11. El evangelio según los muertos
Capítulo 11
El evangelio según los muertos
Fue en aquel abril de las lluvias amargas, cuando Medellín despertó cubierta de billetes manchados de barro como si fueran hojas de plátano podridas, que los vivos supieron —aunque ya lo sabían desde siempre, con esa sabiduría turbia que tienen los que viven cerca de la muerte— que Pablo Emilio Escobar Gaviria había comenzado a escribir su propia hagiografía con tinta de sangre y caridad, tal como le había profetizado aquella vieja que vendía lotería en la esquina de Junín con La Playa y que todos tomaban por loca hasta que sus predicciones empezaron a cumplirse con una precisión que espantaba a los periodistas de la ciudad.
Dicen los que todavía recuerdan —y son pocos, porque la memoria en Colombia es un lujo que pocos se pueden permitir— que el primer artículo sobre don Pablo apareció en una revista que olía a papel caro y ambiciones liberales, escrito por alguien que no sabía aún que estaba redactando el génesis de una catástrofe. Era un texto inocente, si es que la inocencia puede existir cuando se escribe sobre hombres que huelen a pólvora y a perfume francés al mismo tiempo. Un Robin Hood paisa, lo llamaron, como si en Antioquia los ladrones generosos no fueran simplemente ladrones con mejor publicista, como si el bosque de Sherwood pudiera trasplantarse a las montañas donde el café y la coca crecen con la misma terquedad.
El periodista —cuyo nombre la historia ha tenido la decencia de olvidar— visitó el basurero municipal, ese Gólgota vertical donde dos mil quinientas familias purgaban el pecado de haber nacido pobres en un país que fabrica pobreza con la eficiencia de una fábrica alemana. Allí vio llegar al hombre en un Renault 18 color habano, ese tono impreciso entre la mierda y el oro que tanto gustaba a los nuevos ricos de Envigado. Los niños lo rodearon como si fuera san Francisco de Asís, las mujeres le besaban las manos como si fueran reliquias, los hombres bajaban la mirada con ese respeto servil que en Colombia se confunde siempre con la dignidad.
—¡Llegó don Pablo, llegó don Pablo! —gritaban los pequeños.
Y don Pablo llegaba siempre, con esa puntualidad obscena de los que tienen helicópteros y conciencia, con esa generosidad calculada de quien sabe que la caridad es la mejor inversión cuando se tiene demasiada sangre en las manos y se necesita agua bendita para lavarlas.
Tenía treinta y tres años entonces —la edad de Cristo cuando lo clavaron en la cruz, aunque Escobar prefería ser él quien pusiera los clavos—, y ya su nombre producía en Antioquia todas las reacciones que produce un arcángel caído: explosiva alegría entre los mendigos que recibían sus casas, profundo terror entre los que sabían de dónde salía el dinero para construirlas, cauteloso desprecio entre los aristócratas de El Poblado que lo rechazaban en público y le pedían favores en privado, admiración enfermiza entre los jóvenes sicarios que veían en él la única escalera posible para salir del infierno de las comunas.
Nadie era indiferente a Pablo Escobar, porque la indiferencia es un privilegio de los que viven lejos del poder, y en Medellín el poder olía a basuco y a orquídeas, a dólares recién lavados y a cadáveres recién enterrados, a éxito empresarial y a fracaso moral, todo mezclado en ese cóctel repugnante que es el alma de un país donde los narcos construyen barrios y los santos olvidan hacer milagros.
Tres años llevaba entonces de sembrar su leyenda en el departamento, tres años que en Colombia equivalen a tres siglos porque aquí el tiempo no transcurre: se pudre. Su fortuna —decían las malas lenguas y las revistas gringas que siempre han amado nuestras tragedias como el turista ama las ruinas— ascendía a cinco mil millones de dólares, una cifra tan obscena que ni siquiera los economistas sabían cómo contarla, una cantidad de dinero que habría bastado para salvar a Colombia entera si Colombia hubiera sido un país que se pudiera salvar.
Pero los números siempre fueron mentirosos cuando se trataba de Escobar. ¿Cuánto valía realmente su imperio? ¿Cómo se tasaba una hacienda llamada Nápoles —porque hasta en los nombres este hombre tenía delirios de grandeza imperial— donde los hipopótamos africanos se reproducían en tierra paisa como una metáfora zoológica de su propia invasión? ¿Cómo se calculaba el precio de diez aviones y media docena de helicópteros, de doscientos apartamentos en Miami, de un zoológico cuyo mantenimiento mensual costaba lo que un profesor universitario ganaba en diez años?
Escobar se negaba a hablar de su riqueza con la misma obstinación con que los santos se niegan a hablar de sus milagros. Atribuía su fortuna a una «prematura vocación de negociante», como si el negocio de exportar coca a Estados Unidos fuera equivalente al negocio de vender bicicletas en Envigado. Tenía esa habilidad peculiar de los grandes criminales para simplificar sus crímenes hasta convertirlos en anécdotas de emprendimiento, esa capacidad obscena de presentar el narcotráfico como si fuera una startup exitosa en el paraíso liberal del capitalismo.
