12. La Noche en que el Narco se Volvió Paramilitar
Capítulo 12
La Noche en que el Narco se Volvió Paramilitar
Era noviembre de 1981, y Medellín amanecía con ese olor a lluvia retenida que tiene la ciudad cuando la tragedia está por desatarse, cuando las nubes se acumulan sobre el valle como buitres pacientes, cuando los estudiantes de la Universidad de Antioquia caminaban entre los edificios sin saber que ese día el mapa de la violencia colombiana se estaba redibujando con tinta de sangre en el parqueadero de una facultad cualquiera. Porque fue allí, entre el ruido ordinario de motores y conversaciones sobre marxismo y exámenes de economía, donde tres hombres sin rostro —o con todos los rostros del país, que viene a ser lo mismo— abordaron a Martha Nieves Ochoa, estudiante de sexto semestre, hermana de narcotraficantes, muchacha que había cometido el error de creer que la universidad era un territorio neutral, un país aparte donde las guerras de afuera no entraban, y la metieron a empujones en un Renault 12 que esperaba con el motor encendido, exhalando humo azul como si respirara la violencia que estaba por venir. El interior del carro olía a gasolina barata y miedo ajeno, a tapicería raída que había absorbido el sudor de otros secuestros, y cuando la muchacha forcejeó —porque Martha Nieves no se entregó sin resistencia— sus gritos quedaron ahogados por el chirrido de las llantas sobre el pavimento mojado, ese sonido que Medellín conoce bien: el alarido de goma quemada que anuncia que alguien acaba de desaparecer.
Jaime Arturo Gómez, quien entonces era estudiante de medicina y conocía a uno de los secuestradores porque su hermano había sido amigo de infancia del guerrillero, recuerda que días antes le habían pedido prestado su carné universitario para "jugar un picadito", y él lo entregó sin sospechar que ese pedazo de plástico con su fotografía borrosa sería la llave que abriría las puertas del infierno, la credencial que permitiría entrar a la universidad a los hombres del M-19 que planeaban un secuestro que costaría más vidas de las que jamás imaginaron. "Supongo que eso les dijo a varias personas", cuenta Gómez ahora, con esa voz que tienen los testigos involuntarios de las catástrofes, esa manera de hablar de quien sabe que un gesto insignificante —prestar un carné, no hacer una pregunta— puede cambiar el curso de un país.
Dicen los que saben, los que estuvieron cerca de aquellos días de púrpura y pólvora, que en el secuestro participaron Luis Gabriel Bernal, Guillermo Elvencio Ruiz y John Jairo Restrepo, el Mono Candelo, quien además de guerrillero era compañero de Martha Nieves en la Facultad de Economía, compartía con ella las clases sobre teorías del desarrollo y balances macroeconómicos mientras planeaba su rapto, esa clase de contradicción que solo Colombia produce: el estudiante que secuestra a su compañera de aula, el camarada que traiciona porque la revolución —esa palabra que en los ochenta todavía olía a pólvora fresca y promesas incumplidas— necesitaba doce millones de dólares para denunciar las estructuras del poder, como si el poder pudiera denunciarse con dinero robado, como si la violencia pudiera curarse con más violencia.
La retuvieron primero en una casa de seguridad del M-19 en San Javier, barrio del occidente de Medellín donde las montañas se empiezan a subir como escaleras al cielo o al infierno según se mire, después la trasladaron a La Estrella, y finalmente la llevaron por una trocha hacia el Eje Cafetero, esa geografía de la Colombia profunda donde los cafetales esconden todo lo que el país no quiere ver: guerrilleros, paramilitares, fosas comunes, sueños podridos. Cuenta Augusto Osorno, médico veterinario y desmovilizado del M-19 que conoció de cerca ese caso, que Jaime Bateman —máximo comandante de esa guerrilla que se creía Robin Hood tropical— "se había ideado que había que hacer un gran operativo para denunciar las estructuras del poder en Colombia y entonces se necesitaba una plata con urgencia", esa urgencia que tienen los revolucionarios cuando confunden la necesidad con el derecho, cuando creen que el fin justifica secuestrar a una muchacha de veinte años que solo quería estudiar economía y entender por qué su país era tan pobre siendo tan rico.
