese oro— sigue enviando cada mes su bulto de papas desde algún lugar donde los padres no tienen que avergonzarse de los hijos que fundaron el paramilitarismo, donde los campesinos no tienen que explicar de dónde salió el dinero para el penthouse de El Poblado, donde las papas limpias pueden coexistir con las herencias sucias sin que nadie pregunte demasiado.

Y quizás eso es lo más colombiano de Abel: no la pureza que se le atribuye ni la complicidad que se le oculta, sino esa capacidad infinita de vivir en la contradicción, de cultivar dignidad en tierra envenenada, de sembrar papas mientras alrededor se siembran cadáveres, de decir no con la boca mientras el cuerpo entero dice quizás, tal vez, no pregunten mucho.

Exactamente igual que Martha Nieves Ochoa regresó a su vida después de tres meses de secuestro, pero Colombia nunca regresó de lo que ese secuestro desató: el paramilitarismo que su hermano y Pablo Escobar inventaron, ese MAS que comenzó buscando guerrilleros y terminó matando sindicalistas, estudiantes, campesinos, cualquiera que molestara, cualquiera que preguntara de dónde venía el dinero, cualquiera que se pareciera demasiado a lo que Abel fingió ser toda su vida: un hombre honesto en un país donde la honestidad se paga con pobreza o con muerte, y Abel —astuto o cobarde, puro o cómplice— eligió el único camino intermedio posible: callar, sembrar papas, y dejar que las propiedades se acumularan solas mientras él miraba para otro lado, cultivando su inocencia como quien cultiva tubérculos, esperando que nadie notara que las raíces de su fortuna se hundían en la misma tierra ensangrentada donde Pablo y los Ochoa habían sembrado el MAS.

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