—A los dieciséis años era dueño de un negocio de alquiler de bicicletas —declaraba con esa humildad falsa que tanto seducía a los periodistas ingenuos—. Después me dediqué al chance, luego a la compra y venta de automóviles y, finalmente, terminé negociando tierra.
Tierra. Esa palabra limpia, bíblica, agraria. Nunca decía coca, nunca decía tráfico, nunca decía asesinato. Tierra. Como si sus haciendas hubieran brotado del suelo por generación espontánea, como si sus propiedades no estuvieran fertilizadas con la sangre de jueces, periodistas, policías, políticos, niños sicarios, madres lloronas, viudas inconsolables, huérfanos que aprendieron a disparar antes que a leer.
Pero donde Escobar sí hablaba con obscena generosidad era sobre cómo gastaba su fortuna. Ahí se volvía verboso, ahí se transformaba en ese Robin Hood paisa que tanto gustaba a los redactores de revistas: urbanizaciones enteras regaladas a los pobres, canchas de fútbol iluminadas como estadios, sistemas de alcantarillado donde antes solo había mierda y desesperanza, tractores donados a cooperativas campesinas, mil casas en construcción para mil familias que vivían en la miseria.
—Desde mis épocas escolares —decía, construyendo su propia mitología con la paciencia de un hagiógrafo medieval— promovía obras colectivas, construía colegios, creaba fondos para estudiantes pobres.
Y era cierto. Todo era cierto y todo era mentira al mismo tiempo, porque en Colombia la verdad y la mentira copulan constantemente y paren monstruos que no sabemos cómo nombrar. Escobar sí construía barrios, pero también construía cementerios para llenarlos con los cuerpos de quienes se oponían a él. Sí regalaba casas, pero también regalaba muerte. Sí era generoso con los pobres, pero solo porque necesitaba ejércitos de agradecidos que lo protegieran cuando llegara la hora de la persecución.
Los domingos —cuentan los que lo vieron— aparecía en las canchas de fútbol que él mismo había mandado iluminar, vestido con pantaloneta y guayos, jugando con los muchachos de las comunas como si fuera uno más, como si su sudor fuera igual al sudor de ellos, como si las reglas del fútbol pudieran borrar las diferencias entre el hombre que ordenaba ejecuciones y los hombres que las ejecutaban. Marcaba goles y celebraba con los brazos en alto, y los niños lo vitoreaban sin saber todavía que muchos de ellos terminarían trabajando para él, matando para él, muriendo para él en las calles de Medellín que él pretendía salvar con su caridad envenenada.
Pero si su vocación cívica era obscena, su vocación política era directamente demoníaca. Se había aliado con Alberto Santofimio Roldán —ese político turbio que tenía la moral de un proxeneta y la ambición de un César de provincia—, y juntos estaban transformando las costumbres políticas de Colombia con la misma eficacia con que un virus transforma las células que infecta.
Las campañas electorales dejaron de ser esos ejercicios modestos de democracia pueblerina —tarimas de madera, discursos bajo el sol, sancochos multitudinarios— para convertirse en espectáculos hollywoodenses: helicópteros que llevaban candidatos como si fueran mesías, tarimas con sistemas de sonido importados, cordones de seguridad al estilo gringo, bombas de colores que explotaban en el cielo, conciertos de Alfredo Gutiérrez donde se mezclaban democráticamente los campesinos con las reinas de belleza, los políticos con los sicarios, la legitimidad con el crimen, todo bañado en aguardiente y dinero sucio.
Virginia Vallejo —esa periodista hermosa que olía a Chanel y a ambición, que había decidido que acostarse con un narco era menos degradante que acostarse con la pobreza— aparecía en esas veladas como la prueba viviente de que el narcotráfico no solo compraba votos: compraba también glamour, sofisticación, respetabilidad. Si una mujer como ella, educada y elegante, aceptaba a Escobar, ¿por qué no iban a aceptarlo los demás?
Su mejor amigo entonces era José Ocampo, alias Pelusa —otro de esos apodos cariñosos con que en Colombia bautizamos a nuestros monstruos—, dueño de la discoteca Kevins, ese templo del mal gusto paisa donde se organizó el foro contra la extradición y donde bailaban juntos los sicarios recién ascendidos y las niñas bien de Medellín que pretendían no darse cuenta de que el dinero que pagaba sus tragos olía a sangre.
Pelusa tenía también su propia hacienda, La Virgen del Cobre —porque estos hombres mezclaban siempre lo sagrado y lo profano con la naturalidad de quien no distingue entre una cosa y la otra—, con instalaciones comparables a las de Nápoles, ese otro paraíso artificial donde los animales salvajes vivían enjaulados y los hombres salvajes vivían libres.