Pero lo que Bateman y sus comandantes no visualizaron —porque los revolucionarios, como los poetas, a veces no ven más allá de sus metáforas— fue que secuestrar a la hermana de Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa era como destapar una alcantarilla donde dormía un monstruo que llevaba años esperando una excusa para salir a la luz, para legitimarse, para convertir el narcotráfico en guerra santa. Los hermanos Ochoa ya le habían advertido a Martha Nieves de los peligros de estudiar en la Universidad de Antioquia, le habían dicho "mucho cuidado porque en esa universidad pública hay mucho guerrillero, mucho comunista", pero ella no hizo caso porque era joven y porque la juventud cree que la historia le va a respetar sus sueños, sus ganas de ser normal, de estudiar en una universidad donde se hablaba de Marx y Keynes sin que eso significara poner la vida en juego.
Cuando Jorge Luis Ochoa se enteró del secuestro, le contó a Pablo Escobar, y Escobar lo tranquilizó con esa voz que tenía para apaciguar tempestades, para hacer que lo imposible pareciera sencillo: iban a negociar su liberación, dijo, como si negociar con guerrilleros fuera cuestión de sentarse a tomar café y ajustar cifras. Pero lo que Escobar tenía en mente no era una negociación sino una declaración de guerra, un mensaje escrito con sangre y enviado a todas las guerrillas del país: no se metan con nuestra gente, no confundan el narcotráfico con el Estado débil, somos más poderosos que todos ustedes juntos, y vamos a demostrarlo.
Y así fue como cerca de doscientos hombres —sicarios, escoltas, pistoleros a sueldo, matones con vocación, asesinos por convicción— convocados por Carlos Lehder, Escobar, los Ochoa, los Castaño y otros narcotraficantes se reunieron en el restaurante La Margarita, propiedad de la familia Ochoa, y crearon el grupo Muerte a Secuestradores —MAS—, esas tres letras que se convertirían en el alfabeto del terror, en la gramática del paramilitarismo colombiano, en el manual de instrucciones para todas las masacres que vendrían después. Fue probablemente el embrión del paramilitarismo en Colombia, coinciden Gómez, Osorno y el periodista Alonso Salazar, un momento inaugural donde se vio por primera vez "un movimiento organizado, de la derecha, con los recursos del narcotráfico y cuyo propósito era combatir la izquierda", esa izquierda difusa que en Colombia podía ser un guerrillero, un estudiante, un sindicalista, un campesino que hablaba de reforma agraria, cualquiera que molestara.
El 2 de diciembre de 1981, apenas veinte días después del secuestro, el MAS lanzó desde un helicóptero sobre Cali panfletos que anunciaban "el inicio de la búsqueda de secuestradores comunes y secuestradores subversivos", como si fueran volantes publicitarios de una tienda de electrodomésticos, como si declarar la guerra fuera cuestión de repartir papeles desde el cielo. Y después vinieron los secuestros, las desapariciones, las torturas: veinticinco personas cercanas a Luis Gabriel Bernal fueron raptadas por el MAS, entre ellas Horacio, su hermano, y Marta Correa Vásquez, su esposa, a quien liberaron amarrada en el edificio del periódico El Colombiano en Medellín, con un cartel colgado al cuello que la identificaba como secuestradora, expuesta como escarmiento público, como lección de anatomía del miedo.