Sus enemigos políticos —que eran muchos, porque en Colombia la política es una guerra civil permanente disfrazada de democracia— lo acusaban de comprar elecciones, de lavar dinero, de narcotráfico, de asesinato, de todos los pecados mortales y algunos veniales. Pero Escobar respondía con esa lógica perversa que tanto gustaba a sus seguidores:
—Cuando uno es político tiene enemigos. Si tengo tantos defectos, ¿por qué no me los señalaban antes, cuando algunos candidatos presidenciales aceptaban mis aportes financieros o el préstamo de mis aviones?
Y tenía razón, la maldita razón del que conoce las tripas podridas del sistema. Porque en Colombia todos habían recibido dinero del narcotráfico en algún momento, todos habían cerrado los ojos, todos habían firmado pactos con el diablo y después habían pretendido no recordarlo, todos eran cómplices de la gran mentira nacional que consistía en creer que se podía convivir con el mal sin contaminarse.
Luis Carlos Galán —ese político guapo que vendía honestidad como si fuera un producto escaso en un mercado saturado de corrupción— era para Escobar «un falso moralista que incluye entre sus filas a los secuestradores de Gloria Lara». Y cuando Ernesto Samper hablaba de la infiltración de las mafias en la política, Escobar le respondía con sorna que no tenía autoridad moral para hacerlo, «cuando desde hace años viene hablando de la conveniencia de legalizar la marihuana».
Así se defendía: con la verdad. O con esa versión de la verdad que consiste en demostrar que todos son tan culpables como él, que en Colombia no hay inocentes sino solamente cómplices con distintos grados de participación, que el país entero es una gran maquinaria de lavado donde todos ensucian y todos limpian al mismo tiempo.
Su obsesión entonces —y sería su obsesión hasta el día en que muriera como una rata perseguida en los tejados de Medellín— era el tratado de extradición. Ese pacto con Estados Unidos que permitía enviar narcotraficantes colombianos a pudrirse en cárceles gringas le parecía «una violación de la soberanía nacional», como si él, que violaba todas las leyes, pudiera invocar la ley para defenderse, como si un hombre que exportaba toneladas de coca pudiera hablar de soberanía sin que le ardiera la lengua.
Por eso organizó el foro contra la extradición en la discoteca Kevins, en medio de espejos y luces de neón, con juristas comprados y políticos cobardes que hablaban de constitucionalidad y dignidad mientras Escobar pagaba la cuenta. Fue un espectáculo grotesco, una parodia de debate democrático donde el único argumento real era el dinero y el único voto que contaba era el del hombre que tenía más sicarios.
El periodista que escribió aquel primer artículo terminaba su reportaje con una frase que hoy suena a epitafio prematuro: «El surgimiento de Pablo Escobar en el escenario nacional es un acontecimiento de trascendencia cuyas implicaciones están por verse aún».
No sabía el pobre diablo —¿cómo iba a saberlo?— que estaba escribiendo el primer capítulo de una tragedia que duraría diez años y se cobraría miles de vidas, que ese hombre de treinta y tres años con vocación de benefactor terminaría siendo el peor asesino en la historia de Colombia, que sus obras de caridad serían apenas la nota al pie de página en el libro negro de sus crímenes, que Medellín se convertiría en la ciudad más violenta del mundo gracias a su generosidad envenenada.
«De extracción humilde, con el poder que le otorga una fortuna incalculable y el deseo de ser el primer benefactor del país, este nuevo mecenas sin duda alguna dará mucho qué hablar en el futuro», concluía el artículo con esa ingenuidad que en Colombia siempre precede a las masacres.
Y vaya si dio qué hablar. Habló con bombas que volaron aviones, con sicarios que asesinaron candidatos, con carros bomba que destriparon edificios, con balas que silenciaron periodistas, con terror que paralizó al país entero durante años. Habló el lenguaje que mejor conocía: el lenguaje de la muerte disfrazada de generosidad, el lenguaje del poder absoluto construido sobre cadáveres y casas regaladas, el lenguaje de un país enfermo que confundía la caridad con la redención y el crimen con el emprendimiento.
Pero en abril de 1983, cuando el artículo se publicó en aquella revista que olía a papel caro y ambiciones liberales, nadie sabía todavía que estaban leyendo el evangelio según los muertos, la buena nueva de una catástrofe anunciada, el primer versículo de un apocalipsis paisa que tardaría diez años en consumarse y del cual Colombia nunca se recuperaría del todo.
Los muertos lo sabían, claro. Los muertos siempre lo saben. Pero los muertos en Colombia no tienen derecho a voto, y los vivos prefieren creer en Robin Hood antes que aceptar que viven en el bosque de Sherwood equivocado, ese donde los ricos roban a los pobres y después les regresan las migajas para comprar su silencio y su gratitud, ese donde la caridad es apenas otro nombre para el crimen organizado, ese donde los santos y los diablos se confunden hasta volverse indistinguibles, y al final nadie puede decir con certeza si don Pablo fue nuestro salvador o nuestra condena, si nos construyó el paraíso o simplemente nos enseñó que el infierno también tiene canchas de fútbol iluminadas.
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