En algún lugar del Eje Cafetero, mientras tanto, Martha Nieves Ochoa seguía secuestrada sin saber que su rapto había desatado una guerra que duraría décadas, que su nombre se convertiría en el punto de quiebre donde el narcotráfico dejó de ser solo negocio y se volvió ejército, ideología, proyecto político. Según cuenta el periodista Salazar en su libro No hubo fiesta, en el secuestro también participó Pablo Catatumbo, quien aunque no era integrante del M-19 decidió sumarse mientras se encontraba de vacaciones en Medellín —porque en Colombia hasta los secuestros se hacen en vacaciones, como quien va a un paseo de olla—, y terminaría retenido por el MAS junto a Elvencio Ruiz. Ambos serían la carta de negociación para lograr la liberación de Nieves, y por eso no fueron asesinados, mientras que John Jairo Restrepo y Alberto Turizo sí murieron a manos de esa agrupación que no perdonaba, que no entendía de matices.
Finalmente, el 16 de febrero de 1982, después de tres meses de cautiverio, Martha Nieves fue liberada en Armenia. Aunque la familia Ochoa se había negado en un principio a pagar el rescate, el Cartel de Medellín terminó entregando 1.2 millones de dólares —muy lejos de los doce millones que pedía el M-19—, según reveló el periódico El Tiempo en una publicación del 24 de septiembre de 1991 titulada con esa precisión burocrática que tienen las confesiones tardías: "Sí se pagó rescate por Martha Nieves Ochoa".
Pero la historia no terminó con la liberación. El MAS, desatado ya, tenía sed de venganza, y esa sed en Colombia nunca se calma con un solo muerto. "Fue tanto el odio que eso despertó en los paracos que se ensañaron, cuando se liberó a Martha Nieves, contra Luis Gabriel Bernal", recuerda Osorno. Y así fue: Bernal, perseguido como animal de monte, terminó robando un avión en Cali y huyendo a Cuba, después a Suecia, buscando un país donde el apellido colombiano no fuera sinónimo de sentencia de muerte. Pero el MAS tenía memoria larga y recursos infinitos, y cuando Bernal cometió el error de regresar a Bogotá en uno de esos viajes que hace la nostalgia o la imprudencia, fue asesinado a puñaladas por miembros de esa organización que no olvidaba, que llevaba la cuenta de cada agravio como un contador meticuloso del apocalipsis.
Gómez, Osorno y Salazar coinciden en que a Bernal se le criticó su falta de visión política, por no haber medido las consecuencias de ese secuestro, por no haber entendido que en Colombia hay familias a las que no se toca, líneas rojas invisibles que separan el activismo de la condena a muerte. "Las consecuencias del secuestro de Martha Nieves no se visualizaron", dice Osorno con esa voz que tienen los que sobrevivieron para contar, los que vieron arder a sus compañeros y tuvieron la suerte o la cobardía de escapar. Fue uno de los grandes errores que el M-19 cometió, aseguran, pero en Colombia los errores no se pagan con disculpas sino con sangre, y la sangre que se derramó después del secuestro de Martha Nieves Ochoa todavía no termina de secarse en las cunetas de este país que confunde la historia con la maldición.
Y así, en el parqueadero de una universidad pública, entre libros de economía y panfletos marxistas, entre muchachos que soñaban con cambiar el mundo sin saber que el mundo los cambiaría a ellos primero, nació el paramilitarismo colombiano: no en un cuartel, no en una embajada, no en un laboratorio de cocaína, sino en el forcejeo de tres hombres metiendo a una muchacha a un Renault 12, en el error de cálculo de una guerrilla que creyó que podía tocar a los intocables, en la furia de unos narcotraficantes que descubrieron que podían ser algo más que criminales: podían ser justiceros, vengadores, defensores de un orden que el Estado no defendía, constructores de un país paralelo donde la ley la escribían ellos con balas.
Martha Nieves Ochoa sobrevivió, pero Colombia, esa mañana de noviembre de 1981, comenzó a morir de una muerte distinta, más organizada, más ideológica, más parecida a una guerra civil que nunca se atrevió a decir su nombre.
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